El malo y el feo (porque el bueno ya no esta)

Colombianos,
Empuñad los improperios y vestid la tricolor. Pinto no podrá salvar la patria de hecatombes, pero sacó un valioso empate ante el pentacampeón. La selección venezolana, engrandecida por su comandante y patrocinada por la crisis petrolera, visita nuestra capital con la ilusión de cometer una osadía por segunda vez.

Nuestro combinado llega en pleno proceso de renovación, con el fantasma de una lesión rondando al jugador más prometedor. Vuelve Tressor, cuyos destellos de indisciplina opacaron aquellos de genialidad lo marginaron de convocatorias anteriores.

El seleccionado venezolano, que mal haríamos en llamar combinado por la falta de glamour en su uniforme, cuenta con un elenco que, hoy por hoy, es más costoso, encabezado por uno de los máximos anotadores de la liga mexicana.

¿Cuál unión? ¿Cuál sueño bolivariano? Ya una vez nos comimos ese cuentico y vean donde terminamos. En Colombia no queremos independencia, no señor, ni decirle a Bush que es el demonio. Ni el petróleo de Irán ni hablar de cambio climático. Muerte a Joaquín Sabina, Pablo Milanés y los demás narcoterroristas. Muerte a los venecos y a su dialecto de tamal melodramático. Vamos a aplastarlos como los sapos de Magnolia. O por lo menos un empate.

Rival directo, osan encabezar los diarios caraqueños.

No, no, no. ¡No!

Así sea con amenazas, comprando al árbitro, o con doping, pero hay que ganar. Es menester recordarle a nuestros vecinos del Este que su deporte nacional es la pelota caliente y que en términos de reinas sí que son una amenaza para los intereses cafeteros. Que nuestros muchachos pueden ser mediocres, borrachos y amigos de criminales de primer nivel, pero después de eso, en segundo plano, queda algo de dignidad nacional, que brotará como un fénix de las cenizas.

El partido es un escenario mitológico. El bien y el mal, sabrá Dios dónde, pero igual que en El señor de los anillos o Harry Potter. Mejor aún, como una mezcla de Matrix con la era medieval. Libertad contra opresión. La democracia, el terrorismo, el arte conceptual, el vegetarianismo, el mal gusto, ustedes nombren el demonio. El partido, como cualquier discurso político de nuestro continente, se ajusta sin escrúpulos para representar intereses. Colombia y Venezuela: The bad and the ugly.

"El Dictador Comantante, Jiugo Chaveis," como es conocido en las noticias de este país la cabeza del ejército bolivariano, ha dado unas explosivas declaraciones que la prensa nacional no se ha molestado en reportar. Cuentan fuentes fidedignas que en plena cumbre se refirió refirió al equipo de fútbol colombiano en términos peyorativos, y que llegó incluso a burlarse abiertamente de los repetidos fracasos en Miss Universo.

Dicen que Uribe empezó a salivar con la posibilidad de reelección, y que profirió un discurso sobre el respeto y la dignidad humana que confundió bastante a los asistentes.

El presente es un llamado, compatriotas, a elevar un grito colectivo que no se oye desde épocas de independencia. Si los dioses del Olimpo se peleaban, por ejemplo, por vanidad, ¿por qué no pueden hacerlo nuestros presidentes? El caso supone una disyuntiva crucial: ¿cuál de los dos les merece más respeto? Lo cierto es que nuestro sentido nacionalista se disuelve ante la imposibilidad de usarlo.

El Sábado, podremos saciar nuestro voraz apetito por años en reposo. Si no hay goles importa poco: ¡que haya sangre! ¡Muerte! ¡Invasión Yankee! Sacrifiquemos a Juan Pablo Ángel para ser perdonados por los dioses de la redonda.

¡Viva Jorge Luis Pinto y el imperialismo! ¡Abajo el despilfarro de petróleo si no es en grandes e ineficientes vehículos gringos o para polución! ¡Abajo la revolución (del fútbol, por lo menos)! Suficiente tenemos con ver al Cúcuta campeón.

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