El camino hacia Aposentos Tuta (o de cómo todo tiene su final)

El próximo jueves (en un par de días) vuelo a Colombia después de seis años en el desdibujado imperio. El camino que empezó como una ilusión de desarrollar mis estudios doctorales acaba en un final anticlimático: regreso a mi tierra siguiendo el ejemplo no de Lucho Herrera o Falcao, dejando en alto las banderas que heredamos de los próceres, sino por el contrario, el legado de Josefa en Dejémonos de Vainas. En un arranque de intuición, empaqué mis chiros, no cogí mis chinos porque no tengo, y me largo para una urbe caótica que más parece Aposentos Tuta que la antigua Atenas latinoamericana.

La inteligencia gástrica, o "gut feeling" que llaman en estas tierras, es tan poderosa que al leer lo que escribí al llegar a Stanford no tiene sino poder divinatorio. Al igual que los hipopótamos machos que migran por el polucionado y violento Río Magdalena, mi travesía ha llegado a un Mar Caribe muy diferente al que siempre había pensado. Sin tesis, trabajo ni proyecto de vida convincente, saltaré al inmenso vacío que supone la caótica Bogotá del Siglo XXI. O tal vez desde Anapoima.

El viaje que emprendimos con Jimi, que yo esperaba tuviera propiedades místicas, acaba en la capital del mundo. Si bien la primera parte tuvo un tono de conexión con la naturaleza, la segunda mitad fue de reencuentro con viejas amistades, muchas de las cuales estaban más allá de la graduación del doctorado. Todos, sin excepción, hablan como seguro lo hace un hombre adulto que recuerda la iniciación donde les cercenan el prepucio:

- Qué va, hombre, eso no es grave.
- Una vez lo acabas, ya está.
- Es más fácil de lo que parece.
- Es la puerta a una vida adulta, todo se ve más claro después de pasarlo.

Estas voces vienen desde los rincones más recónditos del Noreste estadounidense. Alejandro Vélez, un biólogo que nos dio posada en Lafayette, donde cursa su posdoctorado en neurociencias de los pájaros. Dominic, un antiguo compañero de casa en California, que ahora tiene un puesto distinguido en Chicago. Y Ellerie (una exnovia de Tomás) que cuenta sin lugar a dudas con el mejor trasero que se ha visto en este y los tres siguientes universos, que empieza con un puesto de profesora en Houston en contados meses.

Yo no puedo evitar pensar ante los partes de tranquilidad:

- ¡Claro! Como no son ustedes los que van a poner su verga a merced de un comité, todo parece fácil...pero, ¿qué coños pasa si se les va la mano? Casos se han visto. Lo único cierto, es que como cualquier rito de paso, el doctorado parece desatar la crueldad humana. Tal vez lo importante del proceso sea el sufrimiento, que conlleva a algún tipo de crecimiento espiritual y madurez. Supongo, en últimas, que debo pensar en tono de consuelo que hay ritos más brutales, y dar gracias de no haber nacido en culturas donde las cosas son a otro precio.





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