GUÍA DE ACTIVIDADES PARA PROPIETARIOS DE CARROS EN LOS PATIOS

Actividades para un Sábado festivo en Bogotá

No es bueno ser enfermizo en época de lluvias en Bogotá. La variabilidad del clima baja las defensas y uno acaba haciendo planes que no involucren alcohol, en zonas despobladas donde uno no está bajo el amparo de los más selectos criminales bajo el sueldo de, “cualquier monedita que el patrón me quiera dar, está bien”. Yo, como cualquier otro agripado bogotano, además de flemas, había dispuesto la noche de manera tal que no se frecuentara lugar alguno en el que los vicios saturaran el ambiente. Frente a la casa de la novia de Tomás dejé mi auto, no sin antes tener una muy clara y satisfactoria respuesta a mi pregunta, ¿acá no le pasa nada al carro, cierto? Minutos después, tras estar completamente cómodo en un sofá, entre una cobija y lidiando con mi gripa, suena el timbre. Como no esperábamos a nadie, el sonido irrumpió en el apartamento con sorpresa. El mismo celador que había interrumpido su conversación telefónica a mi llegada (más no la comunicación, ya que sencillamente había dejado el auricular sobre la mesa mientras abría la puerta), me informaba de manera diligente que una grúa se había llevado mi carro.

- Serían los ladrones, porque el carro estaba bien parqueado.
- No señor, la grúa. Vino la policía y todo.
- Y, ¿a usté no se le ocurrió avisar antes?- repuso Paloma con la gentileza que caracteriza en éstas situaciones a las mujeres payanesas.
- Pues la verdad es que yo me di cuenta tarde, señorita.- se defendió el señor vigilante haciendo evidente toda su culpa en los varios pliegues de origami que le hacía a su sombrerito.

Abajo, los mismos jóvenes que habíamos saludado antes de entrar al edificio, amablemente confirmaron la historia. Una grúa, de esas de la policía, se había llevado el carro en el que llegamos. El mismo del que ellos me habían visto bajar haciendo la pregunta, ¿acá no le pasa nada al carro, cierto? En esos momentos es inevitable sentir todo el implacable peso de la Justicia. No la justicia colombiana, naturalmente, pusilánime y corrupta, sino de la Justicia de la vida, cuya mayor pena era sin duda alguna someterme a las torturas del aparato judicial colombiano.

- Mire joven,- decía un recién conocido con acento paisa- eso le toca que pelear. Yo, hace como seis meses hice que me quitaran un comparendo igualitico, acá. También se me llevaron el carro a los patios, y me tocó tomar fotos y todo para demostrar que aquí era permitido Mi interlocutor claramente había malinterpretado mi pregunta. El “¿ahora qué me toca hacer?”, que yo acababa de pronunciar no tenía intenciones de sentar un precedente sobre las equivocaciones del Estado colombiano. En esas se acerca el celador del edificio vecino y de la manera más inocente interviene:
- Yo sí vi que se lo estaban llevando.
- Y, ¿por qué no dijo nada, compadre?
- Ah, no, pues eso sí. Como yo estoy aquí, y el celador de ustedes está allá-respondió en un tono que sugería la pregunta. Ante un argumento tan contundente, no tiene uno más remedio que exhalar y recapitular muy detalladamente todos los eventos pasados en los que uno pudo haber vulnerado a alguien para entender, así sea de manera teológica, la razón por la que le pasa a uno eso. Minutos después me informaba una funcionaria pública por celular, que empezaba a dar muestras de agonía, que mi transporte se dirigía a la cárcel del automóvil. Maldije, entonces, la decisión de haber salido en ese medio de transporte y no en un equinopropulsado, ya que parecen estar exentos de cumplir con las normas ciudadanas.

- ¿A qué Patio es que me dicen que llevan mi carro?
- Al de Álamos, señor.
- Ah, ya. Y, ¿no había uno que quedara más lejos?
- Señor, a ese se llevan todos los vehículos particulares.
- Disculpe, señorita.
- ¿Dígame, señor?
- ¿Ustedes le hacen exámenes de alcoholemia a sus agentes de policía?
- No señor- respondió ella, no sin dejar salir una pizca de indignación.

