Crónicas marcianas: La invisibilidad del antropólogo

- Hay un antropólogo trabajando en Barrancón, pero en tuberculosis, aunque hace rato que no lo veo…

- ¿Adolfo? -pregunta una asistente voluptuosa y suculenta mientras toma nuestros datos con su piel canela -lo acabo de ver en la cafetería.

Por lo menos gozamos de visibilidad con las personas pertinentes los herederos de Gerardo.

- Bueno, doctor, entonces yo voy a cuadrar una reunión con el equipo de vectores y los llamo.


No sé si fue la aparente diligencia para atendernos en medio de una reunión, o si el hecho de llamarnos doctores me dejó fuera de base, pero tuve la osadía de creerle. Craso error, empiezo a pensar que los psicólogos son maestros de la empatía que saben cómo caer en gracia incluso ante malas noticias. En todo caso, sobra decir que la reunión no tuvo lugar. Tampoco Victorino contestó el teléfono en todo el día. Sin embargo, nos topamos con él camino a la Secretaría de Salud y fue justamente él quien nos recomendó hablar con Clitemnestra, su colega. No se le puede acusar de falta de colaboración, siempre está presto a convidar nombres de conocidos en instituciones con sus respectivas referencias. Desconcierta, eso sí, que las reuniones propuestas se posterguen en el tiempo como el consumar del amor con una mujer bonita que canta con ojos seductores, quizás, quizás, quizás…


Entre tanto, una jornada de limpieza de la base de datos del SIVIGILA dio sus primeros frutos. Tras amplias horas de perseguir cuanto error de ortografía puede conllevar el nombre de un resguardo indígena (actividad no despreciable especialmente para nombres en lenguas diferentes al castellano) pudimos observar que el Índice de parasitario anual (API por sus sigla en inglés) es de casi 700, cuando el reportado para departamentos con casos altos de malaria en el país como Chocó es de 30. Especialmente, en 2008 tuvo lugar una epidemia de malaria en San José, que reportó 4523 casos. Ese mismo año, los resguardos de Barrancón (149 habitantes) y La Fuga (353 habitantes) reportaron 103 y 110 casos respectivamente. Es un poco apresurado decir cualquier cosa con estos datos, pero justamente por eso mismo voy a hacerlo: en Barrancón el 2008, 691 por mil habitantes contrajo malaria, mientras que la misma tasa es de 585 para La Fuga.


Técnicamente habría que calcular esos índices con la población en riesgo solamente, según me recordó un colega de la Gran Manzana, lo cual supone medir cuántos charcos tienen larvas del mosquito que transmite la enfermedad. Sin embargo, las precarias situaciones de las comunidades (así como de los métodos cuantitativos en la antropología) son buen material de trabajo para un diario de campo. Entre otras, tengo la idea de que las poblaciones marginales pueden cumplir un papel fundamental en las dinámicas de epidemias, pues actúan como focos de infección para gestar brotes de enfermedades. En los próximos días estaré trabajando en esta hipótesis con una batería de métodos arcaicos, mientras los demás interesados en asuntos similares se preguntan desde sus vidas diarias, "dónde está el antropólogo ese que hace rato no lo veo". Y la respuesta es, naturalmente, en Bogotá, celebrando el matrimonio de una colega, trabajando fuertemente y en nombre de la ciencia por la visibilización de nuestra disciplina.

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