SON VOCES DEL PASADO

(1885)

DISCURSO DEL PRESIDENTE RAFAEL NUÑEZ 
AL CONSEJO DE DELEGATARIOS

Honorables Delegatarios de los Estados: El Decreto Ejecutivo de diez de septiembre, y la alocución de la misma fecha, de que tenéis conocimiento, explican los motivos y el objeto primordial de vuestra congregación en la capital de la República.
[...]
El particularismo enervante debe ser reemplazado por la vigorosa generalidad, los códigos que funden y definan el derecho deben ser nacionales; y lo mismo la administración pública encargada de hacerlos efectivos. En lugar de un sufragio vertiginoso y fraudulento, deberá establecerse la elección reflexiva y auténtica; y llamándose, en fin, en auxilio de la cultura social los sentimientos religiosos, el sistema de educación deberá tener por principio primero la divina enseñanza cristiana, por ser ella el Alma Mater de la civilización del mundo. Si aspiramos a ser libres, es preciso que comencemos por ser justos. El campo de acción de cada individuo tiene, por tanto, límite obligado en el campo de acción de los otros y en el interés procomunal. La imprenta debe, por lo mismo, ser antorcha y no tea, cordial y no tósigo; debe ser mensajera de verdad, y no de error ni calumnia; porque la herida que se hace a la honra y al sosiego es con frecuencia la más grave de todas. Las sociedades que organizan las facciones sin escrúpulos, para intimidar por la audacia y el escándalo al mayor número, que siempre se compone de ciudadanos pacíficos, no ejercen derechos legítimos, sino que por el contrario, vulneran el de los demás. El amplio comercio de armas y municiones es estímulo constante dado a la guerra civil en países donde ha hecho corto camino la noción del orden. Se cae de su peso el que la palabra deja de ser inocente cuando se convierte en agresiva. Justicia y libertad son, pues, entidades armónicas. En este sencillo principio debe exclusivamente fundarse la definición de los derechos individuales. La realidad de tales derechos es cosa muy diversa de su teórica enunciación con más o menos énfasis.
[...]
La tolerancia religiosa no excluye el reconocimiento del hecho evidente del predominio de las creencias católicas en el pueblo colombiano. Toda acción del gobierno que pretenda contradecir ese hecho elemental, encallará necesariamente, como ha encallado, en efecto, entre nosotros y en todos los países de condiciones semejantes. Hemos visto aun a individuos encargados de funciones públicas condenándose a sí mismos en el seno del hogar, donde de ordinario los hombres abandonan sus opiniones ficticias. La tolerancia que hemos muchas veces encomiado, no ha sido, a la verdad, sino irritante intolerancia; del mismo modo que la excesiva libertad concedida a los pocos, degenera pronto en despotismo ejercido contra la gran mayoría nacional.
Nada tiene, pues, de pasmoso que no hayamos podido establecer el imperio del orden, puesto que hemos desconocido sistemáticamente realidades ineludibles. El piloto que se obstina en ignorar los accidentes de su derrotero, se expone también a menudo a ver destrozada su nave antes de llegar al resguardado puerto.
El resumen de nuestra obra política en el último cuarto de siglo ha sido de destrucción. Olvidamos, desacordados, la sabia máxima de desconfiar de la ingénita tendencia del régimen de gobierno adoptado, que es la disolución por excesiva expansión, y pusimos apasionado empeño en acentuar y fortificar aquella tendencia. Es en los sistemas monárquicos, que naturalmente impulsan, por el contrario, hacia la concentración, donde se necesitan accesorios, por decirlo así, centrífugos.
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La garantía para los ciudadanos no estriba en reducir a inutilidad a sus mandatarios, sino en elegirlos ellos mismos y en hacer su elección honradamente. Todas estas son verdades inconcusas en todo el mundo civilizado; pero forsozo es confesar que la ofuscación a que llegó desgraciadamente Colombia, por la constante malsana agitación en que ha vegetado, a causa de lo imperfecto de las instituciones, requiere nueva y precisa afirmación de los más elementales axiomas de la ciencia política.
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En el funesto anhelo de desorganización que se apoderó de nuestros espíritus, avanzamos hasta dividir lo que es necesariamente indivisible; y además de la frontera exterior, creamos nuevas fronteras internas, con nueve códigos especiales, nueve costosas jerarquías burocráticas, nueve ejércitos, nueve agitaciones de todo género, casi remitentes.
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Los conductores políticos de un pueblo adolescente apenas, lo compelieron a seguir dirección opuesta.
