El movimiento anticelularista

Mi pobre hermana ha perdido nuevamente un celular. Yo sospecho que algo había en la configuración de los astros en el momento de su nacimiento, o algún evento marcó su vida de manera permanente al insultar un dios en el Olimpo, pero lo cierto es que cae ella en la categoría de personas que son incapaces de mantener con vida un celular. Algunos se pierden para siempre. Otros, logran evadir la destinada extraviada para morir ahogados en un sanitario, caer desde un quinto piso o saltar de una buseta. De cualquier forma, acaban masacrados los pobres aparatos.

Yo, personalmente, me inclino por la teoría del insulto al dios de los celulares. Sucede que por estos días, el Olimpo debe sufrir una sobrepoblación significativa, pues al reproducirse como conejos y ser inmortales no debe quedar campo para muchos. Algún descendiente de dionisiaco, pues cerca del alcohol y personas como mi hermana los celulares parecen cobrar vida.

Debe estar profundamente ofendido con ella y todas las personas de este tipo. Tal vez, incluso, por algún motivo ajeno y anterior a la tortuosa relación con los adminículos de telecomunicación. Sospecharía yo, de manera poco fundamentada, que el dios de los celulares está fuertemente emparentado con el de los trámites burocráticos por dos motivos importantes: uno, que las oficinas de Movistar y su respectiva competencia son lo más cercano a la esencia de la burocracia por la burocracia (digna también de oficinas públicas y de historias de Kafka). Dos, que con los trámites necesarios en el Olimpo para autorizar un castigo a los mortales (por estos días en los que las oficinas deben rebozar solicitudes), cualquier personaje que se tome el trabajo de llevarlos a cabo debe estar en ventaja con respecto a, por ejemplo, el dios de los vinilos o de las esponjas para lavar platos.

Lo cierto, de cualquier forma, es que no acaba jamás de llenar nuevamente su agenda telefónica cuando debe empezar nuevamente. Es más, no me extrañaría que jamás hubiera logrado terminar una. Claro, en una sociedad donde la disculpa más frecuente para no haber llamado es que uno ha perdido el celular y ya no tiene el número, resulta poco grato ser una persona que, realmente, lo pierde cada rato.

Entre las muertes más ridículas de celulares, se cuentan los clavadistas en sanitarios (y posteriormente derretidos en sus circuitos interiores con un secador que intentaba darles primeros auxilios), los robados (mientras daban un paseo de tres días en el carro de un conocido lejano), y los que aplasta un burro desbocado. Cuanto más absurda sea la muerte, mejor parece desarrollarse el melodrama. Uno tras otro, mutilado o extraviado. Si tienen un reto, tengan la bondad de informarlo para que nuestro equipo anti-celular empiece a trabajarle. Junto con mi hermana, Tomás, gran maestro del arte y capaz de perder la SIM-Card sin siquiera quitar la tapa, son un equipo inmejorable.

Yo empiezo a pensar que se trata de una sociedad secreta. Naturalmente la cabeza de un organismo terrorista de ese tipo sería un ser como Dumpa, quien como Uribe y Dr. Evil ha de tener por ahí un mini-me guardado. Este es un llamado urgente para desenmascararlos y detener así el maltrato del que son víctimas estos (molestos, es cierto, pero útiles y finalmente inocentes) aparatos.

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