50 tonos de maíz




No es solo porque estoy en ácidos, pero creo que he descubierto el plan maestro para dominar el mundo de los estadounidenses. Las largas antenas que se yerguen de los campos de maíz hacia el infinito (y que por las noches iluminan como pista de aterrizaje) y los extensos cultivos de no son más que las herramientas para abrir un portal intergaláctico. Ayer, en medio de un parque de diversiones acuáticas, decidimos darle buen uso al elemento psicoactivo que hace  meses heredé de Malu, el oráculo californiano. Dicen que la dosis es de vital importancia para la experiencia. La nuestra fue lamber hasta la última gota de una navaja que se encontró Jimi en el camino, tras cortar el recipiente con ella misma. Ni una más, ni una menos, apenas lo justo.

En cuestión de minutos nos encontrábamos flotando plácidamente entre piscinas de olas y toboganes que parecían un gran sanitario. ¡Flush! Los cuerpos deformes del campesinado marciano, lejos de producir un Nairo Quintana, exacerbaron la experiencia. Si quieren pruebas de que hay vida en otros planetas, no tiene uno sino que venir a Iowa, comerse un ácido, y darse cuenta. Hace rato conviven entre nosotros. 

En el plano sideral, un desfile de nubes con formas de dragones y Ganesha cabalgaban sobre nuestras cabezas. Y lo más inverosímil es que nadie más se percataba. El desfile de deidades, poco a poco, derivó en tormenta y nos tocó salir del parque "Los Island", que dicho sea de paso, tenía un nombre muy bien puesto.

Para escampar, dejamos la autopista y buscamos refugio en Gilbertville, donde pasado el ciclón, se abrió el cielo en un destello de colores y sabores. Nubes con sabor a caramelo, con las que ni Willy Wonka habría soñado. Y un arco iris completo y que parecía encender en llamas los cultivos. 

En un restaurante, asadero de familia atendido por sus dueños (hombre y mujer, más un hijo por cada año de matrimonio) departimos un rato con locales, aunque la interacción no fue muy articulada. Muy a pesar de mis aclaraciones de no comer lácteos, la hamburguesa con triple carne llegó cargada de queso; no así el anillo de cebolla que me compartió de su propio plato el dueño, sobre el cual hizo la aclaración que tenía huevo, por si acaso.

A diferencia de Nebraska, donde muy a pesar de las intenciones, Jimi durmió todo el camino, Iowa le brinda al transeúnte la posibilidad de estar muy cerca de un portal intergaláctico. Al igual que la prostituta de un puerto, tal vez no tenga uno la posibilidad de viajar al cosmos, pero por lo menos se pueden oír historias de otros mundos. Lo cierto es que a pesar de ser sólo maíz, hay diferencias radicales entre Iowa y Nebraska. 



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Colorado

Llegar a Boulder con la idea de tomar un descanso de dormir en carpa y el aire libre es una especie de contradicción. Todo Colorado (o más bien los pocos centros poblados en la mitad de la inmensidad) son conocidos porque sus habitantes practican toda clase de deportes extremos. En un fin de semana, una persona puede fácilmente saltar desde un helicóptero para esquiar nieve virgen, navegar los rápidos de algún cauce glacial, escalar una de las múltiples montañas de roca sólida que ofrece el paisaje, o sencillamente correr de un lado para otro como Forest Gump. Mi tipo de lugar, como podrán imaginar. Eso sí, los habitantes que no tenían las extremidades rotas, gozaban de cuerpos esbeltos y saludables. En California conocí un aspecto sobre mí mismo: me gustan las jipis, más que el jipismo. En Colorado, de manera similar, pude ver que me gustan las deportistas extremas, más que arriesgar mi vida por un poco de adrenalina.

A pesar de ser el escenario de buena parte de los ataques de locura donde un adolescente armado hasta los dientes mata cuanto inocente se le cruza, la gente de Colorado fue lo más amable que hemos encontrado en el camino. Todos, ante nuestro acento, preguntaban de dónde somos y nos conversaban un rato. El más destacado, sin duda, un ser agitado y lleno de tics nerviosos, con pelo largo, liso y desteñido que se sentó al lado nuestro en Starbucks.

- Is this your pen? -preguntó sobre un esfero que había en la mesa.
- No, it is yours now! -repusimos nosotros.
- No way! I´ve been in jail, I´m not touching anything that isn´t mine. Unless it was alcohol, then I would drink it no problem, because, you can´t let alcohol go to waste.

Después de charlar un rato, que incluyó un cruce de halagos sobre el nombre de Jimi y el tatuaje de Jimi Hendrix que nuestro interlocutor llevaba en el hombro, llegó otro exconvicto a departir con nosotros. Nos despedimos después de compartir unos minutos muy amenos.

