de cómo los malayos se tomaron el mundo



Una espesa nube cubre Malasia. No es la bruma paramuna capitalina que cuentan los abuelos, ni la niebla de los bosques de Chipaque. Podría pensarse, a simple vista, que se trata de polución del parque automotor, pues el tráfico de Kuala Lumpur hace ver al trancón bogotano como eufemismo, pero el fenómeno se extiende a las zonas rurales donde no hay congestión vehicular.

Al preguntarle a los nativos, la explicación es simple: en Indonesia, vecino país que otrora me dio posada, prefieren quemar los bosques a talarlos. Acérrimo defensor de la pereza, me encuentro en un debate interno para interpretar el fenómeno, que oscila para mí entre genial y criminal.

De cualquier forma, es fiel ejemplo de algo que me ha sorprendido del sureste asiático en mi segunda visita, y sobre todo, de un lugar donde una pequeña mayoría china lleva las riendas políticas: la epítome del capitalismo salvaje que se ha desarrollado en estas latitudes.

Es muy común oír que los chinos se tomarán el mundo. Sin embargo, no es sino pasear un poco para ver que la observación no es particularmente perspicaz formulada en esos tiempos. Hace rato, por medio de una interpretación del desarrollo que aplasta al individuo, se lo tomaron.

El motivo de mi visita es una conferencia de fotografía, donde una compañía malaya crece con figuras de tres dígitos mientras la industria colapsa en el resto del mundo. No contentos con ello, despliegan una hospitalidad que deja sin aliento incluso a los visitantes de la india, y más aún, se toman el tiempo de socializar y dar las gracias por la visita.

El contraste con occidente es particularmente llamativo tras haber pasado unos días en la Costa Sur de Francia, donde el discreto encanto de los galos (y el resto de Europa) hace sentir como intruso al más optimista turista. 

Mientras la dignidad del viejo continente lleva a sus economías por el desagüe, en Malasia se consigue cualquier servicio a mejor precio y de mejor calidad. La firma fotográfica que visitamos cuenta con equipos que trabajan 24 horas, da un mejor margen de utilidad, y además, ¡son amables! En los hoteles, igualmente, una horda de empleados dispuestos a colaborar, siempre con una sonrisa en el semblante, preceden una explosión gastronómica y de servicios. En Francia, hace unos días, la única empleada de un hotel, gorda y con voz desafinada, se rehusaba a hablar inglés a pesar de habitar un lugar turístico y me regañaba sin reparo ni compostura. Acá en Asia, es todo lo contrario: amabilidad para el turista, y si hay que hacer algo sin reparo que sea, explotar al individuo o quemar el bosque. Y, de paso, dan las gracias. 





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