El Regreso de las Gatas

El narcotráfico está de vuelta, eso es un hecho. Hay quienes dicen, incluso, que jamás estuvo ausente en nuestra sociedad, pero lo realmente impresionante es la manera como se percola a los niveles más elementales de la vida cotidiana. Ahora cuando uno va por la calle es común ver las caravanas de escoltas que se sienten dueñas de la calle y hacen lo que quieren, cada vez son más parecidas las noticias a las que había en aquellos días de Pablo Escobar (que no sé quién maneja el 70% del Congreso, que al otro periodista le tocó irse porque denunció tal irregularidad del Presidente, etc.), en el último año se han construido más discotecas tipo narco que en el resto de la década (en Bogotá, por lo menos), y sobre todo, el look gata pisa más duro que nunca.

Es tonto decir que a uno le molesta como se ven las gatas. Cuerpos esculturales (literalmente, obra de alguien) en ombligueras y descaderados, todas las prendas ajustadas, cabello teñido y tacones muy puntudos. Hay quienes son amantes de la estética de las gatas, y hay quienes las odian, pero más allá de eso, no hay mucho que uno pueda hacer al respecto porque, al fin y al cabo, es el cuerpo de cada uno. Sería como intentar prohibir que la gente se perforara el cuerpo para ponerse joyas porque uno no está de acuerdo.

Lo que no tiene presentación, eso sí, es que la estética de las gatas dicte la parada en proyectos de restauración, como el de la Diosa del Agua en la avenida Las Américas, a la que además de moverla después de construir la troncal de Transmilenio, decidieron hacerle un par de arreglos. Entre los retoques realizados se destacan haber desaparecido el pozo de agua que la rodeaba, haber aumentado el tamaño del busto un par de tallas y en un material completamente diferente, y cambiarle la posición a las manos para que fuera más seductora.

Prometí fotos de semejante espanto.


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