Intelectuality

Para entrar a la era del reality, en Supercontra decidimos invitar algunas celebridades a convivir en una casa y cumplir retos. El ejercicio, para satisfacer a la crítica más sofisticada, debía estar a la altura intelectual de los lectores y escritores de Soho y El Malpensante: mordaces, exigentes, y elocuentes. Sobrios y elegantes, habitantes que se confunden con elites parisinas y neoyorquinas.

En principio enclaustramos en una casa a Andrés Hoyos, Daniel Samper (Ospina, por supuesto), Efraim Medina, Andrés Salcedo, Fernando Vallejo y Antonio Caballero. Después de varios de días de producción, no había material para presentar pues todos los participantes permanecían encerrados en los cuartos y había muy poco contacto. Daniel Samper, el primero en aburrirse, tomó la batuta para iniciar dinámicas. Golpeó puertas e invitó a los demás participantes a desarrollar alguna actividad en grupo, pero se sumió en una profunda depresión cuando Medina le dijo que parecía un recreacionista de caja de compensación.

La depresión resultó tan seria, que fue necesario llamar a un sicólogo para que lo tratara. Ante la llegada del personaje, todos los participantes dejaron sus cuartos y salieron para ver qué pasaba. Ante la visita del especialista, todos argumentaron tener una depresión desde hace mucho tiempo y solicitaron una cita. El diagnóstico no pudo resultar más sorprendente: todos resultaron hipocondriacos, algunos además con complicaciones serias, pero a ninguno se le encontraron síntomas reales de depresión (observación que, por lo demás, los deprimió todavía más). El sicólogo dijo, además, que Medina tenía el pipí chiquito, y a los demás intentó explicarles que era diferente una depresión de una vida deprimente. De Samper dijo que sufría un raro caso de incapacidad para aceptar el rechazo, y de Salcedo que parecía educado en otro siglo.

Después de la conmoción y frustración que supuso la visita, hablaron simultáneamente por tres horas cada uno y sin alternar el uso de la palabra. Algunos hablaron de Lacan y Freud, mientras que otros utilizaron argumentos de clase, todos para cuestionar la competencia del visitante. Medina se encerró en el baño con todos los ejemplares de Soho donde salieran artículos suyos, y Vallejo intentaba espiarlo. Caballero, sin saber nadie de dónde había sacado alcohol pues no había en la casa, apareció borracho y envuelto en una túnica, gritando que él era El Quijote.

Fue entonces cuando Andrés Salcedo, con gallardía y solemnidad pudo callarlos a todos, y cuando lo estuvieron escuchando propuso que le hicieran caso a Samper y jugaran algo. Vallejo gritó desde algún punto del techo que se había quedado atrapado en un tubo de ventilación, pero que jugaría twister si Medina también participaba. Daniel Samper gritaba entre sollozos que ya no quería que nadie jugara nada, y que ni soñaran con pedirle prestado el twister.

Fue en este punto que la escena se volvió un circo sicodélico. Caballero embistió a Samper y le propinó un puñetazo mientras le gritaba "¡Toma esto, Bojote!" En el baño sonó un golpe, y Medina empezó a gritar como costeño pringado con ortiga. La puerta se abrió y salió corriendo en calzoncillos, mientras Vallejo lo perseguía gritando que el techo se había roto, que si le había hecho daño.

Andrés Hoyos, ante tal locura, se detuvo a pensar un rato y de repente abrió (tan sólo un poco) sus ojos rasgados. Algunos pensaron que había tenido una idea brillante, pero cuando abrió la boca y dijo que llamaran a García Márquez para que lo arreglara todo, el mundo entero supo que realmente era un malpensante. Vallejo, horrorizado ante tan espantosa idea, dejó de perseguir a Medina por todos lados, descolgó un extinguidor y le propinó un golpe a Hoyos que lo dejó inconsciente. Caballero empezó a dictar cátedra sobre las leyes de caballería, en particular sobre lo poco cortés que resultaba atacar a un oponente que no estuviese armado. Samper, repentinamente, sufrió un colapso nervioso y empezó a gritarle a Antonio que él no era ningún caballero, que todos sabían que estaba hasta el cuello en deudas y que no tenía en qué caerse muerto. Y empezó a patear a Hoyos, y de repente miró al cielo y dijo "Dios Santo"... antes de caer abatido por un nuevo extinguidorazo de Vallejo, que cerró la conmoción diciendo:

- Perdón, pero no soporto ni a las locas, ni que nombren a Dios en vano.

Andrés Salcedo empezó a hablar en alemán, cosa que también pareció molestar a Vallejo, pues concedió un nuevo golpe y lo dejó en el piso. Caballero, por algún motivo, decidió autoexiliarse pues según dijo debía pagar su penitencia, y se encerró en un cuarto a leer en voz alta todos los ejemplares de Semana. Mediina intentó utilizar el teléfono para llamar a la policía, pero al ver que no funcionaba no tuvo más remedio que mirar hacia Vallejo y ver que había cortado el cable.

- Hay dos maneras de hacer esto,-le dijo Vallejo a Medina- y aunque las dos implican utilizar este amigo [el extinguidor], le aseguro que una es muchísimo más dolorosa.

De la mano entraron al cuarto nupcial, y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

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Servicio social

De manera consecuente con los estragos que significa hacer arte en Colombia, una buena amiga se ha visto obligada a organizar una parranda para financiar los costos de su cortometraje de graduación. Alejandra Samper, famosa por ser el alma de las fiestas, promete buena música y amigas hermosas y solteras. Se garantiza levante, y como garantía, ella ha ofrecido darle besos a todos los solteros desafortunados que mantengan su status acabada la fiesta.

Para motivar también a las chicas, y que no se sientan discriminadas, habrá galanes como yo, dispuestos a satisfacer los más oscuros deseos en nombre del talento colombiano.



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Mis pelotas, Sancho, señal que tengo fiebre

Dos datos científicos de interés fundamental para cualquier curioso desocupado: el primero, según narra un blog español, que el género de la película altera el nivel de testosterona de los televidentes. Si se ve una película de acción, naturalmente se despierta el pequeño Rambo (David Carradine, Buster Keaton, Lara Croft, o cualquier emblema de virilidad se haya forjado en la infancia) que todos llevamos dentro. Las películas románticas, naturalmente, nos hacen actuar de acuerdo con los parámetros de vida familiar que tengamos. La humanidad claramente está perdida, especialmente si las opciones de la actualidad son Snakes on a plane y Titanic.

El segundo, un comentario suelto que hizo un profesor para quien trabajé, según el cual, un amigo suyo de la WHO consideraba que los accidentes de tránsito deben ser entendidos como una epidemia y ha dedicado buena parte de su vida académica a tratar el fenómeno de tal manera para convencer al mundo de la gravedad del asunto. Y lo irónico es que los datos parecen sustentar su teoría.

