La Ley y el trago

Era, como podrá entender cualquier bogotano, una de esas noches bastante absurdas en las que uno parece haber pasado por un portal cósmico a otra dimensión. El carro estaba lleno de conocidos, de tal manera que cualquiera de nosotros conocía a alguien, pero nadie conocía a todo el mundo. Fuimos de bar en bar, olvidando en cada nuevo rumbo que debíamos esperar a una persona que nos siguió el rastro toda la noche.

En un punto cada cual cogió su rumbo y nos despedimos. Yo, para mi casa. Felipe, quien dijo vivir solamente a un par de cuadras de donde nos despedimos y era además el que menos familiar nos resultaba a todos, también dijo que se iba a dormir. Otros se fueron de fiesta, y Eduardo, creo que finalmente nunca apareció.

Varias horas más tarde, cuando los que decidieron continuar la rumba en otro lado se cansaron, encontraron a Felipe a una cuadra de donde nos habíamos despedido. Felipe peleaba con un borracho y un policía. El borracho decía que Felipe le había robado el celular, que a él no lo engañaba, que la única diferencia es que iba en moto y tenía peluca, pero que lo reconocía perfectamente.

El policía detuvo a Felipe y le dijo que le mostrara el celular. Era, para asombro de todos, igual al del borracho (y de paso al de otros 20 millones de colombianos que tienen el que dan gratis por firmar cualquier contrato).

¿Tiene la factura?- preguntaba el policía. Felipe, por supuesto, no la tenía a la mano ese día. Sospechoso habría sido si la hubiera tenido en ese momento, pero el policía, muy diligente, hacía caso omiso de cuantas señales le mandaban los dioses para restituir lo poco que debe tener de lógica el mundo.

¿Y cómo hacemos?- preguntaba el policía. ¿Y cómo hacemos? diría yo todavía si me pasara lo mismo. Pues lo que tendríamos que hacer es no tener una policía que le crea a los borrachos, o no tener borrachos. O no tener borrachos policías, o no salir de rumba, o vivir en otro lado. Pero, señores, acá estamos y no nos queda más remedio que disfrutarlo. Ahora, cuando salgo y veo un policía, no puedo resistir las ganas de echárselo a cualquier desconocido, pues al fin y al cabo si ahí está la Ley, pues que sirva para algo. Si el argumento fuera capturar a los maleantes, bastaría con ir por la calle haciendo mercado: los narcos no pueden tener menos cara de sospechosos. Los raponeros los identifica cualquier persona en la distancia, y los ladrones serios, casi todos trabajan para el Estado.

Felipe vive, pero no volvió a salir de parranda con nosotros. Salió de esa, no sé cómo, y la última vez que lo vi tuve que narrarle buena parte de la historia para que me la contara con detalles. Tal parece que en Bogotá puede vivir uno aun a pesar de la policía y los borrachos.

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