Diálogos institucionales

- ¿Ustedes de dónde son? -pregunta Johnson, un colega antropólogo que trabaja con Bienestar.

- Trabajamos con vectores -responde Calvin, un joven e intrépido médico que trabaja en un proyecto del Instituto Nacional de Salud sobre resistencia del Plasmodium falciparum a los antimaláricos.

- ¿Será que ustedes pueden conseguir que vengan a fumigar? Es que las casas de ellos están llenas de cucarachas…

- Realmente nosotros no hacemos eso, las cucarachas no transmiten ninguna enfermedad…


Más allá de los muchos absurdos que pueden surgir de la situación, el campeón de todos es que ninguno de los interlocutores era parte de la comunidad en cuestión. Los Nukak, el mal llamado último pueblo nómada, aguardaban con paciencia dentro de su casa.


Yo recuerdo haber leído en alguno de los artículos que describen los patrones de conducta en las sociedades según el tipo de modo de producción (cazadores-recolectores, agricultores, e industriales), que aquellas sociedades que de alguna manera concebimos como nuestros ancestros en complejidad pasan un tiempo muy inferior al nuestro trabajando, contrario a lo que dicta la intuición. O más bien, gastan menos energía en lo que nosotros, los antropólogos que visitamos, consideramos trabajo.


Lejos de la agitada vida que imaginamos los occidentales al abordar las sociedades con alta movilidad, los Nukak más parecen los indiscutibles ganadores de un concurso de parchar: pasan sus días echados en hamacas, que están dispuestas según específicos arreglos. Arriba, el hombre y debajo su mujer y los bebés de brazos. Al lado, los chicos, y si hubiera, una segunda esposa. Yo siempre había pensado en los cazadores-recolectores como una suerte de individuos apáticos con la innovación, como las personas que se niegan a tener una cuenta de Facebook o a tener un celular. Ellos llevan haciendo resistencia más o menos 15 mil años, desde el desarrollo de la agricultura.


- Cómo no van a rechazar los mosquiteros, -dice Leo, una colorida antropóloga con tantos años de experiencia de campo como todos los profesores de cualquier departamento -si va contra todas las dinámicas sociales de ellos. La mujer debe estar cerca del fogón para atizar el fuego, y el hombre debe poder pasar a la hamaca de la mujer si quiere hacerle el amor. Si el que está en esta hamaca -dice mientras dibuja la disposición de hamacas en una servilleta -quiere sacar las piernas para hablar con el que está debajo, no puede, porque el mosquitero debe estar cerrado. No hay mosquiteros que permitan guindar hamacas de esta manera, una sobre otra. Mejor dicho, sí hay, porque diseñamos unos, pero no se adaptan a lo que pueden y quieren hacer las instituciones, así que siguen repartiendo los mismos de siempre.


Efectivamente, en medio de la charla entre los funcionarios, uno de los delegados de vectores aclaró que ellos habían visitado la comunidad, dejando mosquiteros, e intentado fumigar.


- Los mosquiteros los guardan, -tras preguntarle a la comunidad, sacaron varios de una bolsa -y hace una semana no dejaron fumigar porque dijeron que tenían alimentos en la casa.


Así, como una cucaracha en un tejado de palma, se desvanecen en el aire las políticas institucionales. Y lo peor es que tal es el caso cuando hay funcionarios que en realidad quieren hacer su trabajo, evento más bien raro en las oficinas públicas. Mientras tanto, los Nukak parchan en sus hamacas con la seguridad que parece tener quien lleva años mirando con desdén el desarrollo tecnológico.


- Y tú, ¿te crees muy hippie? Pequeño saltamontes.

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