Cuenta Paloma que cuando inventaron el automóvil, en Nueva York celebraron el invento porque era totalmente amigable con el ambiente. Por supuesto, si se compara la nube de humo que emana cualquier vehículo de transporte público con lo que defecarían el equivalente número de caballos de fuerza, resulta fácil entender la alegría de la Gran Manzana.

El punto es el siguiente: en Colombia muere más gente por accidentes de tránsito que por la guerra. Las enfermedades pulmonares, que todo el mundo le atribuye equivocadamente al clima, y que llegan por tandas, están bastante relacionadas con nuestro sobrecargado sistema de transporte y su polución derivada. Los noticieros parecen limitarse a reportar a diario los graves accidentes que hay en calles y carreteras del país, pero en ningún momento se cuestiona la responsabilidad de los transportadores (gremio superado en porte solamente por los finos ejemplares que dirigen el futuro del balompié colombiano).

Hoy, la nariz que tenemos por ministro del medio ambiente le respondía al presidente en el coctel televisado que las principales preocupaciones ambientales de la capital son, el río, que en paz descanse, y proveer carburantes de mejor calidad. El número de carros que utilizan dichos carburantes, o la cantidad de gente que matan a diario, parecen ser una cuestión secundaria. La intervención de expertos tampoco parece ser muy relevante en las francachelas presidenciales. Y no es que me esté quejando, menos mal no me invitan y hay un presidente que trabaja tanto. Sólo que sería bueno, digo yo, que en medio de tanta reunión para solucionar asuntos, se invitara de vez en cuando una persona que conozca el tema para que no se improvisen barbaridades.

Entre tanto, lo realmente preocupante: ¿cuál será el efecto sobre las hormonas de los colombianos de ver por televisión a Uribe discutiendo con campesinos durante 8 años?

Para culminar, un didáctico video sobre las Naciones Unidas a propósito de la guachafita de los últimos días.

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Restaurant at end of universe not so far off

Executives and government officials meet to discuss commercializing space exploration. Hint: There will be a Starbucks.
By Stefanie Olsen
Staff Writer, CNET News.com
Published: September 20, 2006, 4:00 AM PDT
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SAN JOSE, Calif.--Forget pigs, we're headed into the age of Starbucks in space.
According to entrepreneurs and government officials at the Space 2006 conference here, tourists rocketing into suborbit in the coming years will need to get caffeinated somehow.
To wit: The theme at the three-day space-exploration conference is commercializing space exploration, and many executives and government officials here are hashing out the viability of such a proposition. The list of speakers reflects as much. Everyone from search giant Google to space-tourism outfits Virgin Galactic and SpaceX is here.
And if NASA's recent bout of private-industry initiatives is any indication, the dawn of a new space economy is under way.
"For us to realize the sustainability of space exploration, we've got to explore how we can leverage the private sector. That is the byword at NASA," said Pete Worden, director of NASA Ames Research Center, while delivering an opening address Tuesday at the annual conference.

That the conference is being held in Silicon Valley for the first time is no coincidence. NASA has lined up many partnerships with entrepreneurs and technology companies in the area, including Mountain View, Calif.-based Google. According to Worden, the technology and venture capital prowess here in Silicon Valley will be essential to the coming space age.
In what many called a milestone for the industry, NASA in August awarded nearly $278 million to El Segundo, Calif.-based Space Exploration Technologies (SpaceX), as well as $207 million to Oklahoma-based Rockplane Kistler, to build new commercial flight systems for the International Space Station over the next four years, under a project known as the Commercial Orbital Transportation Services (COTS). NASA and SpaceX (a venture backed by Paypal co-founder Elon Musk) also have a two-year deal to research space tourism possibilities.
"We're talking about building a new commercial space economy," said Chris Kemp, director of strategic business development at NASA Ames.
In the mold of a Silicon Valley venture capital firm, NASA Ames has also started a private equity fund called Red Planet Capital, which will fund small start-ups in the fields of nanotechnology, robotics, intelligent systems and high-speed networking to support future commercial space flight.
As for Google, NASA announced a high-profile alliance with the search giant in September 2005, but few details were given at the time. Nearly a year later, the two organizations are close to finalizing a so-called Space Act agreement, according to Kemp, who oversees the alliance for NASA.

Kemp said that meshing Google's and NASA's cultures has been difficult, given natural differences in goals, but that the two organizations have tried to work out how to cross-pollinate their strengths on projects. For example, Google is trying to tap into terabytes of otherwise inaccessible data at NASA Ames and use the expertise of scientists at the research center. As a result, Google is exploring how to add other types of imagery to Google Earth. For example, users could open a map of their back yard and view compass points of magnetic north versus geographic north, according to Kemp.
"For Google, this is a way to take what NASA has and commercialize it," said Kemp.
Still, the economics of the alliance are still being worked out, like many other NASA private-industry initiatives, given government regulations and restrictions. Worden said during his speech that Google, for example, may hire NASA Ames for project development and research, but Kemp later alluded to the difficulty of such an undertaking.
A recent project by Google Earth to provide aerial imagery of Africa and the land destroyed by Hurricane Katrina required Google to write checks out to Carnegie Mellon University, which was working with NASA to produce the maps.
"There was no other way to see this happen," Kemp said. "People want to see this work better with commercial partners, but it takes the will to do it."
(Kemp spoke partly on behalf of Google Earth CTO Michael Jones, who missed his scheduled presentation.)
Still, some speakers at the conference expressed serious doubts about NASA's approach to private partnerships. Jim Muncy, president of space consulting practice PoliSpace, compared NASA's experience with the economics of private industry to that of an amphibian. He highlighted similar NASA commercial partnerships--such as one called Dreamtime that was designed to bring high-definition recorders to space--that were abandoned.
"NASA doesn't understand the economics," he said.
Nevertheless, many entrepreneurs are bulldozing forward.

Alex Tai, vice president of Virgin Galactic, Richard Branson's space-tourism venture, said during a morning panel that the company plans to launch two commercial flights a day beginning in late 2008 or early 2009. The company has already announced several booked flights on its SpaceShipTwo, which cost $200,000 each.
"Come with your $200,000. We'll take your money," he said.
George French, president of Rocketplane Kistler, said that the new space economy is coming about partially thanks to government funding in the form of the COTS program and partially thanks to the people he calls the "mega-angels," including Branson, Musk, Amazon.com founder Jeff Bezos and Microsoft co-founder Paul Allen, who has backed Scaled Composites' SpaceShipOne suborbital commercial spacecraft.
"Starbucks will be in space. Virgin will be in space," he said.

