Mi amigo el marciano

Tras seis años entre marcianos, verlos en condiciones similares a las de las comunidades indígenas que estudié como antropólogo durante el doctorado me ha hecho recapitular mi inmersión cultural. El tiempo que he durado acá, con los breves intermedios que significaron Cali y Guaviare, me hizo caer en cuenta que la caracterización del marciano promedio es tan equivocada como asumir que los latinos bailan samba y hablan mejicano.

En este viaje, al recorrer los inmensos paisajes donde cada parque nacional puede fácilmente ser del tamaño de un departamento colombiano, se hace evidente que la diversidad ecológica y geográfica sin par es fiel reflejo de la diversidad cultural que existe en el pseudoimperio. La capital, por ejemplo, cuenta con iglesias de tantas denominaciones, que los horizontes de tejados se asemejan a Jerusalem, donde cada emblema religioso se alza para denotar la cacofonía de credos y relatos que reflejan la falta de unidad. Si bien es cierto que este país se ha construido en torno a la diversidad, cada momento de su historia se ha caracterizado por la discriminación de los inmigrantes de momento. Y la discriminación racial, que a pesar de prohibir el uso de palabras denigrantes, sigue tan a flor de piel como en nuestra sociedad, con la salvedad de que acá no se pueden hacer chistes que en Colombia serían tema para romper el hielo en un coctel.

Como latino, por supuesto, he vivido en una posición que condiciona mi experiencia. Esa fuerza invisible y subhumana que es el motor de la industria estadounidense, la poca que no han relegado a los sweatshops asiáticos, y que constituye una esclavitud funcional, o un apartheid.

Hace poco circuló por internet un video que relata la experiencia, un experimento de periodismo investigativo donde repetían el mismo escenario con dos individuos diferentes: un individuo intentando liberar una bicicleta de su seguro por medio de pinzas, ganzúas y demás. Uno de los individuos era de fenotipo caucásico, mientras que el segundo emanaba latineidad por cada poro. Los resultados no podrían ser más elocuentes. El primero pasó inadvertido, o incluso llegó casi al punto de recibir ayuda de los transeúntes. El segundo, con las mismas vestimentas, empezó a recibir recriminaciones antes incluso de empezar a forzar el seguro.

El mecanismo para mantener la diversidad cultural que ha encontrado esta cultura es sin lugar a dudas lo políticamente correcto. La defensa obsesiva y a ultranza del espacio personal. En las zonas de camping se ve claramente, donde vecinos conviven haciendo caso omiso de los humanos que tienen a su alrededor. Ni una sonrisa, ni una mirada, ni una tacita de azúcar.

Lo que llama mi atención es la manera como se resquebraja esa pequeña baba que mantiene unida la fibra social cuando el interlocutor es inmigrante. En pocas palabras, el respeto por el espacio privado es un privilegio unidireccional dado por la antigüedad de los ancestros en este país. Y los latinos somos los más recientes. Al igual que un costurero en que las mujeres de la alta sociedad discuten y deciden si la empleada de servicio debe continuar o no en su relación amorosa, los marcianos no tienen problema en salir de su espacio de confort para comentar la política, hacer un chiste de la coca o Pablo Escobar.

Por supuesto, ante la diversidad de este país, resulta imposible generalizar y decir que todos se comportan así. Hay marcianos que extienden su respeto al espacio ajeno incluso a nosotros los inmigrantes, nos presentan sus familias, y en ocasiones saben más sobre nuestras culturas que nosotros mismos. Por ejemplo, yo tuve que venir a este país para conocer los primeros hablantes no nativos de quechua, incluso a pesar de que en Colombia se habla un dialecto en la frontera con Ecuador. ¿Cómo honrar el respeto de esos pocos pero admirables marcianos amigos? Tal vez empezar por no juzgarlos, cual transeúnte en experimento, y asumir que esta cultura no tiene nada por enseñar.

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