Los ensayos sucesivos de mejora social por la debilitación progresiva del poder público, han sido tan infaustos, que ellos han impartido justificación exaltada al sistema opuesto. Sería preciso ser nulo de entendimiento, de patriotismo y aun de caridad, para no decidirse a romper con lo pasado resueltamente.
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Carecemos, por tanto, de exportaciones de importancia, y una crisis mercantil es ya inminente. Si esa crisis no se conjura pronto, empleando haroicas medidas económicas, toda la magna tarea de reconstrucción política resultará estéril, por deficiencia de sujeto; como lo es el esfuerzo del médico que administra las mejores drogas a un enfermo exangüe.
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Multiplicadas hasta lo infinito las contribuciones para alimentar la vasta empleomanía creada por la difusión gubernativa, todo plan dirigido a ensanchar los ingresos del tesoro nacional habrá de fracasar forzosamente. Aun en el supuesto de una reducción de jerarquías, por efecto de la reforma política, como la miseria del país es tanta, considero demasiado eventual la solución, siquiera madiana, de las enormes dificultades fiscales, por el medio común de pedir nuevos arbitrios a quienes, generalmente hablando, carecen de lo necesario para sí mismos.
Y esos arbitrios deberían estar en proporción con la urgencia en que nos encontramos de facilitar la comunicación de las populosas regiones andinas con el litoral, a fin de que no llegue a su último extremo el creciente desequilibrio de nuestro tráfico exterior. Careciendo como carecemos de fábricas, si llegara a anularse sustancialmente ese tráfico, habríamos de retroceder en nuestra vida social hasta la triste condición de los pueblos primitivos.
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Las empresas de ferrocarriles tienen que ser, por lo mismo, entre nosotros, singularmente costosas.
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En medio de tantos motivos de congoja, debemos consolarnos al considerar que, con una sola excepción, todas las demás repúblicas hispanoamericanas han tenido que sobrellevar épocas de prueba mucho más terribles antes de rehacerse de la profunda descomposición en que cayeron, por inexperiencia, al intentar organizarse como naciones soberanas y libres. Algunas de ellas se hallan todavía en ese tormentoso ciclo de transición.
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Hubo probablemente un impulso de orgullo en esa persuación engañosa; pero frutos amargos se recogieron luego en tal abundancia, que desde algunos años a esta parte, opuestas convicciones comenzaron a formarse y desenvolverse, y un espíritu de reacción, formidable por su intensidad, se ha apoderado plenamente del sentimiento general.
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Yo no he sido, ni soy, sino el ministro leal de esa convicción y de esa volición irresistible; y todo cuanto digo en esta breve exposición es apenas reflejo, pálido tal vez, del sentimiento ferviente de la casi totalidad del país, que, confiando, sin duda, en mi sinceridad y patriotismo, y llena de esperanzas en un próximo cambio de suerte, dio apoyo invencible a mi legítima autoridad contra los que, desconociendo sus dilatadas raíces, pretendieron derrocarla.
[...]
Estad seguros de que la ratificación del nuevo pacto de unión será tanto más voluntaria cuanto mayor sea el esfuerzo que hagáis a fin de que él, como su nombre lo presupone, sea generador de concordia y progreso, en vez de desconcierto y ruina. A los tiempos de peligrosas quimeras deben suceder los de austero culto a la inexorable verdad, que no se puede infringir inpunemente. Elegidos vosotros entre los ciudadanos de Colombia más distinguidos por su saber, posición social y virtudes cívicas, el acierto de vuestra gran labor se halla de antemano asegurado.
Sobre puntos importantes administrativos, me erá grato también pediros dictamen y cooperación con el objeto de hacer más llevadera la ponderosa responsabilidad con que la corriente de los acontecimientos ha gravado mi conciencia de hombre público.
Solicitemos todos de la Divina Providencia que continúe dispensándonos su omnipotente ayuda; y hagámonos merecedores de ella por una grandeza de procedimientos, que sea solamente rivilizada por la pureza de la intenciones.

Bogotá, 11 de noviembre de 1885. -Honorables Delegatarios. Rafael Núñez”.
JARAMILLO URIBE, Jaime. et.al. Núñez y Caro 1886. Bogotá: Banco de la República, 1986. Págs. 39-48.



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