Muerte a SoHo y los cristianos

Mucho se ha dicho sobre las fotografías tipo última cena de la revista SoHo. Sin embargo, las discusiones se han quedado en lo literal del asunto (si debió hacerlo el director, si se atrevería a hacerlo en un país musulmán con iconos de esa religión, etc.), y no se ha cuestionado en absoluto la estrategia de caer en el lugar común del escándalo para figurar en la realidad nacional. Y es que desde hace unas ediciones, la revista se destaca por su estilo dinámico, por la sátira y porque en ella, al igual que en Playboy, escriben las mejores plumas del país. ¿Por qué caer, entonces, en el un cliché tan trillado como el escándalo católico para vender más ejemplares?

Para responder esto, es necesario plantear la pregunta: ¿qué dejan esas plumas? Es diferente, hemos visto gracias a Fernando Vallejo, ser inteligente a decir cosas inteligentes. Y peor aún es creerse inteligente y no ser nada más que uno de los muchos seres que tuvo un privilegio educativo, y escribir relativamente bien, o con alguna gracia. El humor ha sido considerado por muchos sociólogos un tema bastante serio, e incluso sostienen que es una forma de crítica social que se adelanta a cualquier otro mecanismo de reflexión cultural. Es importante distinguir, en todo caso, el humor de la burla. La burla es lo que se ha explotado en SoHo, al nivel de la saturación, en las pasadas ediciones. Un humor elitista y que tiene muy poca reflexión de fondo. Un humor que no es más que una sátira de los oficios de personas que no han tenido la formación académica de las plumas que pasan por SoHo, y que ya empieza a saturar a los lectores por repetitivo. Despotricar a toda costa, y de cualquier cosa. Y cuando se acaba el tema, la única solución es emprenderla contra un icono más emblemático. Al igual que Fernando Vallejo (que ahora encabeza las plumas de SoHo), quien después de renegar del pueblo, de los presidentes, de la humanidad, de la literatura colombiana, debió pasar sin pena ni gloria a criticar a Darwin, Newton, y demás pilares de la ciencia.

Es una verdadera pena que no se le dedique una línea de tanta sátira, por ejemplo, a la captura de Santofimio por el asesinato de Galán. Que no se cuestione o se investigue que su hijo sea miembro del comité de la embajada colombiana en Francia, y que no se hagan reflexiones sobre las evidentes relaciones del gobierno de Uribe con el aparato político de un asesino, pues sabemos que Santofimio hijo no está allá por méritos propios. Es una vergüenza pública que la revista más exitosa de su tipo confunda el estilo divulgativo con el trivial e ignorante. Una lástima que se haga más publicidad del voyerismo que exhibe la revista, que de columnas serias, comprometidas y divulgativas como la columna de Eduardo Arias. Un verdadero pesar, además, que la revista de mayor circulación de su tipo no asuma la el compromiso con la realidad nacional que supone publicar en un país como Colombia. Lo paradójico parece ser, al extrapolar éste análisis a publicaciones de otro tipo (El Tiempo, Semana, El Malpensante, cada publicación reina en su género), que son los medios tradicionales los únicos que medianamente asumen ese compromiso que les llega, al igual que la responsabilidad de la fama a las estrellas, sin quererlo. La coyuntura es evidente. Las discusiones en los medios, como las del omnipresente Julito, se estancan en aspectos de forma sin cuestionar los proyectos editoriales. Mientras tanto el número de blogs colombianos crece exponencialmente, haciendo evidente la necesidad de diversificar la gama de discursos publicados. Las páginas web personales, desafortunadamente no son más que gritos que se ahogan en el anonimato, pero hacen evidente que ya el rating no es un argumento para callar estos temas.

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