El regreso del testaferrato

Por: Juliana Benavides

Nuevamente los equipos de fútbol colombiano son protagonistas en las finales de la Copa Libertadores, cada vez hay más discotecas nuevas en Colombia (algunas que resultan casi evidentes lugares de reunión para narcortaficantes), se reactivó la construcción en el país, matan gente a tiros en las clínicas por confundirlas con personajes del bajo mundo, pero sobre todo, han vuelto, y con mucho éxito, las caravanas de escoltas.

Y claro, me es imposible recordar aquella época en la que el narcotráfico todavía no era un delito tan explícito, y el único argumento contra los mafiosos era que su manera de vestir. Curiosa cultura la nuestra, pero bueno, seguro que a más de uno le suene coherente que se reniegue más de los mafiosos por su extravagancia que por el daño que le hacen al país. Pero bueno, entre tanta noticia y tanta guerra, el narcotráfico ha pasado a un segundo plano. Ya los niños de primaria no pueden nombrar los dirigentes del Cártel del Valle, por ejemplo. Algunas firmas de químicos agrícolas están algo preocupadas, por ejemplo, ya que el consumo de una sustancia (que nadie ha podido comprobar que es usada para secar la hoja en la producción de coca, pero paradójicamente Colombia es el país donde más se consume en el mundo) ha bajado un poco. Sí, ha bajado, pero no se ha detenido. La mano dura de Uribe no le ha pegado ni siquiera significativamente al narcotráfico. Ha diversificado los lugares donde se planta (por ejemplo, ahora en los Parques Nacionales gracias al programa de familias guardabosques), pero no se ha reducido el número de dólares que entran al país como remesas.

Y claro, entre tanto, todos contentos. Todo el mundo estrena, y en general todos superamos la crisis en la que quebraron tantos conocidos. Y todos felices, convivimos con ese cáncer de segunda generación que ya se hace evidente en las calles y en las noticias, pero al que por ahora nadie le hace caso. Como en ese entonces, todos nos reímos de Cha-Cha, y decimos que nos daría mamera tener que andar en una fila de camionetas blindadas como las que nos interceptan en las calles, pero nadie ve cómo crece el poder de algunos ciudadanos con respecto al resto. También crece la insatisfacción. Los principales medios ya hablan decididamente contra Uribe y contra cualquier cosa. Nadie pone el dedo sobre la llaga porque todavía no se abre, o por ahora solo pica. La diferencia es esa entre los narcotraficantes y el pueblo: los primeros aprendieron de los noventas. El pueblo, con el tiempo, olvida.

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