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el flagelo de soñar

A principios del milenio nacía en Persia un pequeño hombre llamado Hassan. Con el tiempo y varias peripecias a lo largo del territorio iraní, logró consolidarse como uno de los académicos más importantes que ha tenido el mundo árabe, y paradójicamente como uno de sus más feroces enemigos. Se dice que su elocuencia en los saberes del momento era tan impresionante, que lograba convertir a cualquier individuo a su forma de pensar. Con el tiempo se consolidó como líder religioso en un fuerte erguido sobre una particularidad geográfica envidiable para la época, pues era prácticamente imposible de atacar. A pesar de haber sido bastante ermitaño en sus costumbres (se dice que salió pocas veces de Alamut en los más de tres decenios que estuvo a cargo del lugar), la historia de sus costumbres ha permanecido viva tanto en ámbitos académicos como en mitología popular: su secta ha sido objeto de culto, y gracias a las menciones que hace Marco Polo del lugar se le atribuye la etimología de "asesino", supuestamente por el consumo de hierbas, aunque de manera cuestionada. Parte de la leyenda, verdadera o no, cuenta que cuando recibía una visita de honor solía celebrar demostrando la devoción de sus súbditos, ordenando a unos cuantos saltar por el abismo.

El caso de Hassan es sólo uno de muchos que hay en la historia en los que el poder formal de un pueblo ataca a sus habitantes. Gilles de Rais, presentado como el pintoresco personaje que apoyaba a Milla Jovovich en la película de Luc Beson, además de ser prócer francés es uno de los mayores asesinos de niños que ha dado la humanidad. El camarada Stalin, en su batalla contra "el terror", exigió cuotas de asesinato a sus oficinas policiales en toda la Unión Soviética, de manera incluso más arbitraria y atroz que Hitler.

Lo curioso de las historias, más allá de sus particularidades históricas que los pueden diferenciar, es que en todos los casos el pueblo estaba fielmente convencido de que sus líderes eran inmaculados, y que los llevaban por el buen camino. El caso de las bombas con intervención militar en Colombia tiene una particularidad macabra: que el ente gubernamental atente contra la población civil. Sin importar que haya o no una noble causa, es necesario que haya un error de funcionamiento fundamental en el aparato estatal. Y más allá de verlo como un hecho aislado, es importante guardar la perspectiva sobre la coyuntura que ha permitido tal situación, y que lo permitió en los casos anteriores: los oídos sordos ante las críticas, y en su versión de proverbio popular, las palabras tontas para oídos sordos que promulga la oposición.

Hace un tiempo la cadena estadounidense CNN transmitía un famoso programa llamado Crossfire, que gozaba de gran audiencia por generar polémica en torno a la política de tan noble país. Jon Stewart, anfitrión del Daily Show, de Comedy Central fue invitado a participar. En medio del debate le pidió encarecidamente a los dos anfitriones, que en vez de pelear, hablaran como gente civilizada, pues el acto de crítica mordaz le hacía daño al país. Tal vez el mismo daño que hace en Colombia la misma crítica de Caballero, Vallejo y Coronel, por mencionar sólo algunos, quienes aceptan como cabras adolescentes la provocación del uribismo y embisten contra las paredes del Palacio. Sus clamores evidentemente no hacen bien. Sin saber muy bien qué tipo de discurso podría llegar a ser beneficioso, empezar por dejar la oposición de oficio puede ser un buen comienzo. Hace unos meses me topé con Servio Caicedo, un brillante ambientalista dedicado al trabajo con las corporaciones regionales. Al preguntarle en qué estaba, respondió, "dedicado a pensar en una manera de llegarle al discurso uribista con los temas ambientales, porque la cosa no puede seguir así".

Tal vez sin meter el debate dogmático en trono al presidente se pueda ver que es una aberración la mera posibilidad de que las fuerzas armadas estén vinculadas en una acción contra la población civil. Tal vez, además, así pueda ver el uribismo que las asquerosidades que suceden en el país no son fábulas de periodistas comunistas, sino una preocupante situación que merece toda la atención y no una justificación.

p.s. En los días pasados una persona a quien le profesaba enorme estima le dijo por voluntad propia adiós al mundo. El cambio de color responde a un sencillo tributo que le deseo extender: paz en su tumba, luto en supercontra.

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Colombian gangsters face sex ban

en: http://news.bbc.co.uk/2/hi/americas/5341574.stm

The ban is being called the "strike of crossed legs"
Wives and girlfriends of gang members in one of Colombia's most violent cities have called a sex ban in a bid to get their men to give up the gun.
Dozens of women are said to be taking part in what is being called the "strike of crossed legs", a move backed by the mayor of Pereira.
The city in Colombia's coffee-growing region reported 480 killings last year.
A city official said the idea came from a meeting of wives and girlfriends over the progress of a disarmament scheme.
Rap song
"We met with the wives and girlfriends of gang members and they were worried some were not handing over their guns and that is where they came up with the idea of a vigil or a sex strike," the mayor's spokesman told Reuters news agency.
"The message they are giving them is disarm," he added.
Studies found that local gang members were drawn to criminality by the desire for status, power, and sexual attractiveness, not economic necessity, Colombian radio reported.
One of the girlfriends, Jennifer Bayer, told Britain's Guardian newspaper: "We want them to know that violence is not sexy."
Ms Bayer said the women had come up with a strike anthem rap song that included the lyrics: "As women we are worth a lot. We don't want to fall for violent men because with them we lose too much."

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COLOMBIANO MUY MAJO HABLA ALGO SORPRENDENTEMENTE CERCANO AL CASTELLANO

Por: Nicolás Posada

ESTO PARECE UNA PELÍCULA ESPAÑOLA. Todos hablan como españoles, se visten como españoles... es rarísimo. Andan por ahí en sus carritos relucientes y sus pintas veraniegas (siempre pintas completas, todo un paquete de identidad), y uno tiene la impresión de que toman sus papeles realmente en serio. Lo más de tiernos.

El peso de la tradición está en todas partes: las cosas son como siempre han sido, y funcionan a la perfección entonces todo tan plácido y aburrido. Desde el punky al pijo, todos son vecinos del mismo amigable barrio de toda la vida. Nadie se salta la reja, que además siempre está como recién pintadita de blanco. Si alguien pega un grito seguro que suena perfectamente castizo.

Cuando vi una peluquería que se llamaba EL ENCANTO DEL CARIBE (atendidad por negras portentosas) y una tienda que el letrero era una bandera de Colombia donde podía leerse en letras blancas y muy nítidas PRODUCTOS DE LATINOAMÉRICA, empecé a sentirme ahí sí paranoico. ¿Qué pasó con la maliciosa inventiva tropical, dónde quedaron el sabor y los chistes flojos, dónde el franco surrealismo producto de la no-información cultural? Casi me dan ganas de leer el último POPULAR DE LUJO, con lo último en color local encontrado por los corresponsales norteños en sus intrépidas expediciones más allá de la iglesia de Lourdes.

