Drowning by numbers: un paseo por la burocracia criolla


Giordano, nuestro contacto de entrada a la comunidad, merece varios volúmenes. Cuenta con una edad ambigua, sé que tiene algunas hijas que rondan mi edad, pero la de él podría estar en un rango de 20 años. Ha tomado cursos en temas variados como negocios orgánicos, seguridad privada e ingeniería de petróleos. Hace unos días enseñó en una maloka cómo hacer mermelada (quedó buenísima), y puede hablar sobre botánica en latín o jiw a la par de cualquier experto. Es una especie de McGyver que ha empleado todo su tiempo para aprender cosas útiles.


Antes de venir, tenía la idea de que iba a ser muy complicado empezar a trabajar con las comunidades. A pesar de que todavía estoy muy lejos de contar con un proyecto en curso, creo que las dificultades están muy lejos de las advertencias de colegas, por lo pronto. Por el otro lado, el de la cultura occidental, el asunto ha sido a otro precio. El desconcierto que produce entre burócratas que mi proyecto no esté adscrito a ningún instituto nacional es casi preocupante. Ante la falta de un pasaporte lleno de sellos de oficinas públicas y privadas, los manuales técnicos parecen instruir optar por el protocolo para algún actor armado o para un abogado de la DIAN: el "sí se puede" del estadio, que no se sabe a quién intenta convencer, es eufemismo junto a la actitud del tecnócrata desconcertado, mientras que las instituciones que deben expedir un permiso para la investigación crecen como un virus de computador.


Lo más grave es que en medio de ello se percata uno que no es personal el asunto, todo individuo es merecedor de tan comedida atención. Los recursos del estado apenas llegan por la coladora institucional, para comprar los implementos médicos más básicos es necesario llenar tantos formatos que el poco presupuesto no se ejecuta. Los recursos se atascan como una pepa de durazno, mientras que en el frente de batalla, los puestos de salud son abandonados (e intervenidos por vándalos) en las comunidades.


Peor aún, es oír lo que responde Giordano, que acaba de dar una explicación sucinta y clara de cómo curar la malaria con un té de Palo de hacha:


- Pero, ¿por qué no usan ese té los indígenas?

- ¡Jmmm! No sé -responde con una mueca.

- ¿No saben que existe?

- ¡Claro! Si yo les he dicho…

- ¿Entonces?

- Mano, pereza…


Y yo por años ufanando de ser el campeón de este pecado.


De cualquier forma, las comunidades parecen escapar de esa maraña burocrática que absorbe cualquier institución, hasta no dejarla actuar en aras de su mayor interés. Por supuesto, toda burocracia tiene razón de ser, y en la mayoría de los casos sería peor no tener ninguna en absoluto. Sin embargo, como la seguridad en los aviones posterior a los ataques del 11 de septiembre, pienso que las acciones tomadas (como por ejemplo prohibir los cuchillos) acaban por ser totalmente inútiles con respecto a sus objetivos.


De momento las comunidades solo piensan en el Auto 04, una figura legal que intenta priorizar las comunidades que están en riesgo de desaparecer. En el papel la idea suena bien. Sin embargo, es difícil pensar que superará la fila anterior de buenas intenciones, en que las ayudas prometidas sumergen las comunidades en un asistencialismo profundo que las desarraiga más y más de sus métodos de subsistencia y las acaba de sumir en la pobreza urbana. La mayoría de los esfuerzos acaban por reducirse a repartir mercados sobrevaluados, una vez cada determinado tiempo.


Entre tanto, la presencia de varias instituciones en los resguardos se resume en la figura de Giordano, quien como la navaja de McGyver, cuenta con una personalidad y un conjunto de habilidades para cada actividad. Seguramente de las reuniones con los ministerios en la visita de turno saldrán acciones de vanguardia que dificultarán aún más cualquier interacción con las comunidades. Y al final, será Giordano la persona que las ejecute.




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