En apenas unos minutos mi inventario de vehículos a los que no aplican las normas de tránsito había incrementado en un 100%. A pesar de que la estrategia ganadora parecía ser la de optar por alguna de estas categorías de transporte, me resultaba difícil pensar en la cara de una mujer a quien buscan en carruaje o en grúa para ir a cine. Definitivamente se corría el riesgo de no optar por una solución evolutivamente eficiente, pero de alguna manera impediría que nuevamente me encontrara en una situación similar. Lo que sí podía asegurar a ciencia cierta era que esa no era una preocupación acorde con lo que la situación demandaba. Minutos más tarde me encontré ante un ser que me proponía un trato casi tan tentador como las sospechas que despertaba su oscura personalidad: si él firmaba el inventario que me habían de entregar en los patios, yo no tendría que hacer ninguna de las molestas filas de madrugada en los próximos dos días, y él me entregaría mi auto en horario de oficina el lunes siguiente.

- No, hermano, lo que pasa es que la tarjeta de propiedad está entre el carro, y no me dejan entrar.
- ¡Uy! Hermano, ahí sí grave. Lo que tiene es que pasarle un billetico ahí al guarda, para la gaseosita y un pancito, y el man lo deja entrar.

Y en ese momento pensé en la historia de las ratas que son iguales, salvo por que unas poseen un cromosoma más que las otras, y las que tienen el cromosoma extra saben nadar mientras que las otras se ahogan en el agua. Tomás respondió con su característico movimiento de cabeza mirando al piso a mi pregunta de si sería capaz de sobornar al tipo de la entrada. La pregunta que debí hacer, realmente, era si le gustaría ser capaz de sobornar al tipo de la entrada. Yo, al igual que las pobres ratas desprovistas del gen que les garantizaba la supervivencia acuática, hice tres recorridos directos hacia la puerta con la idea en mente sin ser capaz de sacar de mi ajuar de comportamientos más que una estúpida sonrisa que parecía reafirmar la decisión del celador.

- Mire, señor, las únicas personas que pueden autorizar la entrada aquí están reunidas allá en esa oficina. Si gusta esperar hasta que acabe la reunión, puede hablar con ellos a ver si le dan el permiso. Yo, la verdad, es que no puedo hacer nada.

Lo realmente asombroso era la diferencia de competencias entre el celador que me separaba de mi auto, y su colega encargado horas antes de separar agentes de tránsito y demás personajes peligrosos de mi carro. La oficina no ofrecía mayor panorama que una luz intensa brotando por la única ventana. Ni sombras, ni voces, ni personas. Solo una ventana iluminada.

- ¿El señor está acá por abandono de vehículo?- preguntó una de las muchas personas que se acercan a hablar con uno en una noche de estas.

- No, por mal parqueo.
- Por eso, es lo mismo. Es que así se llama oficialmente.
- ¿Eso significa que, si yo dejo el carro mal parqueado, pero con el radio prendido, los agentes consideran que no está oficialmente abandonado y no se lo llevan?
- ¡Ay, no, claro que no!

Debí imaginarlo: Las confusiones nunca nos beneficiosas para el ciudadano. Los policías se pueden llevar mi carro porque está junto a un prohibido parquear dibujado a mano en una puerta del garaje de mi amiga, pero no pueden confundir un carro abandonado con uno en stand by. Llegué a mi casa, varias horas más tarde y un poco más enfermo, con las mismas llaves que había dejado una semana antes al ir a recoger el carro en un centro comercial. Sin llaves, no anda el carro. Sin carro, no hay razón de ser para las llaves. La culpa de todo aún está en disputa: A. en un lugar privilegiado, el cancerbero que no consideró oportuno informarme del inconveniente hasta tanto no hubo despachado la grúa hacia los patios. Inclusive, es probable que dada su naturaleza haya colaborado en el aparatoso proceso de subir el coche a la plataforma. Su culpa sería, naturalmente, haber accedido a cuidar el carro sin saber identificar plenamente los elementos peligrosos para éste. B. Cristóbal Colón y Gonzalo Jiménez de Quesada. C. Yo, por disponer de vehículos a los que se aplican las normas de tránsito. D. Dumpa, ya que fue suya la idea de empujar por las escaleras al viejito, acto que sin duda alguna es causa directa del certero dictamen de la justicia de la vida.

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