Porque con estos latinos neutralizados si no hay nada que hacer, es platica perdida. O como dirían acá: dinero desperdiciado.

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Angelitos empepados

El documental Moon, que trata la interacción de las diferentes religiones en Indonesia, cuenta con un personaje principal que se convierte al islam para poder desposar una mujer. En la ceremonia en la que recibe su nueva membresía emocional utiliza un pene de hule para evitar la circuncisión, y al llegar a casa cambia todos los iconos religiosos por los que manda su nueva doctrina.

En Cocodrilo Dundee, por el contrario, el protagonista confiesa que planea hacerse católico al final de su vida, en caso de que vaya y sea cierto todo lo que promulga la Iglesia. Yo, sin que eso implique que me considero una fuente tan sólida como el séptimo arte, decidí bautizarme por motivación propia alrededor de los 8 años, pues unos amigos del barrio me dijeron que el diablo se llevaba a los niños que no hubieran pasado por el rito, y al preguntarle a mis papás si estaba a salvo ellos respondieron de manera irresponsable que estaban esperando a que yo decidiera en qué quería creer.

Entre tanto, una justa defensa a dos idiotas: Andrés López y Tom Cruise, a quienes critican por cienciólogos. Lo curioso es el tipo de argumentos empleados, pues al burlarse de la práctica porque supuestamente presume la existencia de seres extraterrestres desde una cultura que se fundamenta en la sagrada concepción, los enunciados dejan de parecer muy contundentes.

Lo curioso es que en pleno siglo XXI, cuando parecen pulular las religiones, la Iglesia se de el lujo de andar excomulgando gente. Al parecer el memo de cambio de momento histórico, para adoptar medidas de eficiencia y desempeño, no llegó al Vaticano. De pronto pensaron que era una moda pasajera.

Dado que mucho se ha hablado de las pobres criaturas que ya han tenido que sufrir bastante, lo mejor que puede hacerse es dejar de volverlas primera plana. Sin embargo, la manera como la institución religiosa más importante de Occidente rechaza adeptos es bastante anacrónica. En un periodo en el que debían estar negociando pecados capitales, mandamientos, y hasta una nueva edición de los testamentos, se dan el lujo de echar gente. Tal vez piensen que, como en In Vitro, el éxito de la empresa dependa de la fila que haya afuera. Tal vez por eso excomulgaron a los miembros de la banda Blind Faith cuando sacaron su único disco, y tal vez por eso no les importe que la gente acuda a prácticas orientales cuando necesita incorporar la religiosidad a su vida. En épocas de dos por uno y demás promociones del estilo, hay que aceptar que las estrategias para captar adeptos del catolicismo se han quedado estancadas. Aquella moral de prohibir puede haber dado resultado en el medioevo. Sin embargo, no es sino imaginar las promesas de un más allá hermoso bajo el estado de los sicotrópicos modernos para entender el potencial que tendría el discurso si fuera renovado.

Al igual que las aseguradoras (pues lo que se busca es salvar el alma en últimas), podrían ofrecer paquetes como "rece menos y garantice la salvación más rápido", o "con el nuevo paquete familiar, los domingos no son de Dios, sino suyos". Abrir franquicias, en vez de alejarse de sus ramas practicantes como el Opus Dei y la Oración Fuerte. Tal vez si se ocuparan podrían dejar de gastar tiempo en idioteces. Incluso podrían permitir que sus predicadores entablaran relaciones conyugales (prohibidas, hasta donde yo sé, por cuestiones económicas en alguna época de crisis de liquidez), y como efecto secundario, es sensato suponer, disminuir la tasa de violación a niños, acto que debía ser perseguido y condenado de manera mucho más decidida y tajante que las disputas políticas por las que se preocupan. Particular caso de predicar y no aplicar, pues lanzan piedras sin estar libres de pecado. Tal vez sea, sencillamente, que tengan un muy sofisticado espíritu supercontra y disfruten, como el pingüino emblemático de esta página, haciendo una vulgar zancadilla.

Desde este instante declaro como excomulgados de mi religión propia a todos aquellos que excomulguen a alguien más, y sobre todo, cualquier huérfano de afiliación espiritual es más que bienvenido.

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Palestina: Sin derecho a replica

Por: Verónica Naranjo

Quien se haya preguntado cómo es posible que una persona se sacrifique a sí misma con tal de perpertar un atentado terrorista, que vaya a Palestina. Quien se sienta incapaz de entender qué lleva a una persona a cometer un acto tan irracional y contrario a toda lógica, que vaya a Palestina. Que los palestinos son extremistas, que no aceptan al estado de Israel, que son asesinos y locos... Algunos los son, es innegable, y siempre será inaceptable e injustificada la muerte de seres inocentes a manos del terrorismo, pero su extremismo y su locura no vienen de la nada. Quien así lo crea, no ha estado en Palestina. Quien haga un juicio apresurado de los kamikazees y los revolucionarios palestinos es ignorante de lo que ahí sucede. Y lo que es peor, nadie puede culparlo. Los medios de comunicación, divulgando información sesgada y manipulada, nos han hecho creer que atentados terroristas sólo se cometen contra los israelitas, que el estado de Israel no hace ningún mal, que son los palestinos los intolerantes, los que actúan de manera irracional sin fundamento alguno. Una vez más, quien así viva convencido, no conoce Palestina. Un simple vistazo a las condiciones en que Israel tiene a los palestinos explica cómo alguien puede llegar a enceguecerse de desesperación y desolación, hasta llegar al punto de querer suicidarse por una causa. Si la vida no les proporciona razones, tal vez la muerte lo haga.

Un tiempo antes de viajar a esas tierras leí las impresiones de Mario Vargas Llosa sobre la situación y el conflicto entre Israel y Palestina. Estando allá recordaba sus relatos, fieles a la realidad, y una vez fuera entendí por qué se puede llegar de ese lugar con la imperiosa necesidad de escribir y de que alguien sepa lo que se ha visto. Entre más gente sea, mejor. Es por eso que escribo. Porque siento que es un deber moral contar lo que pasa del lado oscuro de la historia. Se lo debo a quienes me recibieron con tanta generosidad, a quienes me trataron como un miembro más de su familia, y se lo debo también a todos aquellos que son revolucionarios de manera involuntaria, porque para quienes viven en Palestina, la vida cotidiana es un acto de resistencia pasiva contra la ocupación y la opresión israelíes. En Palestina ser, existir, respirar, estudiar, trabajar, son actos de rebeldía, de dignidad, de valentía. En Palestina no hay nada más frágil y efímero que la rutina. O tal vez sí, la misma vida.

