El mirador




El Cañón del Colorado es un espacio que me pone frente a frente con uno de mis miedos más arraigados: las alturas. Desde pequeño me he sentido incómodo ante la idea de caída libre. Jamás me gustaron las montañas rusas, por ejemplo, tanto por la sensación de vacío como por ver a la salida cómo las personas en tierra firme se tornan cada vez más diminutas. En la casa donde crecimos, los niños solían subir para sus pilatunas a un pino que apenas rebasaba la altura de una casa de dos pisos, aunque en ese momento se veía enorme. Yo, a pesar de ser ágil y poder trepar con facilidad, jamás llegué a ver la punta del árbol, muy a diferencia de Paula, mi hermana menor, que siempre fue mucho más temeraria, quien amablemente me ilustró sobre mi curiosidad sobre la cenit del conjunto:

- Es igual que una rama, como la punta de cualquier palo -dijo sin poner misterio alguno a lo que para mí era una proeza.

Ayer, a causa de un sutil malestar con forma de gripa que por estos días lleva Jimi, anduvimos todo el día de mirador en mirador, sin presión de hacer las duras caminatas que presenta el cañón, y donde han muerto atletas y toda suerte de turistas mal preparados para las temperaturas que oscilan entre los 35 y 45 grados centígrados. Desde cada una de ellas, es inevitable querer tomar una foto. La caída de 1500 metros hasta el río que forjó las majestuosas paredes, sirve como invitación para que todos los visitantes quieran llevar su humanidad a las piedras más pronunciadas sobre el cañón, algunos para tomar la foto de rigor, otros simplemente para observar. Lo único cierto es que los humanos parecemos tener un enorme complejo de Simba, El rey león, que nos llama a la punta de cualquier piedra con forma de trampolín. Los campeones, sin duda alguna, los visitantes chinos, que no solo hacen caso omiso de las advertencias que hay por doquier, como todos los demás visitantes, sino que además escalan las rocas que dan contra los precipicios para tomar toda suerte de fotos jocosas, siempre con cigarrillo en mano, tanto modelos como fotógrafo.

Yo no podía entender lo que decían, pero si tuviera que adivinar sería algo como:

- ¡Mira! Tómame una foto como si me hubiera caído y colgara solo de una mano…
- ¡Listo!
- Ahora, ven, una de los dos juntos, espalda con espalda, empujándonos en equilibrio….
- ¡Listo!

Luego se tornaron sobre mí, y ya en un idioma comprensible dijeron:

- Zu yu wan me to tek pishar?

Nótese que Jimi, a causa de su salud, no hizo la caminata que bajaba unos metros del mirador.

- Yes, thank you -y cautelosamente llegué hasta la plataforma. Tomaron la foto.
- Bo-rin! Zuu somzin! Yamp!
- Jump?
(En coro, todos juntos.)
- Yes! Yamp!

Todo el día había tenido una extraña sensación, como de haber olvidado el cumpleaños de alguien importante. Pero yo suelo olvidar los cumpleaños, por lo cual no tenía razón de ser el sentimiento. Regresando del episodio con los chinos, en medio de la manejada, tuve el momento de epifanía: el 13 de julio, en 2002 murió mi padre. Sin duda alguna, un momento que no solo marcaría el resto de mi vida, sino que además le daría un vuelco.

Antes de entrar en una adolescencia rebelde, donde es inevitable sentir que todo lo que dicen los padres es absurdo, mi papá solía sacarme de mi cobarde zona de confort, empujarme para que hiciera cosas que los demás niños disfrutaban y que yo, por temor, veía desde el costado. Tal vez desde ese momento empezaba a sentir la vocación etnográfica, participando por medio de la observación, y la antropología no es más que la profesionalización de algún tipo de miedo escénico arraigado desde la niñez.

Cada vez que me ponía en una de esas situaciones, yo no podía sino odiarlo con ese odio lleno de amor que siente un hijo por su progenitor. Consciente o no, la primera vez que fui a Disney, tras hacer una fila larguísima en una atracción que le habían recomendado a mi papá, sentí pánico al ver que se trataba de una montaña rusa (para mis estándares). Lloré de cabo a rabo del trencito en la mina, y al final peleé con él.

- Me dijiste mentiras…-le reclamaba, mientras escurrían mocos y lágrimas.
- No hijo, te prometo que no sabía…

En otra ocasión, me quitó un zapato y lo incrustó en lo más alto de la estructura de un columpio. Ante mi llanto de rencor e impotencia, mi hermana Paula me salvó.

Recuerdos que ahora son mi mayor tesoro. Esta va por ti, viejo. ¡Gracias! (aunque todavía me cago del susto.)




