Metafísica para principiantes

En una de las primeras películas de los hermanos Coen, varios personajes intercambian toda clase de aventuras que parecen labradas por una mano externa, la coincidencia. Tal vez sea un rasgo característico de las expresiones contemporáneas del imperio en decadencia que es actualmente Estados Unidos, como también puede verse en Tarantino y en Paul Auster: una extraña sensación de energías que juegan, manipulan, y confabulan los azares y las fuerzas de la vida. La manera como las memorias se construyen a partir de una Epifanía donde la consciencia de una maquinaria cósmica despierta a quien las experimenta del extraño sueño que es la vida. Y la absurda sensación de bajar por la madriguera que resulta despertar.

Hace unos días (¿semanas, meses?) tengo la sensación de haber entrado en uno de esos periodos de madriguera, tal vez solamente por volver a California donde hasta los pájaros dan la impresión de ser parte del escenario del Show de Truman. Y por algún motivo, la banda sonora de la película sobre la conspiración cósmica es al ritmo del Bluegrass, una suerte de subgénero del Country donde confluyen, curiosamente, tanto los granjeros más conservadores y de opiniones radicales como los hippies más radicales de opiniones conservadoras, según Steve Earle, gracias a Jerry García.

Earle, un personaje que parece una mezcla de Piero con Diomedes, es una figura de culto heredera de un oficio estadounidense que mantiene su sistema de encarnaciones y mentores, ha incursionado además en la actuación (en la serie The Wire, según fuentes confiables una de las más adictivas producidas hasta el sol de hoy), la escritura y el teatro. También estuvo preso, infelizmente casado, y perdido en el abuso de sustancias, cada uno de los requisitos para calificar como icono musical del género.

No tengo duda que las mismas fuerzas que prendieron el radio justamente durante la entrevista en NPR a Earl fueron las mismas que me impidieron verlo durante el festival que tuvo lugar en San Francisco el fin de semana pasado, como también las mismas que me llevaron a tropezarme con su gira, en Santa Cruz, además de la boleta gratis que me extendió una extraña porque su compañera se había roto una pierna (asunto con el cual, como es sabido, me identifico plenamente).




El concierto, parte del ciclo a realizarse en California, tenía por motivo un homenaje que Earle hacía a su no menos colorido amigo, colega y mentor Townes Van Zandt: un personaje de estirpe comparable con el linaje Kennedy, también deportista y buen miembro de familia, que sirvió en la guerra y enloqueció posteriormente, hasta acabar por recibir tratamiento de shocks inducidos con insulina para borrarle sus memorias de infancia. Su música hace sonar a Johnny Cash como un animador de fiestas infantiles. El documental sobre su vida es además un emblema cultural, disponible gracias a las maravillas de internet.

Curioso, en medio del concierto, ver la reacción de Earl (abiertamente socialista, otrora pecado en el imperio como lo es ahora en el nuestro) a los comentarios del público intelectual revolucionario, del corte Meryl Streep en El ladrón de orquídeas: unas veces indignado, otras evangelizando. ¿Por qué acaba un ser ecuánime y moderado (simpáticos pizanlovers envejecidos) por recibir consejos de un ser con noción de conducta apropiada similar a la del Tino Asprilla?

La palabra es realidad, por lo menos para quien la menta, y yo llegué al concierto con la idea de recibir un mensaje personal, cósmico, divino. Jamás imaginé que Earle, como probablemente pensaría un extranjero que busca significado en el híbrido de Petecuatroqui con Amarte más no pude, encarnara un mensaje tan mal vocalizado, abstruso e inteligible. Tal vez eso merezco. Hace unos días un test de personalidad dictaminaba que yo me comporto como un "Televangelizador", aquellos seres sin noción de vergüenza personal que venden productos estampados con una imagen de su rostro. Tal vez por eso la música representa etapas de la vida de azar y Epifanía, porque sus mensajes bañados en metáforas y cantados a medio gesticular por seres de vidas inusuales, como comentario de narrador deportivo, son a la vez destellos de genialidad y barrabasadas que zarandean la razón y nos hacen preguntarnos si somos nosotros, o ellos, quienes andamos por la madriguera. Como Harry, el sucio, creo que en medio de tanta emoción yo mismo perdí la cuenta.

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