Vacuna contra la glotonería (y otros males del primer mundo)

Además de sorprender al mundo con sus recientes noticias de matrimonio, nuestra querida Carolina suena en los circuitos más exclusivos de las celebridades de internet con su proyecto de grado. O bueno, el proyecto de ustedes, porque como la señorita anda tan ocupada en su vida cosmopolita, ha decidido hacer un concurso de proyectos como tesis de grado.

- ¡Maldita! -seguro pensaron todos - ¿Cómo no se me ocurrió a mí hacer eso de tesis?

De cualquier forma, dx1w (o Design For the First World) resulta una idea mucho más ingeniosa que no tener que hacer uno mismo la tesis. Es un cuestionamiento de raíz a...bueno, al mundo y al Universo, y a todo lo que se conoce, porque todo se conoce precisamente desde estas latitudes.



El ejercicio consiste en parodiar las mujeres agraciadas de las sociedades más pudientes, que en mentalidad de Ché Guevara andan por el mundo dando abrazos y adoptando niños con VIH.

"¡Qué obra tan humana!", encabezan los tabloides. Pero no el de Carolina. Esta hija de los suburbios bogotanos no quedará tranquila hasta darle al primer mundo una dosis de su propia medicina. ¿Vacuna Gates para la malaria? Qué tal una contra los chitos o las comidas congeladas, propone Carolina.

Como con cualquier persona cercana, los ciclos de vida están estrechamente relacionados por vínculos cósmicos (o esa es la manera como los seres humanos elegimos verlo). En general, cualquier momento en la historia seguramente le parece crítico a sus actores, pero por lo mismo creo que todos sentimos cosas muy similares sobre nuestro momento en el tiempo: ¿¡Qué pasó!? ¿En qué punto nos fuimos por el mal camino?

El proyecto de grado de Carolina coincide con los últimos días antes de presentar los exámenes orales, que se entienden como los de candidatura para el doctorado. Hace tiempo escribí un post para supercontra, que al leerlo me hace reír, porque pensaba que me iba a sentir de una manera diferente de cara al comité de lo que vivo en estos días.

A veces siento, tal vez de tanto pensar en los mosquitos de la malaria, que los humanos somos como los insectos que atraídos por la luz y deslumbrados por alguna incandescencia, caminamos hipnotizados, deleitados por la punta del iceberg hacia nuestra tumba. Tal vez unos más rápido que otros, tal vez a veces cambiando de luz, pero todos indudablemente (como el antanismo) siempre en la misma dirección.

No que Cali sea un iceberg, ni mucho menos. Me ilusiona la repatriación, y tengo tantas ganas de poder ver al América cada semana (así vaya en la cola de la tabla). Pero estas etapas de inmigrante, por la ausencia de amigos y familia, aceleran el proceso de echar raíces.

En todo caso, es raro pensar en dejar Estados Unidos después de haber engullido tres años de clases e ignominia en el sistema académico yanqui. Tal parece que estoy listo para regurgitar teorías y hacer campo. Claro, teorías radicales en debates americanos, que quedan un poco descontextualizadas en mi tierra. Sobre todo, acabo esta etapa pensando que vivimos engañados.

Tantas charlas a las que (casi, casi, si no se me hubiera atravesado un cine o la pola) asistí en mis épocas universitarias sobre cómo estudiar en el exterior. Las ganas de mi padre de que hiciera un intercambio. Y bueno, también las mías propias de venir a estudiar con esos profesores que uno lee y ve casi como conceptos y definiciones.

Pero claro, me he estrellado con la realidad, que más parece otra cosa. Así como la antropología colombiana es caracterizada más por el tipo de sociedad donde nace que por debates teóricos (funciona más parecido a un Gun Club que a una disciplina académica), en la estadounidense la cultura del publish or perish (publicar o perecer) acaba por condicionar la experiencia pedagógica.

Por un lado los alumnos superestrella que se aprenden de memoria, absolutamente todo lo que dice el profesor, garantizan exámenes absolutamente homogéneos y muy aburridos de calificar. Jamás pensé decirlo, pero extraño aquel alumno que ante el exceso de parranda elabora una diatriba contra el sistema de la sociedad (oficio que, para mi sorpresa, acá está a cargo de los profesores).

Lo más curioso del tema es que yo he pasado acá ya muchísimo más tiempo del que pasa un alumno yankee promedio en su sitio de trabajo de campo antes de volverse un experto en dicha región. Según la tradición americana, yo sería un norteamericanista autorizado. Pero la tradición, en este punto particular de la historia, es la contramarcha. Por lo menos en antropología. De manera que ahora me dispongo a partir de la hegemonía del postcolonialismo (los evolutivos somos una minoría), a la colonia del postcolonialismo, o sea, la antropología colombiana. Que más allá de periférica, es colonial, porque en últimas todos somos criollos jugando a profesores.

Todo esto para invitarlos a conocer y difundir el proyecto de Carolina: proponer una idea para ayudar al primer mundo con sus problemas fundamentales. Yo lo llevaría un paso más allá, y diría que debemos re-pensar los problemas del primer mundo.

El principal en la antropología estadounidense, creo yo, es la inagotable oferta de expertos hiperespecializados, con un total de 15 meses de experiencia de campo, y que recitan en el mismo dialecto que sus profesores. Pero claro, ni qué decir de los programas colombianos donde se gradúan antropólogos, como yo, sin haber escrito una palabra en su diario de campo. Por donde quiera, un embrollo eso de hacer estudios de la gente. De cualquier forma, yo creo firmemente que a los yanquis les vendría bien un poco menos de seriedad para abordar las cosas. A ver si lo escribo como proyecto para dx1w y me gano mil dólares.

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