Metástasis cultural

Tras una breve pausa al trabajo de campo por el Caribe colombiano, que bien podría llamarse United Nations of Parque Tairona, regreso con más energía que nunca a San José, a la espera del primer brote de malaria (y de mi primera experiencia de primera mano en epidemiología de campo). Espero que no se torne en una experiencia de primera mano en el brote de malaria, aunque no estaría de más conocer en carne propia la pena que pasan muchos, y además engrosar las filas de encuestados para mi proyecto. Si los postcoloniales escriben sobre sus experiencias con la enfermedad volúmenes enteros, no veo por qué no podría yo autoencuestarme. Como dice Elías Sevilla-Casas, los antropólogos contemporáneos nos dedicamos a mirarnos el ombligo.


Entre los eventos más destacados, surge nuevamente la movilidad Nukak como elemento clave en las dinámicas de la malaria. El grupo de Aguabonita, donde hubo aproximadamente 4 casos de malaria justo antes de mi llegada, está próximo a regresar tras un breve paso por la vereda La Nueva Primavera, allende de Retorno. Entre más manipulo los datos, más me convenzo de que los Nukak son una población extremadamente vulnerable a la malaria, y que presentan un patrón epidemiológico completamente diferente al de las demás etnias.


En primer lugar, presentan un índice escandalosamente alto: para los pasados 5 años, el más bajo (estimado utilizando la población total del documento de Albeiro Riaño, médico de las Naciones Unidas en San José) fue de 328 por mil habitantes para 2007. Para ponerlo en perspectiva, los años 2003 y 2004 el Índice Parasitario Anual para la Amazonía (que fueron epidémicos) estuvo alrededor de 50 por mil habitantes. Para los años posteriores (2008-2011), el IPA de los Nukak fue 656, 419, 612, y 575 respectivamente.


Esta y otras observaciones durante mis primeros pasos de trabajo de campo me llevaron a formular la hipótesis de que los Nukak son una especie de vectores humanos, que no solo sería de interés humanitario prestarles atención, sino que además es de interés en salud pública realizar un diagnóstico temprano y monitorear sus movimientos en el departamento. Sin embargo, ayer expuse mi hipótesis en el comité de vigilancia y control, y cayó como comentario de juez anticarsimático en reality show. Me llama la atención que los oficiales de salud pública argumentaran que no se podía formular en esos términos porque eso haría que los colonos (ávidos de razones para hacerlo) expulsaran los Nukak de sus tierras.


No deja de resultar paradójico que un antropólogo sea censurado por epidemiólogos sobre lo políticamente correcto, y sobre todo, que lo políticamente correcto vaya en deterimiento de, lo que a mi parecer es, el interés y bienestar del grupo en cuestión. Al igual que los discursos conservacionistas, que según le entiendo a mi colega Carlos del Cairo, acaban por encasillar a los indígenas en lógicas asistencialistas, el discurso de lo políticamente correcto no permite que los Nukak reciban atención especializada que vaya de acuerdo con sus hábitos.


Mientras tanto, ellos siguen deambulando por selvas y asentamientos colonos, cual metástasis, infectando cuanto anofeles se cruza en su camino. Pero si son ellos un símil de metástasis, sin duda alguna, nosotros los occidentales tendríamos que ser una suerte de enfermedad autoinmune.

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