Tiembla el Impávido Coloso

Dicen que en Brasil el deporte nacional es el karate, porque el fútbol es una religión. Realmente es impresionante cuando uno tiene la oportunidad de visitar y ver cómo se detiene todo, realmente todo, con cada partido del campeonato nacional. Al igual que el 5-0 contra Argentina, son contados los brasileños que no tienen algo que ver con cada jornada de fútbol. Quizá el fanatismo tenga algo que ver con la proporción de estadios que se construyeron durante la dictadura en relación con hospitales y colegios (5 y 3 veces más respectivamente).

Algunos aman al seleccionado pentacampeón y a sus jugadores. Un amigo gay dice que Kaká es el jugador más bello que hay en Sudamérica. Seguro que Julio Sánchez siente una pasión tan entrañable y estúpida como la que dice tener por el Real Madrid. Otros, como Arias, sienten un odio apasionado por las personas que los idolatran sin ser brasileños, y por el equipo mismo. Algunos odian a jugadores puntuales, pero no pueden dejar de reconocer que hay ciertos jugadores que le dan un trato mágico al balón. A otros, los tiene sin cuidado y seguramente no llegarán a leer lo más interesante de este post.

Sea cual sea el caso, no deja de causar algo de gracia que hayan pillado infraganti a un árbitro del torneo brasileño vendiendo partidos. El impávido coloso por estos días tiembla de miedo. El culpable ya está en la cárcel. En principio argumentó estar bajo amenazas, pero al seguir detalladamente sus conversaciones telefónicas, cualquier persona se da cuenta de que lo hacía por negocio. Incluso para algunos partidos solicitó a la mafia dinero para comprar los jueces de línea, no sin tener la precaución de ser él mismo el intermediario para quedarse con una tajada adicional. El caso fue destapado porque en las casas de apuestas, ilegales como son, empezaron a verse irregularidades con ciertos partidos. De repente empezó a haber partidos en los que no había límite para las apuestas, y curiosamente eran todos pitados por el mismo juez. Algunos, incluso, de la Copa Libertadores.

Colombia no se escapa. Parece que siempre ha habido y siempre habrá una estrecha relación entre el fútbol y la mafia. Varios recordamos aquel memorable día en el que el Pipa de Avila dedicó uno de sus goles en lo que fue su mejor partido con la Selección Colombia, a los hermanos Miguel y Gilberto. Es indudable que los años gloriosos del fútbol nacional se los debemos al derroche de los carteles. Esperemos que de tanta traquetización que se vive actualmente, por lo menos quede un valor agregado como el retorno al buen espectáculo en la Copa Mustang.

Lo hermoso del fútbol es justamente eso, que a pesar de ser percolado hasta lo más profundo por las mafias, no deja de ser bello. No pierde ni su gracia ni su esencia. De resaltar del caso del árbitro brasileño que, en uno de los partidos que no pudo arreglar, tuvo que poner la cara ante su benefactor. Dijo el juez, palabras más, que él qué culpa tenía, si el equipo que tenía que perder había jugado muy bien, especialmente uno de sus jugadores que estaba iluminado y convirtió tres goles en la misma noche.

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