Micronómadas de asfalto

A causa de las cucarachas, las 20 familias Nukak decidieron reubicarse más allá del molino de viento que instaló ACNUR para que tuvieran agua potable (pero el cual ha dejado de funcionar y por el cual la organización ya no responde). Tampoco responden las organizaciones que trabajan con ellos, pues el CRIGUA2, sin consultar a nadie, decidió traer nuevamente a los Nukak a la reserva de Agua Bonita.


El nuevo hogar de los Nukak parece un poco más cercano a lo que deben ser sus costumbres ancestrales. Está en medio de árboles, y todas las construcciones son temporales. Algunos incluso cuentan con techos de hojas de palma, que a los ojos de un antropólogo son mucho más bonitas que los cambuches de plástico de las familias más acomodadas.


Hoy nuevamente estaban de jornada de pesca y cacería los hombres, así que no logramos interactuar más que con algunas mujeres, y con Víctor, un simpático inmigrante de otra etnia que lleva también las banderas del pueblo nómada. Joaquín, el joven líder de la comunidad, vio con buenos ojos el proyecto, y pareció gratamente sorprendido por la sugerencia de que pasaríamos una noche con ellos.


Recogimos dos bolsas de basura no biodegradable, además de explicar la diferencia entre las clases de desechos. Como siempre, la mayoría miraron algo escépticos desde una hamaca, pero quién puede culparlos, también lo haría yo si alguien llegara a decirme cómo ordenar mi cuarto mientras yo intento tomar una siesta.


Posteriormente fuimos a La Granja, el centro de salud donde reportan los casos de malaria, y donde se coordinan los esfuerzos de salud para los Nukak. La promotora me preguntó si había visto una niña enferma, que aparentemente tenía fiebre alta, vómito y diarrea. Al consultar al personal médico del puesto de salud, dijo que los exámenes de sangre indicaban que la niña debía ser llevada al hospital en ambulancia. Los padre de la menor, desafortunadamente, se negaron rotundamente a visitar San José para tal efecto. Mañana estoy en lista para prestar servicio de transporte al pueblo para la pequeña, si es que logremos convencer a sus padres.


De alguna manera, los casos reportados de malaria entre los Nukak parecen tener cierta relación con el núcleo familiar donde están los niños. En primer lugar, es curioso que realmente no se den casos entre los adultos, dado que la población infantil sufre puede llegar a sufrir infecciones repetidas en un lapso de 6 meses (como Yormi) por parásitos distintos (lo que indicaría que no son recaídas). Al parecer, los niños juegan hasta altas horas de la noche, mientras los padres descansan en las malokas, al calor del fuego (lo cual impediría la llegada del mosquito).


Entre tanto, el pequeño grupo que sigue en Barrancón recolectando material para artesanías no se ha reportado. Una de las niñas iba con malaria, y solo completó dos días de tratamiento. Veremos qué pasa a la llegada de ese grupo, que podría llevar la infección al resguardo Jiw, y además contagiar a sus colegas.


Lo cierto parece se que la enfermedad y las plagas siguen motivando la movilidad Nukak. Lo incierto, es cómo será esa movilidad en el contexto periurbano al que son expuestos actualmente, por razones de conflicto armado, y por la corrupción institucional en las organizaciones indígenas que los ven como oportunidad de negocios. Entre tanto, se empiezan a dar casos de dengue entre los Nukak de Calamar, que resulta bastante extraño porque se trata de una enfermedad predominantemente urbana, y que normalmente no afectaba a dicha etnia. Claramente han empezado a movilizarse por circuitos mucho más urbanos.




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