El Cañón del Colorado es un espacio que me pone frente a frente con uno de mis miedos más arraigados: las alturas. Desde pequeño me he sentido incómodo ante la idea de caída libre. Jamás me gustaron las montañas rusas, por ejemplo, tanto por la sensación de vacío como por ver a la salida cómo las personas en tierra firme se tornan cada vez más diminutas. En la casa donde crecimos, los niños solían subir para sus pilatunas a un pino que apenas rebasaba la altura de una casa de dos pisos, aunque en ese momento se veía enorme. Yo, a pesar de ser ágil y poder trepar con facilidad, jamás llegué a ver la punta del árbol, muy a diferencia de Paula, mi hermana menor, que siempre fue mucho más temeraria, quien amablemente me ilustró sobre mi curiosidad sobre la cenit del conjunto:

- Es igual que una rama, como la punta de cualquier palo -dijo sin poner misterio alguno a lo que para mí era una proeza.

Ayer, a causa de un sutil malestar con forma de gripa que por estos días lleva Jimi, anduvimos todo el día de mirador en mirador, sin presión de hacer las duras caminatas que presenta el cañón, y donde han muerto atletas y toda suerte de turistas mal preparados para las temperaturas que oscilan entre los 35 y 45 grados centígrados. Desde cada una de ellas, es inevitable querer tomar una foto. La caída de 1500 metros hasta el río que forjó las majestuosas paredes, sirve como invitación para que todos los visitantes quieran llevar su humanidad a las piedras más pronunciadas sobre el cañón, algunos para tomar la foto de rigor, otros simplemente para observar. Lo único cierto es que los humanos parecemos tener un enorme complejo de Simba, El rey león, que nos llama a la punta de cualquier piedra con forma de trampolín. Los campeones, sin duda alguna, los visitantes chinos, que no solo hacen caso omiso de las advertencias que hay por doquier, como todos los demás visitantes, sino que además escalan las rocas que dan contra los precipicios para tomar toda suerte de fotos jocosas, siempre con cigarrillo en mano, tanto modelos como fotógrafo.

Yo no podía entender lo que decían, pero si tuviera que adivinar sería algo como:

- ¡Mira! Tómame una foto como si me hubiera caído y colgara solo de una mano…
- ¡Listo!
- Ahora, ven, una de los dos juntos, espalda con espalda, empujándonos en equilibrio….
- ¡Listo!

Luego se tornaron sobre mí, y ya en un idioma comprensible dijeron:

- Zu yu wan me to tek pishar?

Nótese que Jimi, a causa de su salud, no hizo la caminata que bajaba unos metros del mirador.

- Yes, thank you -y cautelosamente llegué hasta la plataforma. Tomaron la foto.
- Bo-rin! Zuu somzin! Yamp!
- Jump?
(En coro, todos juntos.)
- Yes! Yamp!

Todo el día había tenido una extraña sensación, como de haber olvidado el cumpleaños de alguien importante. Pero yo suelo olvidar los cumpleaños, por lo cual no tenía razón de ser el sentimiento. Regresando del episodio con los chinos, en medio de la manejada, tuve el momento de epifanía: el 13 de julio, en 2002 murió mi padre. Sin duda alguna, un momento que no solo marcaría el resto de mi vida, sino que además le daría un vuelco.

Antes de entrar en una adolescencia rebelde, donde es inevitable sentir que todo lo que dicen los padres es absurdo, mi papá solía sacarme de mi cobarde zona de confort, empujarme para que hiciera cosas que los demás niños disfrutaban y que yo, por temor, veía desde el costado. Tal vez desde ese momento empezaba a sentir la vocación etnográfica, participando por medio de la observación, y la antropología no es más que la profesionalización de algún tipo de miedo escénico arraigado desde la niñez.

Cada vez que me ponía en una de esas situaciones, yo no podía sino odiarlo con ese odio lleno de amor que siente un hijo por su progenitor. Consciente o no, la primera vez que fui a Disney, tras hacer una fila larguísima en una atracción que le habían recomendado a mi papá, sentí pánico al ver que se trataba de una montaña rusa (para mis estándares). Lloré de cabo a rabo del trencito en la mina, y al final peleé con él.

- Me dijiste mentiras…-le reclamaba, mientras escurrían mocos y lágrimas.
- No hijo, te prometo que no sabía…

En otra ocasión, me quitó un zapato y lo incrustó en lo más alto de la estructura de un columpio. Ante mi llanto de rencor e impotencia, mi hermana Paula me salvó.

Recuerdos que ahora son mi mayor tesoro. Esta va por ti, viejo. ¡Gracias! (aunque todavía me cago del susto.)




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