I

Los nervios me carcomían en el trayecto de Amman al puente de Giser Alshekh Husen. El conductor del taxi que me llevaba compartía mis nervios. Era, como otros miles, palestino exiliado en Jordania y sabía que mi propósito era visitar a mis amigos en territorio palestino. Tanto él como muchas otras personas me advirtieron varias veces: “Diga que va de turismo sólo a Jerusalén. Incluso en el lado Jordano, no diga que estaba con amigos palestinos en Amman. Diga que estaba con amigos colombianos visitando Petra y lugares santos de Jordania. Ojo. No lleve a la vista nada que indique que va para Palestina.” Mientras él sorteba las curvas del descenso hacia el valle del río Jordán, yo, entre el mareo y la angustia, estudiaba la lección que debía decir en la frontera. Leía hojas y hojas impresas de internet con información sobre Jerusalén, hostales, lugares para visitar, sitios de interés. Llegué a la frontera Jordana. Me preguntaron qué hacía en Amman y con quién: estaba de paseo con una amiga colombiana, respondí. Recé para que no me preguntaran más. Si algo no soy es actriz, y eso de improvisar historias no es para mí. Por momentos el pánico amenazaba con delatarme, pero traté de apersonarme de mi historia y parecer lo más turista posible. Me subí al bus que cruza el río Jordán. Del otro lado me recibió una gran bandera con la estrella de David y un aviso de “Welcome to Israel”. Tenía una gran rabia reprimida y me preguntaba continuamente: ¿Por qué no puedo visitar a mis amigos en su casa en Palestina? ¿Por qué no puedo cruzar con ellos por el puente de Allenby? ¿Por qué hay un puente para palestinos y otro para el resto del mundo? ¿Por qué tengo que mentir para conocer su ciudad, su tierra, su vida? Tener amigos palestinos, ir a Palestina, eran en resumidas cuentas una especie de crimen. Y para perpetrar ese crimen tenía que sostener la parodia de ser turista camino a Jerusalén.

Palestina, lo que hoy está ocupado por Israel, es Tierra Santa y tierra convulsionada; un lugar mágico, prolífico en profetas, donde se concentran los lugares santos de Judaismo y Cristianismo, y la tercera ciudad más importante del Islam. Palestina era una región habitada en un casi noventa por ciento por árbes llamada Siria - Palestina, que estuvo ocupada por el imperio turco otomano hasta finales de la Primera Guerra Mundial. Los vencedores expulsaron a los otomanos y esos territorios quedaron bajo el mandato de Gran Bretaña, que instaló allá bases militares, prometiendo no obstante a los árabes que se les respetaría el derecho a autogobernarse. En 1917 un movimiento llamado sionismo, conformado por judíos que querían tener un estado propio, solicitó a Inglaterra se les permitiera instalarse en Palestina. No imaginó nunca Balfour, ministro de relaciones exteriores de Inglaterra en ese tiempo, que su declaración aceptando que los sionistas se establecieran en Palestina fuera a ser el inicio de uno de los más largos, sangrientos y complicados conflictos de la historia moderna. La región de Siria fue dividida por las potencias vencedoras de la Primera Guerra tan artificialmente como el Africa, en Palestina, Siria y Jordania. En Jordania se creó un reino artificial, en Siria, un país que hasta hoy sigue siendo uno de los más acérrimos enemigos de Israel, y en Palestina un caos que no parece tener solución alguna.

Desde que los judíos empezaron a llegar después de 1917 comenzaron los enfrentamientos, las disputas, las guerras. Los árabes llevaban más de setecientos años ocupando ese territorio y no entendían por qué debían cedérselo a los judíos. Pero las cosas empeoraron al finalizar la Segunda Guerra Mundial. Las infamias cometidas por los alemanes se dieron a conocer al mundo. Embarcaciones repletas de judíos sobrevivientes del holocausto nazi esperaban para desembarcar en las costas de los países Aliados, principalmente Estados Unidos. Mientras tanto, Palestina era una batalla campal que se le había salido a Inglaterra de las manos. El asunto del Medio Oriente se sometió a decisión de las Naciones Unidas. En 1948 la Asamblea decidió reconocer la existencia del Estado de Israel junto al de Palestina, y se definió la partición del territorio. Acto seguido, los barcos que aguardaban en las costas norteamericanas y europeas fueron desviados hacia ese punto del Mediterráneo.

Cualquiera que tenga tres dedos de frente y algo de corazón es capaz de entender y aceptar que a los judíos errantes se les hubiera reconocido un territorio, aunque fuera uno que habían abandonado casi ochocientos años antes, y se les hubiera dado la posibilidad de tener un estado donde no fueran encerrados en ghettos, rechazados ni exterminados. El problema es que ellos no se contentaron con lo que se les reconoció. Siguieron expandiendo sus dominios de manera ilegal, expulsando a los árabes que por centenares de años habían vivido en esas tierras, hasta que en 1967, después de una gran guerra contra los países árabes, Israel ocupó totalmente a Palestina.

Lo que se llama ahora Palestina es la suma de Gaza y Cisjordania. En estos dos sectores habita la mayoría de palestinos que no han podido ser desalojados por Israel. Los palestinos son gente excepcional, personas amables y de buen corazón, a quienes se les ha negado el derecho a autogobernarse, a tener su territorio, su país, su descendencia en el lugar de sus ancestros. Desde que me bajé del bus en el que crucé el río en el que fue bautizado Jesús y entré en territorio israelí sentí que era observada con mirada inquisidora. Se estudiaban todos mis movimientos. Muchachos de no más de veinticinco años caminaban amenazadoramente por la estación del puente de Giser Alshekh Husen, revisando de pies a cabeza a todos los que cruzamos la frontera, buscando encontrar aquello que delatara nuestro crimen: pretender visitar Palestina; descubrir lo que allí sucede.

Antes de pasar mi equipaje por el scanner, tuve que repetir mi nombre tres veces a dos personas distintas y responder a la pregunta de si llevaba armas o explosivos. En la inmigración, la niña que me atendió (atendió es mucho decir) me escrutó de arriba a abajo y, con aire desconfiado, me preguntó por qué iba sola a Israel. Yo dije mi libreto al pie de la letra: estoy viajando antes de volver a mi país, estaba en Europa y pensé que era una buena oportunidad de conocer Tierra Santa antes de regresar a Colombia. Luego quiso saber si había visitado Siria, Líbano, Irán o Afganistán antes de pisar territorio israelí. Contesté la verdad: no. ¿Qué iba a hacer en Israel? conocer Jerusalén. ¿Sólo Jerusalén? Sí, sólo Jerusalén. ¿Planeaba visitar Gaza, Ramallah, Nablus...? No, ¡por supuesto que no! No es el mejor momento para conocer la franja de Gaza, ¿o sí? contesté con sonrisa irónica. Gaza, aislado de Cisjordania, es el único acceso al mar que Israel ha dejado a los palestinos. Allí se están cometiendo las mismas atrocidadades que en el Líbano por parte del ejército Israelí, pero sin publicidad alguna por parte de los medios de comunicación, porque toda la atención está centrada en la guerra contra Hezbollah, que es, en realidad, una guerra contra la población civil libanesa. Su crimen: existir y habitar territorios de los que Israel, para variar, también quiere apoderarse.

