Por las montañas del Gran Cañón




Tras recorrer buena parte de California, Nevada, Utah y Arizona, he empezado a desarrollar cierto complejo de personaje de Sergio Leone. Y es que resulta imposible no sentirse parte de un western ante los épicos paisajes que parecen escenografía de un estudio con alto presupuesto. No sé por qué el genero, como tantas otras cosas de esta cultura, acabó por exportarse a Europa, donde el género fue, según los entendidos, reinventado. Sin duda alguna, uno de los logros más simbólicos de Tarantino es haber recuperado para los estadounidenses el espagueti western (que en realidad nunca fue de ellos). 

Los periplos de Blondie y sus secuaces guardan ciertas semejanzas con nuestras desventuras por los parques nacionales. En primer lugar, tras once días de dialogar sobre lo humano y lo divino, sobre política y religión, mujeres, sexo, fútbol, la mente humana empieza a entrar en lo que llaman los ingenieros de sistemas un stack overflow. El pantallazo azul, donde por ratos que se prolongan en horas no musitamos palabra, no por hostilidad (aunque también se ha dado en sus justas proporciones), sino porque existe un trance colectivo en que uno se comunica casi por telepatía. Y sin embargo, el andar congregados, como si Jimmy llevase una parte de la clave para encontrar el tesoro que complementa alguna otra pista que yo tengo, no se pone en duda. Afortunadamente, eso sí, no andamos con armas de fuego, pues podría ser otra la historia. Ayer, por ejemplo, peleamos por una cáscara de banano. 

Al igual que el bueno y el feo (decidirá el amable lector a cuál le cae cada sobrenombre), podríamos toparnos con la guerra civil, con un general que desea volar un puente, con una comunidad que es abusada por bandidos, pero nada de eso nos desviaría de nuestro objetivo, que dicho sea de paso, ni nosotros tenemos claro. El micromundo de los paseos, donde el tiempo se dilata al interior de Dromedario, solo se interpone con la realidad externa en la medida en que caemos rendidos y estupefactos ante la inmensidad de los paisajes. 

Ayer, en pleno Cañón del Colorado (que toma su nombre del río Colorado, no del estado, pues estamos en Arizona), donde tuvo lugar el incidente del banano, las diferencias fueron pocas ante la majestuosidad. Los paisajes, curiosamente, evocan lo más similar que existe en mi memoria: las tiras cómicas de El coyote y el correcaminos. Y a falta de productos Acme, contamos con una amplia gama de elementos para camping marca REI, que nos permite sobrevivir en cualquier terreno.

Así pues, desde algún rincón de Arizona, el bueno y el feo cabalgan cargados de productos cuasi-Acme. Hoy el orden del día incluye una caminata por el cañón (que espero sea menos acontecida que en las tiras de la Warner), y tomar la decisión de nuestra próxima parada. Sedona, un poblado nueva era un poco al sur de nuestro actual paradero ha sido ampliamente recomendado, pero tal vez ello nos desvíe de nuestro propósito más inmediato de llegar a Colorado, que según entiendo también es un lugar abierto a las influencias cósmicas. Lo único cierto es que necesitamos interactuar con otros seres humanos, porque estamos cerca de empezar a hablar con los pájaros carpinteros. 


De resaltar la fauna que nos hemos topado: venados, por doquier, al punto que empiezo a verlos como los pintan en las clases de epidemiología ecológica, como plaga que esparce enfermedades de un lado para otro. Dos coyotes cachorros, definitivamente el premio absoluto del paseo. Y finalmente, un alce como el de la serie Hannibal, que impávido posó para las cámaras en la entrada de un camping.

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