La dieta de la felicidad

Hace unas semanas, en medio de una charla con mi supervisor, acabamos como siempre: por las tangentes. En torno a un reciente artículo publicado en The Atlantic acerca de la felicidad, él decía (sin leerlo, yo tuve la osadía de recomendarle una lectura) que según su intuición debía funcionar de una manera muy similar a la obesidad.

Como muchos de sus comentarios, tuve que seguir las enseñanzas de Condorito y exigir una explicación. Él es un personaje grande, muy grande, bonachón, y de increíble rapidez mental.

Sucede que hay personas, científicos, dedicadas a indagar sobre la obesidad. Mejor aún, se preguntan si hay un método para bajar de peso. Un conjunto de comportamientos que compartan todas las personas que bajan de peso, y se mantienen. Sucede además, y como es de imaginarse, que cada persona tiene su manera diferente. Unos ejercitan, otros bailan. Unos con dieta de calidad y otros con dieta de cantidad. Tomás, por ejemplo, tuvo a bien concluir que para reducir moderadamente su volumen iba a comer un día sí, un día no.

Lo más curioso del asunto, e interrogante que deseo plantear a manera de formulación teórica científica, es que Tomás fue justamente la persona que recomendó el texto de la felicidad en primera instancia. Uno solo de los muchos hábitos que le han modificado en el lavado de cerebro de la nueva secta a la que pertenece, para darse una idea, es que ha dejado el cigarrillo (noble gesta). También quiere montar su propia comunidad religiosa.

La pregunta es, ¿cuál será la dieta de la comunidad religiosa de Tomás para la iluminación divina? ¿Se parecen, como sugiere la hipótesis de mi supervisor, la felicidad y la obesidad (además de la rima, claro)?

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Textos del tintero: Crónicas Marcianas: Directo Cartago-La Sucursal

He decidido honrar el proceso creativo publicando esos textos que, por una llamada, cerveza, pensamiento obra y omisión, quedan en un limbo tinterillo. Se preguntará el amable y perspicaz lector de supercontra si no es eso lo que son justamente la totalidad de las entradas. Aunque sutiles, hay diferencias.

Por el cauce del río Cauca (que también Norte del Valle llaman), anda y anda un pobre pueblo sin timonel. Los monumentos fálicos construidos por beneficiarios de la Pacha Mama que remedan las pirámides egipcias, otrora opulentos e imponentes, hoy son fiel reflejo de la pálida historia de nuestro país.

Al igual que el comercial de Prismacolor en que un tigre pierde su color, los leones de la discoteca-residencia Keops en Cartago parecen salidos de un zoológico y no de la imponente sabana ecuatorial. Pero el rey de la selva no encarna sólo la historia de nuestro país: además de los hipopótamos de Pablo y el ya clásico "¿qué hacemos con esto?" de las autoridades nacionales, la contraparte de los felinos en el recinto piramidal son unas bolas de discoteca, que en sus años mozos contaban con un sistema eléctrico que las bajaba en medio de la pista de baile (ahora son más estáticas que gobierno latinoamericano), y una pared con pantallas de televisión que naturalmente no prenden.

El declive de la recinto marcó también el surgimiento de la competencia que atestaría el golpe de gracia, según las fuentes del lugar, por lo cual se vieron obligados a diversificar en sus ofertas. Nótese que hablo del epítome de las discotecas de narcotraficantes, aunque parezca que se habla del Congreso o del DAS. La solución fue abrir los domingos para abordar aquel nicho al que nadie se dirigía, y por supuesto, el pueblo hizo lo que nuestra gente mejor sabe hacer: bailar. Junto al traqueto y junto al pobre, y tanto en el apogeo de u
na disco como en la segunda generación. El lugar, a eso de las 11, se empieza a llenar.

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