Nuestra visita además fue amenizada por una vieja conocida mía, de nombre Susana. Susanita, hija de unos amigos de mis padres, creció en Florida y yo apenas la veía esporádicamente cuando ella iba de vacaciones a Colombia. Siempre me pregunté cuando chico por qué mi padre tenía tan pocos amigos, de manera que su familia siempre fue muy cercana, y yo siempre pensé en ella como una especie de prima menor. Todo, claro, hasta llegar a Colorado, y ver una mujer despampanante, con una peligrosa mezcla de coquetería latina con seguridad estadounidense.

Tras completar casi la mitad de nuestro viaje, por primera vez entramos en la estúpida dinámica que despierta en los cerebros masculinos la presencia de una mujer cuya atención es el objetivo: la pequeña y latente competencia en cualquier comentario, en los dardos (donde Jimi, como buen hincha de millonarios, ganó a pesar de no merecerlo) y en cualquier otra cosa que sirviera para esclarecer cuál de los dos era el mejor. A pesar, claro, de que Susana tiene novio y la mayoría de sus invitaciones eran para verlo tocar en un concierto o cosas similares.

Nos despedimos de Colorado con la nostalgia de un soldado que se va para la guerra. Fueron unos días fantásticos, a pesar de que casi nos vamos a los puños en dos ocasiones.

Ahora estamos en Nebraska, estado que Jimi quería conocer porque Penny, de la serie Big Bang Theory, es oriunda de Omaha. Todas las personas que hemos conocido en el camino han insistido que no hay nada que hacer desde acá hasta Chicago, que lo mejor que podemos hacer es manejar todo lo posible y pasar este pedazo de país rápido. Pero Jimi no se da por vencido. Quiere encontrarle el lado positivo a Nebraska, muy a pesar del hotel de mala muerte donde escribo estas líneas, y al apestoso hedor a boñiga acumulada que emana (casi todo) el estado.

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La leyenda de Moab

En pleno país de los mormones, donde es un pecado capital beber alcohol, hay un pequeño caserío de nombre Moab donde habitan jipis y entusiastas de los deportes extremos. Una pequeña comunidad que en medio del desierto, y junto al parque natural Arches y sus impresionantes rocas escalables, intenta ser una especie de oasis social. A primera vista es un lugar paradisiaco, donde  los deportistas extremos, todos muy esbeltos, pasean sus sonrisas con gracia por el pueblo. Pudimos asistir a una reunión social con motivo de recaudar fondos para una organización que presta herramientas a quien desee incursionar en el famoso "do-it-yourself" tan arraigado en esta cultura, y que tanta fuerza toma entre las poblaciones Nueva Era.

Aunque el ambientalismo espiritual tiene su tinte dogmático, resulta fácil elegir entre eso y los mormones. No puedo decir a ciencia cierta por qué, si los dos promulgan la abstinencia de las drogas y el alcohol, e incluso en el mormonismo requiere aumentar la progenie, pero definitivamente fue una parada donde nos quisimos quedar más. Acampar en el desierto es interesante, las dunas son cómodas para dormir (más aún porque mi colchón de camping se pinchó), salvo por los mosquitos más molestos que el jején, que atacan con los primeros rayos de sol en audición para ver cuál rompe más rápido el sueño del durmiente.

De resaltar las historias novelescas de la prefectura que se publican en el diario local:

1. La vaca del señor Jones fue vista en la carretera.
2. El director de los bomberos, hijo del director de la policía, asaltó con arma blanca a su propio padre ya que este tenía un romance con su esposa. Mejor dicho, el suegro y la nuera hacían de las suyas.
3. Una profesora de preescolar tuvo un romance con una alumna menor de edad. Pagó su pasión con cárcel, hubo suidicios por doquier en la familia de la víctima, y ahora la exprofesora trabaja bajo identidad clandestina en un bar.

Todo eso en apenas dos días, que incluyeron escalar, una actividad que no realizaba hace más de 10 años. El tiempo pasa, y más rápido para escalador que para la roca.

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El mirador




El Cañón del Colorado es un espacio que me pone frente a frente con uno de mis miedos más arraigados: las alturas. Desde pequeño me he sentido incómodo ante la idea de caída libre. Jamás me gustaron las montañas rusas, por ejemplo, tanto por la sensación de vacío como por ver a la salida cómo las personas en tierra firme se tornan cada vez más diminutas. En la casa donde crecimos, los niños solían subir para sus pilatunas a un pino que apenas rebasaba la altura de una casa de dos pisos, aunque en ese momento se veía enorme. Yo, a pesar de ser ágil y poder trepar con facilidad, jamás llegué a ver la punta del árbol, muy a diferencia de Paula, mi hermana menor, que siempre fue mucho más temeraria, quien amablemente me ilustró sobre mi curiosidad sobre la cenit del conjunto:

- Es igual que una rama, como la punta de cualquier palo -dijo sin poner misterio alguno a lo que para mí era una proeza.

