¿Tienen enfermos?



Regresaron los Nukak que se habían ido de Aguabonita, una reserva de la empresa de energía de San José (según entiendo) donde los ubican cuando no pueden deambular por su territorio ancestral. Mejor dicho, constantemente. Cuentan quienes conocen sus costumbres, que en estas épocas (se supone que el invierno debe estar por empezar, pero en cuestiones climáticas ya tampoco se sabe nada) normalmente buscan zonas alejadas porque hay alta productividad en el bosque.


- Siempre se van, pero siempre regresan enfermos. Ellos se enferman allá y luego vienen acá y buscan atención médica -cuenta Marta, la promotora encargada de ellos. Parece diligente, y aunque no parece particularmente indigenista, da la impresión de querer hacer bien su trabajo. Tuvo paciencia para hablar con no solo uno, sino todos los miembros del equipo que ahora componen el pequeño centro de estudios en ecología de la malaria: Alison, carismática y delicada; Ariel, más callada (probablemente porque no es tan fluida en castellano por ahora), de observaciones certeras; Giordano, que sería mi elección de compañero para naufragar, pues es capaz de hacer una bomba atómica con una hoja de palma; y Pablo, que no hace parte del equipo permanente, pero que está de visita para ajustar los métodos que serán usados en Tarapacá.


Es curioso como algunos cuentan que los Nukak buscan tratamiento, como la promotora, mientras que otros, como mi vecino, que vive hace años frente al hospital del pueblo, cuenta cómo lanzan bebés de un lado a otro de la cerca para escapar del cuidado hipocrático en medio de la noche. Si hay algo que tengo claro hasta ahora, es que el pueblo Nukak tendrá dificultades muy serias (y muchas por delante) para encajar en el modelo de salud contemporáneo.


El taller que hicimos hace dos días sobre repelentes naturales (sin duda a cargo de Giordano) no podía haber tenido un paso menos glorioso en la memoria de la etnia. De poco sirvió el mucho énfasis que hice para comunicarles que no debían abrirlo en dos días…si ni siquiera lo guardaron. La abuela, a quien con tanto empeño le dediqué el taller entero, habla poco español, pero hizo la cara universal para comunicar, "ni puta idea" cuando le pregunté por el frasquito que le había dado hace dos días.


- ¿Qué pasó con el repelente? -le pregunté a uno de los hombres, cuando llegaron al campamento.

- Eso no gusta…-dijo uno de ellos.

- Pero, ¿les gusta más que los mosquitos?


Todos rieron desde sus hamacas. Poco importa el repelente, o que la comisión médica prometida (y cuyo trabajo queríamos ver) no hubiera llegado. Los Jiw, de Barrancón, por otro lado, han decidido venir al pueblo y ocupar el coliseo para hacerse oír por las instituciones.


Día húmedo y caluroso. Llueve pausadamente. Otra vez olvidé retirar mis calzoncillos de la cuerda y se mojaron. Tal vez si pongo toda mi ropa allí, como los Nukak, el cambio climático sirva como lavadora automática.


Entre tanto, una conversación con un antropólogo muy cercano a esta etnia resaltó la importancia de las dinámicas epidemiológicas en sus hábitos de movilidad.


- Yo recuerdo que cuando estábamos caminando por el monte y nos encontrábamos otro grupo, la interacción era muy lenta y había unos protocolos muy claros. No nos veíamos, a gritos se preguntaba, ¿quiénes son ustedes? y otras preguntas para identificarse y cuadrar un punto de encuentro por la noche. Una de las preguntas que hacían, para ver si se entablaba contacto, era, ¿tienen enfermos?


La respuesta, que ahora no parece impedir ningún cara a cara, parece haber cambiado con los años: ¿cuántos quiere? Sin embargo, tampoco tengo claro qué respondería yo si ellos fueran quienes me hicieran la pregunta antes de realizar cualquier contacto. Tal vez esa ambigüedad que libra de toda responsabilidad: ¡Defina enfermo!

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