Antes de ir a Palestina había leído, visto documentales y películas sobre la historia del conflicto y la situación actual del Medio Oriente. Pero nada de lo que uno pueda leer o ver sobre Israel y Palestina se parece a lo que uno experimenta cuando entra en esas tierras. Como un vulgar ladrón, Israel se protege con todo tipo de medidas de seguridad, con la paranoia propia de quien se sabe criminal. La actitud israelita es defensiva desde el primer momento. Todo turista es sospechoso de apoyar la causa palestina, o libanesa, o siria, o cualquier otra que sea anti-israelí. Después del trato que uno recibe pasando de Jordania a Israel, decidir continuar con los planes es pura terquedad y tosudez.

Tras largas indagaciones, la oficial israelí en adolescencia tardía selló mi pasaporte y me entregó un documento que sólo me daba permiso para estar en Jerusalén. Salí de ahí con cinco años menos de vida, esperando encontrar a Abu Jamil, amigo de mis amigos, que me estaba esperando en la frontera para llevarme a donde debía encontrarme con ellos. Abu Jamil es palestino, pero tiene placas israelitas y, en consecuencia, puede transitar libremente tanto por Israel como por Cisjordania. Sin embargo, no lo vi fuera de la estación. Pedí ayuda. Nadie me la dio. Pregunté dónde podía encontrar un teléfono para llamarlo, me respondieron que no había. Esperé... Cuando estaba a punto de desmayarme por una combinación de angustia reprimida y calor, una de estas personas de gris con walkie-talkie me dijo a dónde debía dirigirme si me estaban esperando. Me apresuré a la salida. Un hombre de cara amable y barba blanca se acercó a mí con su hija y dijo con gran seguridad mi nombre, entre otras muy difícil de pronunciar para los árabes. Fue en ese momento cuando tuve el sentimiento de triunfo de haber burlado a los israelitas. Iba “non stop” para Cisjordania, primero a Jericó y después a Ramallah. Ver a Abu Jamil fue como ver la luz al final del túnel, o en este caso, puente. Estaba con alguien que me transmitía paz, alguien en quien podía confiar y que sabía cómo era la movida con el ejército israelí.

Emprendimos el camino hacia Jericó. El paraje es muy desértico y el calor es sofocante. A lo largo de todo el trayecto se veían esporádicamente zonas con grandes cultivos de palmas de dátiles y otros sembrados que no supe identificar. Esos puntos verdes en medio de tanta sequedad son asentamientos israelitas. Palestina, lo que después de tantas guerras, revoluciones, resoluciones, tratados, violaciones al derecho internacional y a los derechos humanos, ha dado en denominarse Israel, tiene muchos nacimientos de agua. Allí donde el estado israelí descubre agua, desplaza a quienes la usufructúan para pasar a apoderarse de esas tierras. Construye un asentamiento que puede ser civil, industrial o militar, extiende grandes sembrados, provee a esos poblados artificales de una seguridad militar exagerada, y así mismo distribuye el agua entre los judíos de asentamientos aledaños. Así, mientras éstos cuentan con agua corriente veinticuatro horas al día, los poblados árabes cercanos, originales dueños del agua y las tierras, son provistos con tan sólo dos o tres horas de agua al día. De este modo, los asentamientos israelitas, que se extienden por todas partes como una reproducción en masa de células cancerígenas, se ven cuidados, verdes y organizados, mientras los pueblitos árabes se ven secos y olvidados. Eso sí, Israel cobra impuestos a todos por igual, sin diferenciar quiénes son los beneficiarios de los servicios públicos de agua, recolección de basuras, adecuación de infraestructura, etc.

En el camino iba jugando con el viento hirviente que entraba por la ventana. Movía disimuladamente mi mano como cuando era pequeña en la dirección que el viento la llevara. Abu Jamil había comprado frutas frescas para mí: comí uvas verdes y unas peras muy dulces que me supieron mejor que nunca. Nos detuvimos un momento a comprar agua fría. A Abu Jamil y su hija los retuvo un poco un cachorrito que se veía muerto de hambre, al que intentaron dar pan sin ningún éxito. Seguimos nuestro camino. Existen alrededor de diez millones de palestinos en el mundo, de los cuales siete más o menos viven como refugiados en distintos países, sobre todo aquellos que limitan con Israel: Líbano, Jordania, Siria y Egipto, principalmente. De todas las nacionalidades del mundo, la palestina es la única que se adquiere incluso teniendo el status de refugiado. La comunidad internacional ha aceptado que eso sea así para que no se extinga la población palestina. De lo contrario, ya no quedarían casi palestinos en el mundo y se habría cumplido de esa manera con el principal propósito de Israel. No obstante, nadie ha podido lograr que los hijos de palestinos o palestinas con extranjeros o extranjeras tengan derecho a la nacionalidad palestina. Israel obliga que el niño tenga la nacionalidad del padre extranjero, así nazca en Gaza o Cisjordania. No entiende uno que una raza que quiso ser exterminada por los nazis repita los actos de barbarie genocida a los que ella misma fue sometida, con tal de llevar a cabo los ideales sionistas. Sharon y ahora Olmert son sin duda criminales de guerra de la talla de Hitler, Himmler, Goering, Eichman, o cualquiera de esos asesinos en cuya alma espantaban. Oigase bien: no generalizo. No hablo aquí de todos los judíos. Tengo grandes amigos judíos que condenan tanto como yo lo que hace el estado de Israel diariamente contra los palestinos, y lo que planean maquiavélicamente con lujo de detalles los judíos sionistas. A ellos, a los justos, dedicó con toda razón Vargas Llosa su libro sobre esta región. A ellos se les debe todo respeto y consideración, porque son sensatos y tienen corazón.

Los sionistas creen en el gran Israel. Lo dicen sus protocolos y hasta lo han acuñado en su moneda de diez centavos de sheqel: el mapa del gran Israel, del que foman parte Palestina, parte del Líbano, casi todo Jordania, parte de Irak y parte de Siria. Creen que una vez sean los amos y señores de buena parte de los países árabes y que hayan reconstruido el templo de Salomón allí donde ahora se encuentra el muro de las lamentaciones el mesías vendrá a salvarlos. Los judíos sionistas se creen la raza superior, la raza elegida por Dios, y en nombre de ese ideal matan indiscriminadamente, tanto como los nazis, sólo que de manera más solapada y con la ayuda del gobierno de Estados Unidos de Norteamérica. Tal vez por eso no han sido tildados de terroristas y extremistas.

