Poca Fe

Dicen algunos que antes de ser formalizado en la "Freemason´s Tavern", el fútbol era una actividad en la cual llegaban a enfrentarse poblaciones vecinas enteras. Los arcos eran de rosas. Varias veces las cortes inglesas intentaron prohibirlo (por el ruido que hacían las personas mientras lo jugaban, por la cantidad de ventanas que se rompían, o porque el ejercito dejaba de practicar las habilidades bélicas por un cotejo), pero jamás lograron acabarlo.

Si un par de amigos le apostaron la nota final de una materia al profesor, no resulta inverosímil el mito según el cual en una ocasión se propuso disputar el control sobre Jerusalén en un partido de fútbol. Si me lo preguntan, bastante más sensato y civilizado que la carrera militar de la actualidad.

Brasil es potencia gracias a la dictadura (la proporción de estadios construidos, contra hospitales y colegios es absurda), y el Real Madrid en gran medida es el reflejo de la mentalidad fascista que está más viva que nunca en España. El segundo mundial fue una plataforma política para Mussolini, y en Colombia, dado que no hemos tenido la suerte de contar con dictadores o monarquías responsables, el desarrollo del deporte ha quedado en manos de la mafia.

Lo único cierto es que si algo ha caracterizado la historia del fútbol es la pasión del pueblo. Una de las cosas que le molesta a los seguidores del deporte de los equipos como el Real Madrid, por ejemplo, es que sus jugadores no den muestra de emoción alguna en los 90 minutos. Coraje y clase, tendrán Raúl y Zidane, respectivamente, pero es lo único destacable de esa congregación de profesionales en términos de la esencia que todos queremos ver detrás del fútbol.

Santa Fe, por el contrario, es un equipo comparable con aquel en el que Tomás era titular indiscutible en el torneo de Los Andes: Fé y Alegría. "El único mafioso pobre es el de Santa Fe" dice un amigo, que es probablemente uno de los más fieles hinchas que tiene ese equipo desgraciado. Y es que ser hincha de Santa Fe, con el perdón que merecen, es como hablar una lengua muerta. Verlo jugar la Libertadores, es una experiencia conmovedora. No tienen técnica, no tienen jugadores, ni uniforme contemporáneo. Sólo tienen corazón, y eso sí hay que reconocer, tienen mucho. Pelearon, en el último partido, como los franceses de Asterix contra los romanos. Sin técnica, sin fútbol, pero sobre todo, sin hinchada. Después de no sé cuántos años sin Libertadores, la asistencia ascendió según datos extraoficiales, a 8000 personas. Verdaderamente triste.

No hay mucho para ver, es cierto, pero hay corazón, y eso debería ser suficiente para la hinchada. Sin hinchada, eso sí está claro, no hay equipo, de manera que son los mismos hinchas los encargados de clavarle la daga en la espalda a su equipo. Una última estocada para un grupo de jugadores, que ante todo, no lo merece.

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