Los niños perdidos


Hoy fue tal vez una de las visitas más cortas y más productivas a Agua Bonita en términos de datos levantados. Finalmente empezamos a hacer observaciones, tras muchas modificaciones del formato para tal efecto.


A nuestra llegada, la mayoría de la gente estaba ausente. Algunos de los miembros del reducto de Barrancón (que se ubicaron en las estructuras viejas, sin hacer caso a la infestación de cucarachas) nos indicaron que casi todos estaban en el pueblo o en las demás malocas.


Tras compartir un rato con ellos, fuimos en busca de la masa. Los pocos presentes estaban, a propósito de la queja del visitante fotógrafo (que no tengo fotos de ellos sino) en la hamaca.


Comenté que había nuevamente mosquitos. Ellos, que antes decían acá no hay mosquitos como quien asegura que su equipo jamás jugará en la segunda división, asintieron en tono de queja. No es frecuente sentir que los Nukak entienden lo que uno intenta comunicarles, a veces porque ellos no parecen tener ganas de entenderlo a uno, y a veces porque no se logra la comunicación a pesar del interés aparente de las dos partes. Hoy, sin embargo, los mosquitos fueron tema inequívoco. ¡Qué molestos! Como los Nule o Samuel Moreno, es algo en lo que todo el mundo parece estar de acuerdo: el mundo estaría mejor sin ellos. Los odiamos y aborrecemos. Salvo Makis, probablemente, que ama a todas las criaturas, a pesar de lo malvadas que puedan resultar. Los reparos que otrora despertaba el repelente natural que intentamos promover entre sus gentes no se vieron hoy. Todos, como si fuera un líquido hidratante, acudieron por un poco de repelente, menos María, quien preparaba un cerdo de monte que había cazado su marido y que tenía cara de manjar de Astérix.


En el bosque sonaban ruidos. Parecía haber bosque limpio en torno a una nueva construcción. Una nueva maloca. ¿Una nueva familia? !No! Los niños, que al igual que la pandilla de Peter Pan, deambulan solos por todos lados. La construcción era verdaderamente impresionante, más para gentes de tan poca edad y pelos en el pescuezo.


Mucho revuelo causó entre ellos la llegada del equipo, así como la salida de las máquinas fotográficas. Decidí prestar la mía a uno de ellos para que tomara un par de fotos, y ¡oh, sorpresa! En pocos minutos la memoria estaba casi llena. Tomaron fotos de cuanto personaje se cruzó por el frente, con particular atención a quienes hacían caras jocosas y exageradas. Buena actividad para compartir un rato con los chicos (mucho más amena que el juego con carbón ardiente que quemó las palmas de mis manos), y muy apropiada para conocernos mejor con el grupo de niños, que harto padece la malaria.


De llegada al pueblo decidimos pasar por un billar que frecuentan los Nukak cuando vienen de visita para ver si podíamos incluir observaciones de algunos cuantos. Efectivamente, para no decepcionar el estereotipo de la frontera, todos copetones y contentos…los hombres. Las mujeres, con cara de querer ir a casa y mal genio, esperando en la acera del frente. Tal parece que hay cosas universales, transculturales, o como diría la Psicología evolutiva, arraigadas en la humanidad desde la edad de piedra:


Por un lado, el afán masculino de cometer torpezas. Por otro, la supervisión femenina expectante y al acecho. Pero sobre todo, la voluntad inequívoca de ambas partes por repetir una y otra vez la misma tragicomedia en conjunto, cantando el himno de la naturaleza humana. La pregunta es, ¿bajo qué código lo pongo en mi formato?


En otras noticias, los días siguen bastante calientes. Ha llovido poco en los últimos días. Estuve muy enfermo, y aunque no encontraron la causa, yo sospecho que fue dengue. Desde hace unos días sigo el hábito de engullir un diente de ajo por la mañana, dicen que es bueno para casi todo, menos para conseguir amigos.

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