Con las manos pegachentas por la pera y abrumada por la situación, me encontré de repente en Cisjordania, o lo que en inglés se llama West Bank (lado oeste del río Jordán). Al poco tiempo se vieron al lado de la carretera unos cerros de desechos con camiones y bulldozers trabajando. Abu Jamil me explicó que ese era el botadero de basura de los Israelitas. Ellos no ensucian sus territorios. Ellos botan sus desperdicios ahí donde habitan los palestinos. Pasado esto, el paisaje continuaba con la misma sucesión de poblados árabes, caseríos de beduinos y verdes e ilegales asentamientos judíos. Al rato se vio de lejos Jericó. El cuadro dolía. La ciudad, donde se encuentran las ruinas de asentamiento humano más antiguas del mundo (8.500 a.C.) y donde Jesús pasó cuarenta días y cuarenta noches ayunando, está rodeada de un desierto coronado por unas torres de vigilancia de cárcel, iguales a las que se ven en el muro de apartheid que Israel está construyendo, ubicadas delante de una zanja profunda de kilómetros y kilómetros, una muralla de aire y silencio que los israelitas cavaron para impedir a los habitantes salir y para controlar igualmente la entrada. Oveja o palestino, sea quien sea quien caiga al hueco, muere. Al llegar tuvimos que parar en el checkpoint que el ejército israelí ha establecido allí de manera permanente. Mostré mi pasaporte, no sin antes esconder el documento donde se me autorizaba a visitar solamente Jerusalén. Nos dejaron pasar. Un poco después del retén se asomaron las ruinas de lo que hasta hace pocos meses era el cuartel de la Autoridad Palestina en Jericó, convertido en un montón de escombros por tanques israelíes. El pretexto: sacar a unos enemigos de Israel que estaban bajo custodia del gobierno palestino, con la vigilancia de observadores internacionales norteamericanos e ingleses que, el día de la incursión israelí, abandonaron el lugar media hora antes de la llegada de los tanques. Cualquier semblanza de complicidad es pura coincidencia... Veía a lo lejos, colgando del monte, el Monasterio de las Tentaciones construido donde Jesús fue tentado por el demonio tres veces. Fue Santa Helena, la madre de Constantino, quien en un viaje a esos confines del imperio romano en el siglo IV d.C. definió dónde habían ocurrido los hechos santos. Abu Jamil me dejó en el hotel donde había quedado de encontrarme con mis amigos. Tenía el alma encogida. Llevaba menos de tres horas en Palestina y ya me sentía asfixiada por Israel.

II

Me senté bajo el aire acondicionado. El calor era realmente sofocante. Jericó está más de doscientos metros por debajo del nivel del mar. Está, incluso, a un nivel más bajo que el Mar Muerto. Dicen que es un milagro que el Mar Muerto no inunde el valle de Jericó. Hacía dos o tres días había ocurrido la segunda masacre de Kana, un pueblo del Líbano donde ya antes Israel había masacrado decenas de personas a principios de los años ochenta. Acababa de repetirse la historia. Con el pretexto de eliminar células de Hezbollah habían sido masacradas decenas de mujeres, hombres y niños ante la mirada impasible de la comunidad internacional. Llegaron a recogerme. Volvimos a pasar por el checkpoint. En hebreo, nos pidieron que abriéramos las ventanas. No entendimos. Repitieron la orden en árabe, las bajamos y con aire dudoso nos dejaron pasar. Comenzamos el ascenso hacia Ramallah. Una densa cerca de grueso alambrado con alambre de púas enrollado en la parte superior serpenteaba a nuestro lado a lo largo de la carretera. Me dijeron que era el muro “de seguridad” que Israel estaba construyendo para aislar a palestinos de palestinos, y también a israelitas de palestinos. Más adelante apareció la muralla de concreto, ese concreto frío y desolador que ha separado familias, padres de hijos, hermanos, abuelos de nietos, niños de sus escuelas, hombres y mujeres de su trabajo. Ese concreto que se ha levantado bajo la condena del derecho internacional, violando todas las normas y tratados existentes, pero sin ningún impedimento. Es el muro que les recuerda permanentemente a los palestinos que son ciudadanos de segunda clase (o décima) en su propia tierra, que carecen de derecho a la libertad de expresión , a la libertad de movimiento, a la libertad en general. El muro que les advierte que, si insisten en quedarse en su territorio, habrá alguien cuyo propósito en la vida es hacerlos infelices, obligarlos a vivir prisioneros entre muros y entre los escombros que Israel deja tras el paso de sus tanques.

A la entrada de Ramallah está a mano izquierda el checkpoint de Qalandia, que ha aislado a Ramallah de Jerusalén, incluso del este de Jerusalén que, según los tratados de paz, es de dominio palestino. Este retén, al igual que el muro, ha recibido toda clase de condenas internacionales. Pero ¿quién ha hecho algo al respecto? La fila de taxis y buses esperando para cruzar es interminable. También se ve gente cruzando a pie, gente que es por lo demás privilegiada, porque sólo los palestinos con documento de identidad de Jerusalén pueden entrar y salir de la ciudad santa. A todos los demás les está vedada la entrada por parte de Israel. Según la creencia musulmana, una oración en la mezquita del Domo de la Roca, ese templo que corona a Jerusalén con su imponente cúpula dorada, vale por 365 oraciones en cualquier otra mezquita. Esta mezquita fue construida donde se afirma que Mahoma ascendió al cielo en un caballo blanco. Una vez más, el derecho a orar en este lugar sagrado para los seguidores del Islam se ha negado a los palestinos musulmanes.

Ramallah es una ciudad alegre, un pueblo que ha crecido por la afluencia de palestinos de otras partes que han llegado a instalarse allí, algunos como refugiados, otros con mejor situación económica simplemente huyendo de la presión de Israel. El centro tiene una actividad impresionante. Restaurantes, negocios, vendedores ambulantes, gente tomando café, comiendo helado, comprando cosas, en fin... El helado de pistacho de Rukab es especialmente recomendable. Como buena ciudad árabe, Ramallah tampoco duerme. Un portugués me dijo una vez: “¡los palestinos son peresozos! ¡Por eso están como están!”. Después de haber estado allá comprobé que no sólo es mentira, sino que es todo lo contrario. La gente trabaja de sol a sol. Cierto, se toman su tiempo para el café y el narguile, pero también son arduos trabajadores. Si no lo fueran sencillamente no vivirían. Tienen que partirse la espalda para lograr ingresos que les den para pagar impuestos al estado de Israel (mismos impuestos que pagan los israelitas que tienen el triple o cuádruple de capacidad adquisitiva), comprar los productos al mismo precio que los judíos y con la misma moneda, el sheqel, mantener a su familia, y proveerse de todo aquello que su inexistente estado no puede proporcionarles, como servicios de salud y lo que la seguridad social en general provee. No obstante, el trabajo no les impide ser amables, alegres y hospitalarios. En árabe se saluda con el saludo de la paz “salamu alikum”, que quiere decir “la paz sea con ustedes”. En las tiendas se hacen descuentos sin dificultad, se vende fiado, y en algunas se deja el dinero en un cenicero que se pone a la salida si el dueño no está por ahí. En un restaurante mis amigos se quejaron por el servicio. El dueño nos pidió el favor de no pagar la cuenta y, en cambio, volver para y darles el chance de servirnos mejor la próxima vez. Se oye música por las calles, se ven mujeres cubiertas comprando productos de belleza, comentando sobre los últimos zapatos de moda, y contando chismes sobre farándula y sobre el hijo de la vecina.

