El retrato de Daniel Samper (Junior)

Suculenta sátira ágil y mordaz la que le brinda al mundo tan amablemente el niño Ramoncito en su columna semanal de la reconocida y veintiúnica publicación de análisis político en Colombia. O, bueno, aquel pasquín de circulación masiva donde publica sus comentarios a manera de evento social o baño turco en uno de los selectos círculos que frecuenta.

En sus textos se siente un vaho con sabor a los escritos que han inmortalizado a su padre en la columna Postre de notas. ¿Quién no recuerda aquellas gloriosas columnas sobre los nombres, en defensa de las siestas, o las exquisitas descripciones de la vida en matrimonio? Yo personalmente tengo el recuerdo de mi madre leyendo en voz alta, de sobremesa, mientras todos nos desternillábamos de risa. De igual manera, Dejémonos de vainas fue tan emblemático como Los años maravillosos, para bien y para mal, luego sus columnas suenan como un comentario de MacGyver sobre la mutilación de algún insecto. Para la muestra un botón (además de sus gráficas comparaciones de personalidades de la política con placentas y otros tejidos corporales).

Sé que no es fácil reconocerlo, pero voy a tomar impulso: la verdad sea dicha, no me parece tan grave que haya guerra con Venezuela. No me parece preocupante, de verdad. ¿Qué puede dañar un misil si cae por acá? ¿La Caracas? ¿El Monumento de los Héroes? ¿Mesitas del Colegio? Seamos francos: nadie notaría si cae una bomba en la autopista norte: desde hace 35 años está como si le hubiera caído la bomba atómica. en Semana.com

Sin embargo, Daniel Samper Ospina (a quien llamaremos Junior para darle más color a esta nota), ha tenido un desarrollo personal bastante diferente al de Benjamín Herrera, actor encargado de encarnar el perfil ficticio del columniasta en el autoretrato familiar de Samper Pizano. La comparación narra con elocuencia algunas realidades nacionales, pues casi como un retrato que se rehusa a permanecer escondido envejeciendo en un desván, Benjamín poco a poco empieza a encarnar la realidad de aquella clase media que retrataba la serie, mientras que Junior cada vez más parece una versión cómica y desdibujada de Hug Hefner, y como cualquier otra adaptación destila patetismo por cada poro. No cuesta mucho trabajo imaginarlo, con la misma actitud de niño play del moderno que estampa en sus columnas, masturbándose con sus amiguitos en las oficinas de la empresa ante las imágenes inéditas de una de las muchas niñas que empelotan para la revista.

Uno de los elementos trágicos de Junior, es no darse cuenta que llegó una generación tarde para deleitar al pueblo con su sátira e ironía. No por su padre, aclaro, sino por su tío, capaz de sostener frente al país entero que los dineros sucios se manejaron a sus espaldas. ¡Qué familia más ocurrente, y qué encanto de humor negro el que manejan! Como bien dice Antonio Caballero en el mismo catalogo familiar, a nadie se le puede juzgar por lo que hagan sus familiares, y no es esa la intención de esta crítica, sino lo estúpido que resulta el humor negro por sí mismo. Junior acaba por parecerse a su tío (incluso físicamente llevan el mismo semblante que recuerda una morcillita rechoncha y con tripa semi transparente y con la tímida calva que parece piola chamuscada), pues su padre no sólo supo identificar escenarios para sus escritos y se ganó la papita de Ramoncito con un trabajo periodístico tan serio como el de Ramiro Asprilla en la serie, sino que además refinó su pluma y la ficción en diferentes ámbitos, como El Impávido coloso. Adicionalmente, con sus hábiles observaciones sobre la idiosincracia colombiana básicamente construyó el público para una revista que de lo contrario sería solamente material de reciclaje, no lo opuesto, como Junior, que comenta sus chistes montadorcitos en uno de los pocos espacios para reflexión editorial de nuestra patria.



Sobre Benjamín Herrera en una entrevista de la perla editorial Tv y novelas:

Viene de una familia numerosa, compuesta por sus padres y ocho hermanos; él es el segundo de cuatro hombres, terminó bachillerato y desde los 16 comenzó a beber. Salió de Dejémonos de vainas por incumplir horarios y faltar a grabaciones; un día, para sorpresa suya, leyó un libreto donde decía que Ramoncito se iba de viaje. Ya lo presentía, pero los amigos y las cosas que lo rodeaban le parecieron más emocionantes que su trabajo. Además, tenía ahorros y creyó que nada le faltaría: «Creo que es una época por la que todos pasamos. Tenía fama y sin darme cuenta el alcohol se volvió social. A cualquier parte donde iba me recibían con trago y la verdad es que empecé sin pensarlo. La rumba comenzaba los viernes, continuaba los domingos y seguía y seguía y seguía…» en: TvyNovelas.com


La entrevista retrata y pone en contexto la vida de Junior, dada la idiosincracia nacional: el triunfalismo criollo, como la farándula. En últimas, Junior es uno de muchos, comparable en su vida superflua y de tabloide con la de Daniela en Padres e hijos, y cada vez que abre la boca es para rebuznar, como el resto del pueblo, una de las pocas respuestas que hemos tenido como sociedad frente al fenómeno del narcotráfico y la política corrupta: la crítica estética y clasista. Esa misma impregnada Soho desde que pasaron por ahí sus horribles narizotas, y la misma con que despilfarra un espacio incomparable (así como talento) para buen trabajo periodístico.



Tomás sostiene que en Colombia hay un relato literario recurrente en la historia, el mismo libro reencauchado una y otra vez en cada generación, sobre la vida de un privilegiado entre la pobreza de los platanales: Sin remedio, de Antonio Caballero, Los elegidos, del máximo rufián y sin vergüenza López Michelsen, entre otros. Tal vez Junior algún día nos deleite con su versión autobiográfica y cómica. Tal vez nunca produzca algo más osado que las columnas de sátira social. Sin embargo, estaría bien que siguiera los pasos de su sombra existencial, Benjamín Herrera, y se dejara de pavonear como un ave en cortejo en la alta sociedad bogotana (o sea, jugar a rico entre los pobres) para investigar, y hacer algo del talento y apellido que ha recibido, porque claro, esto no es París ni Roma, pero decirlo no es cosa nueva.

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