Técnicas de negociación

1.
- Sus sospechas son ciertas,- dijo el detective mientras lanzaba un sobre de manila sobre el escritorio- su esposa tiene un romance.

Para Aníbal no era ninguna sorpresa. Eso lo sabía desde que ella había dejado un cenicero lleno de colillas junto a su mesa de noche. Era su manera de decírselo. Ese fue el principio. Después de eso fueron los mensajes de celular con voces masculinas en el fondo, resonando con el jazz. Esa música que él no soportaba y que representaba la gran zanja que siempre había existido entre los dos.

Ella siempre había utilizado el simbolismo, y aunque durante los años que había durado la relación la comunicación había sido muy literal y explícita, él tenía muy claro que ella no iba a desaprovechar esa oportunidad para volver a sus días de soltera. Ahora peleaba con todas sus armas, y no había marcha atrás.

El detective era un sujeto gordo y desagradable. Aunque a primera vista podía parecer el protagonista de cualquier novela negra, al detallar un poco su estilo era evidente que jamás un tipo de su calaña lograría entrar en una historia medianamente interesante. Él vivía del despecho ajeno. De las desgracias conyugales de otras personas. Casos simples, y en su mayoría, resueltos. Cuando una persona duda de la fidelidad de su pareja, la mitad del trabajo estaba hecho. La mayoría de las veces era cuestión de tiempo. Él, incluso, acostumbraba demorar más la última reunión con la justificación de querer presentar el caso lo más detallado posible, pero en realidad era sólo un argumento para quedarse en su casa y ver los partidos de fútbol de la Liga de Campeones.

- ¿Quiere que la siga observando?
- No. Ella no es lo que me importa. Quiero saberlo todo sobre él. Dónde vive, dónde come, dónde trabaja, qué bares frecuenta y qué tipo de personas tiene a su alrededor aparte de mi esposa.
- No es ningún problema,-dijo el detective- pero usted entenderá que mi trabajo lo he cumplido a cabalidad. Lo que usted propone ahora es un trabajo nuevo y requiere más dedicación. Incluso tendría que abandonar otros clientes para aceptar su oferta, usted entiende...
- ¿Cuánto serían sus honorarios?
- Tendría que calcular...
- ¿Un estimado?
- Serían, por lo menos, el doble de lo que le costó éste trabajo. Usted entiende, el tipo es elegante y tendría que pagar ciertos peajes para entrar a los sitios que frecuenta. También tendría que comprar ropa nueva, porque aunque yo tengo...
- Le doy tres al mes, más reembolso de todo lo que considere fundamental para el caso.
- Uy, patrón, es que ahí sí me jode. Dejémoslo en 3 y medio.
- Está bien- concluyó Aníbal. Los dos se estrecharon las manos con el placer de sentir que habían estafado a su contraparte.

2.

- Siga. siéntese, por favor.
- Gracias.
- Soy Aníbal, mucho gusto.
- Mucho gusto.
- Gloria, ¿le explicó de qué se trataba todo?
- Dijo que no sabía nada. Yo le recordé que estaba incapacitada, y ella me respondió que justamente por eso me quería usted. Dijo que tenía una oferta que yo no iba a poder rechazar, pero no dijo cuál.
- Medicamentos para usted y para su hijo hasta que mueran.
- ¿Qué? ¿Cómo hará eso? Con el debido respeto, no parece usted un tipo con tanta plata como para cubrir esos gastos.
- Trabajo en una EPS. Puedo meter su caso sin que tenga problemas de preexistencias.


Largo silencio. En el rostro de la mujer se podían ver a la vez marcas inconfundibles de alegría y angustia.

- ¿Qué tengo que hacer?- preguntó finalmente, limpiándose las lágrimas, intentando hablar con dignidad. Aníbal le alcanzó un sobre de manila y le explicó.

- ¿Quiere algo más?
- ¿Por qué lo hace?
- Usted, menos que nadie, me puede cuestionar.
- Precisamente por eso es que lo puedo cuestionar.
- ¿Quiere el trabajo, o no?
- Lo uno no depende de lo otro.
- Puede que sí. El mundo está lleno de gente como usted.
- No crea eso. No es fácil encontrar una mujer como yo. Pregúntele a doña Gloria. Yo soy la mejor, y no creo que usté se quiera poner a experimentar.
- Discúlpeme. No quise ser grosero. La verdad es que no sé bien por qué lo hago.
- Eso es diferente. No empezaré hasta que empecemos a recibir atención.
- Bien, me parece bien. ¿Quiere algo más?- dijo Aníbal mientras hacía un gesto al mesero que pasaba por la mesa.
- Un jugo de mandarina, y la cuenta, por favor.

La mujer se rehusó a dejar que Aníbal pagara la cuenta. Una vez bebió el jugo, pagó lo que ella había pedido y se fue. Aníbal quedó atrás.

3.

Magdalena jamás lloró tanto en su vida como el día que descubrió entre una caja de Aníbal las dos fotos acompañadas de los dos papeles. Nadie la conocía mejor que él, y sabía perfectamente lo que esos documentos le iban a hacer. Una de las fotos era de ella con su amante. La otra era de su amante con otra mujer. Ella jamás la había visto, y le tomó algo de tiempo entender. Uno de los papeles decía que una tal Ana María era positiva al VIH. La otra, que Aníbal, su esposo, también.

4.

Aníbal jamás se equivocó. Una cosa es la persona que una mujer escoge para vivir un romance, y otra muy diferente, para morir.

Propiedad gastrointestinal de:Supercontra  

1 piedras han sido lanzadas:

Anonymous said... 20:31  

Lo tuve que leer dos veces para verificar un par de cositas, pero me gustó.

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