Pero tal vez lo que más me impactó de Ramallah, y en general todas las ciudades y pueblos palestinos que conocí, fueron los niños jugando en las calles. En Palestina la gente ríe. A pesar de todo, la gente ríe. En Belén una mujer me mostraba sonriendo las llaves de las casas antiguas, esas que los palestinos tuvieron que abandonar en la guerra del 67. Se llevaron las llaves colgando del cuello creyendo que volverían a sus casas después de máximo ocho días. Sobra aclarar que nunca pudieron regresar... Hoy en día, las llaves son un signo distintivo de los palestinos que viven en campos de refugiados. Belén, al igual que todos los lugares santos, queda en Cisjordania. Para ir tuvimos que tomar transporte público, porque a los autos de mi amigos con placas palestinas no les está permitido el paso. Quería conocer la Iglesia de la Natividad, austera e imponente, construida en el lugar en que, según Santa Helena, se encontraba el pesebre donde nació Jesucristo. Las palabras no alcanzan para expresar la emoción y el recogimiento que el lugar inspira. Es, verdaderamente, Tierra Santa.

No se me olvidará una imagen que vi cerca del check point de Qalandia: unos niños de un campo de refugiados que queda al lado del retén corriendo y jugando encima de los escombros dejados por los israelíes, como si jugaran en un parque con columpios y arenera. Estaban muertos de la risa, pasando felices a pesar de todo. Muy a pesar de todo. Yo había quedado de encontrarme allí con alguien que me llevaría a mostrarme Jerusalén, una niña de diecinueve años, palestina, que tenía que cruzar por ahí todos los días porque vive en Jerusalén, en Bet Hanina, y estudia en la universidad de Bir Zeit, a las afueras de Ramallah. Ella sí sabe lo que es llegar tarde a clase, y siempre tendrá una buena excusa para hacerlo... Cruzamos el checkpoint a pie. La travesía no se tardó más de ocho minutos. Sin embargo, me impresionaron la cantidad de puertas de hierro que hay que atravesar. Son por lo menos cinco rejas de un grosor exagerado con portones enrejados en cruz de esos que se empujan circularmente, de modo que se pasa de uno en uno. Pasamos el primero, el segundo. A mano derecha había unos guardias israelíes observándonos fijamente, pasamos las carteras por un scanner, pasamos el tecero, el cuarto y, finalmente, el quinto. Era como pasar por los anillos del infierno. Pero estabámos al otro lado, ese lado del que los palestinos sin identificación de Jerusalén no pueden estar, por más que quieran, por más que pidan permiso. Generalmente les será negado.

Como dije antes, la parte este de Jerusalén es, según el tratado de Oslo de 1993, palestina, y debería estar bajo control de la Autoridad Palestina. A Israel le corresponde legalmente la parte oeste. Sin embargo, desde la intifada (la revolución palestina contra Israel) que comenzó nuevamente en el 2000, todo Jerusalén quedó bajo control israelí. ¿Qué ha hecho desde entonces el estado de Israel? Construir asentamientos gigantescos en Jerusalén este, para apoderarse de toda la ciudad, alegando que la mayoría de la población es judía. Ojo, no se crea que estos asentamientos están totalmente habitados. Como la mayoría de los lugares de ocupación ilegal que hay en Cisjordania, están practicamente desocupados, pero eso sí, custodiados hasta más no poder y con sus pocos habitantes armados hasta los dientes. Es, lo repito, la paranoia propia de quien se sabe criminal. Eso hay que abonárselos. Roban la tierra, pero saben bien cómo hacerlo. Escogen su montaña (casi siempre se instalan en sitios altos porque esto les significa mayor control sobre la zona y mayor seguridad). Ponen unas casitas prefabricadas que parecen carro-casas de gitanos, las rodean de fuertes alambrados, escriben una placa en hebreo que es, seguramente, una oración o una oda al estado de Israel, e izan una gran bandera que ondea sin escrúpulos ni verguenza alguna. Luego, cuando ya llevan el tiempo suficiente ocupando el terreno para reclamar la prescripción, la declaran y construyen esos asentamientos artificiales de casas uniformes, que protegen con decenas de soldados y tanques. ¡Ay del palestino que proteste o diga que la tierra es suya! Seguramente a partir de ese momento su hijo, o él mismo, será un terrorista, vendrán a capturarlo con obuses y tanques, disparando a diestra y siniestra, como lo vi personalmente en Ramallah el día que fui a Jerusalén, y destruirán su casa con un bulldózer, para que aprenda la lección: que Palestina no tiene derecho a réplica.

Lo que uno diga de la forma como Israel trata a los palestinos es poco. Hasta aquí no he contado ni el cinco por ciento de lo que vi en tres semanas de estadía. Ayer hablé con mi amigo Abu Bashar. Me dijo que entrar a Nablus fue una pesadilla porque Israel la tiene totalmente sitiada. Pero la entrada no fue nada comparada con la salida. Un trayecto que normalmente él hacía en veinticinco minutos le tomó cinco horas y media. Salió de Nablus a las 6 pm y llegó a Ramallah a las 11 y media pm debido a los innumerables checkpoints israelíes. Hablando de la situación, su padre me dijo un día con voz triste: “pensábamos que al menos con la construcción del muro nos iban a dejar tranquilos de este lado de la barrera, pero no fue así...” Era lo mínimo, pero no sólo no fue así, sino que Israel ha acrecentado con renovados bríos sus medidas para asfixiar a aquellos que se empeñan en vivir en Palestina. Cisjordania está bajo control israelí, y los soldados que se paran en los retenes, tanto los permanentes como los aleatorios, disfrutan humillando a quienes quieren circular por su territorio. Lo vi con mis propios ojos: dos soldados se burlaban de un hombre al que no quisieron dejar seguir su camino hacia Nablus para ver a su familia. Tuvo que bajarse del bus por orden de aquellos valientes y comer callado, porque así son las cosas en Palestina: no hay derecho a réplica.

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