Burrito de Belén

Nuevamente rebuzna Fernando Vallejo. Rompe su corto silencio y su promesa. Lo hace para anunciarle a Uribe que son sus dineros los que mantienen el país, y para anunciarle a los curas que ojalá se mueran, pero que él no se tomará el trabajo de matarlos. O algo así, porque uno nunca acaba de entender lo que quiere decir, específicamente, entre tanto madrazo. Hay que reconocerlo: hasta tierno resulta el viejo cuando embiste como un toro adolescente. Incluso simpático se ve en la foto, que no parece corresponder con la imagen que tiene uno a partir de sus textos, de persona uraña que es capaz de cortar la leche que hay tres cuadras a la redonda. Pero en últimas, lo imagino en las mismas que los personajes que tanto critica, bastante acomodado, renegando con sus amigos ilustrados, dando rienda suelta a su pedofilia, o las dos al tiempo. Tal vez pueda darnos el lujo de morir de una manera irónica, como aquel intelectual de Woody Allen en Crímenes y delitos menores, quien lleno de motivos lógicos y sofisticados para querer el mundo se suicida. Tal vez él nos pueda dar el gusto, de morir contento. Que lo sorprendan en un baño, rezando a un Dios hecho a su imagen y semejanza o fumando marihuana. O que lo mate una manzana cuántica, patafísica, o cualquiera que sea la física que promulga. O tal vez, leyendo una de las muchas columnas en las que hace oposición en Soho, feliz porque lo persiguen la Justicia y la Iglesia.

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