Nómadas de asfalto

Rubén nació en las comunas de Medellín. Tuvo la mala suerte de ser hermano de un pandillero que mató al líder de una banda de sicarios que masacró a toda su familia inmediata como venganza. Él logró escapar, y tras peregrinar varios años por todo el país llegó a Bogotá. Ahora deambula alrededor de la Casa de los Comuneros como indigente, y mendiga para ganarse la vida.

Rubén, por algún motivo, es el mendigo consentido del Instituto Distrital de Cultura y Turismo. A mí, personalmente, me simpatiza, probablemente porque tiene el mismo nombre que Rubem Fonseca. Siempre que me pide plata entro a una tienda y le doy algo de comer o de beber. No le gusta el trago, y siempre que le pregunto lo que quiere pide un kumis o un yogur y cualquier cosa de comer.

Un día que no tenía mucho que hacer me quedé hablando con él un buen rato. Le pregunté cuánto más o menos le costaba un almuerzo y un lugar para dormir. Para mi sorpresa, él me dijo que uno podía vivir bastante mejor de lo que yo me imaginaba (él aseguró que eran buenos platos de comida y un lugar relativamente bueno para pasar la noche). Según Rubén, uno puede vivir con aproximadamente 4,000 pesos al día, porcentaje bastante inferior a lo que él recolectaba. Para mi sorpresa, en sus días malos él recolectaba alrededor de 30,000 pesos, mientras que en los buenos podía llegar al doble.

Y, entonces-pregunté yo, como seguramente se están preguntando ustedes- ¿en qué se gasta usted el resto de su plata? En el casino-dijo él, con naturalidad sorprendente- ¿en qué más?

Entonces pude ver bien que mendigar, contrario a lo que yo creía, es una opción de vida más que una obligación. Que el discurso de comprarle comida solamente para que no use drogas es una cuestión bastante arrogante y que sólo me sirve a mí pensar que hago algo por la situación de Colombia. Rubén, cuando se ríe, no lo hace del mundo como yo creía: se ríe de mí. De mis convicciones y de mi altruismo. De la arrogancia con la que lo miro como quien piensa que sabe lo que él necesita y hace algo para que él pueda sobrevivir a pesar de él mismo. Desde entonces, cuando supe que un indigente puede hacer entre uno y dos millones en el mes (bastante más de dos salarios mínimos), dejé de comprarles comida. Dejé de pensar que yo, a diferencia de ellos sé lo que es la vida, y ahora me conformo con decirles en broma que un colega llegó antes y se llevó lo que tenía, pues contrario a lo que todo el mundo piense, son los indigentes los que deberían darme a mí sus sobrados pues ganan más que yo y tienen mucho más tiempo libre.

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