El Valle de la Muerte

Ya no distingo olores ni sabores. Todo huele y sabe a fogata, con un pequeño twist del condimento que Jimi introdujo en abundancia a las lentejas.

Los días en Yosemite acabaron en White Wolf, un campamento en la zona alta del parque. Los vecinos destacados, lo que debió ser un coro de adolescentes. Sospechamos que eran gays, tanto por el repertorio, como por el empeño que le pusieron al canto. Divertidas las primeras 5 canciones, luego ya empezamos a considerar hacer un duelo, y al final de la noche queríamos matarlos (o echarles un oso).

Tanto el coro como nuestro afán de venganza, a causa del efecto Yosemite, fueron apaciguados por la noche. Hasta ahora, todas las noches hemos dormido a la intemperie y en hamacas, algo que ha de disfrutarse en los veranos calientes de estas tierras. Plan sin par para ver estrellas fugaces y demás astros, que ante la falta de ciudades contiguas parecen animarse. Tal vez se apiadan de tantas almas sin entretenimiento.

Sin duda alguna, la noche con el firmamento más memorable la pasamos en Death Valley (El Valle de la Mueeeerte), un desierto que como su nombre lo indica, no es precisamente un punto de encuentro. Noche de estrellas fugaces sin par. Cada vuelta que daba intentando conciliar sueño, entre tantas dudas existenciales y pidiéndole a gritos (mentales) señales a la vida, zuaz! Una estrella fugaz. Debo hacer esto? Zuaz! O aquello? Zuaz! Conclusión: al Universo no le importa.

Tras la noche de guiños confusos del universo, atravesamos el Valle de la muerte, depresión submarina (o como quiera que se denomine tal accidente geográfico) hasta llegar a Zabriskie Point. Impresionantes las dunas de mil colores, pero sobre todo, las temperaturas que marcan sobre los 100 grados Fahrenheit a las 9 de la mañana. Según los carteles locales, el lugar más caliente de la tierra, aunque con los marcianos que habitan estas tierras más vale tomar cualquier dato con escepticismo.

De momento vemos desde una ventana de hotel cómo arden las montañas de Nevada, marcando nuestro camino hacia los parques nacionales de Utah. Las temperaturas extremas me han llevado, incluso y a pesar de mi resistencia por tecnologías de esa índole, a usar el aire acondicionado.

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