Ayer, a causa de un sutil malestar con forma de gripa que por estos días lleva Jimi, anduvimos todo el día de mirador en mirador, sin presión de hacer las duras caminatas que presenta el cañón, y donde han muerto atletas y toda suerte de turistas mal preparados para las temperaturas que oscilan entre los 35 y 45 grados centígrados. Desde cada una de ellas, es inevitable querer tomar una foto. La caída de 1500 metros hasta el río que forjó las majestuosas paredes, sirve como invitación para que todos los visitantes quieran llevar su humanidad a las piedras más pronunciadas sobre el cañón, algunos para tomar la foto de rigor, otros simplemente para observar. Lo único cierto es que los humanos parecemos tener un enorme complejo de Simba, El rey león, que nos llama a la punta de cualquier piedra con forma de trampolín. Los campeones, sin duda alguna, los visitantes chinos, que no solo hacen caso omiso de las advertencias que hay por doquier, como todos los demás visitantes, sino que además escalan las rocas que dan contra los precipicios para tomar toda suerte de fotos jocosas, siempre con cigarrillo en mano, tanto modelos como fotógrafo.

Yo no podía entender lo que decían, pero si tuviera que adivinar sería algo como:

- ¡Mira! Tómame una foto como si me hubiera caído y colgara solo de una mano…
- ¡Listo!
- Ahora, ven, una de los dos juntos, espalda con espalda, empujándonos en equilibrio….
- ¡Listo!

Luego se tornaron sobre mí, y ya en un idioma comprensible dijeron:

- Zu yu wan me to tek pishar?

Nótese que Jimi, a causa de su salud, no hizo la caminata que bajaba unos metros del mirador.

- Yes, thank you -y cautelosamente llegué hasta la plataforma. Tomaron la foto.
- Bo-rin! Zuu somzin! Yamp!
- Jump?
(En coro, todos juntos.)
- Yes! Yamp!

Todo el día había tenido una extraña sensación, como de haber olvidado el cumpleaños de alguien importante. Pero yo suelo olvidar los cumpleaños, por lo cual no tenía razón de ser el sentimiento. Regresando del episodio con los chinos, en medio de la manejada, tuve el momento de epifanía: el 13 de julio, en 2002 murió mi padre. Sin duda alguna, un momento que no solo marcaría el resto de mi vida, sino que además le daría un vuelco.

Antes de entrar en una adolescencia rebelde, donde es inevitable sentir que todo lo que dicen los padres es absurdo, mi papá solía sacarme de mi cobarde zona de confort, empujarme para que hiciera cosas que los demás niños disfrutaban y que yo, por temor, veía desde el costado. Tal vez desde ese momento empezaba a sentir la vocación etnográfica, participando por medio de la observación, y la antropología no es más que la profesionalización de algún tipo de miedo escénico arraigado desde la niñez.

Cada vez que me ponía en una de esas situaciones, yo no podía sino odiarlo con ese odio lleno de amor que siente un hijo por su progenitor. Consciente o no, la primera vez que fui a Disney, tras hacer una fila larguísima en una atracción que le habían recomendado a mi papá, sentí pánico al ver que se trataba de una montaña rusa (para mis estándares). Lloré de cabo a rabo del trencito en la mina, y al final peleé con él.

- Me dijiste mentiras…-le reclamaba, mientras escurrían mocos y lágrimas.
- No hijo, te prometo que no sabía…

En otra ocasión, me quitó un zapato y lo incrustó en lo más alto de la estructura de un columpio. Ante mi llanto de rencor e impotencia, mi hermana Paula me salvó.

Recuerdos que ahora son mi mayor tesoro. Esta va por ti, viejo. ¡Gracias! (aunque todavía me cago del susto.)




El Cañón del Colorado es un espacio que me pone frente a frente con uno de mis miedos más arraigados: las alturas. Desde pequeño me he sentido incómodo ante la idea de caída libre. Jamás me gustaron las montañas rusas, por ejemplo, tanto por la sensación de vacío como por ver a la salida cómo las personas en tierra firme se tornan cada vez más diminutas. En la casa donde crecimos, los niños solían subir para sus pilatunas a un pino que apenas rebasaba la altura de una casa de dos pisos, aunque en ese momento se veía enorme. Yo, a pesar de ser ágil y poder trepar con facilidad, jamás llegué a ver la punta del árbol, muy a diferencia de Paula, mi hermana menor, que siempre fue mucho más temeraria, quien amablemente me ilustró sobre mi curiosidad sobre la cenit del conjunto:

- Es igual que una rama, como la punta de cualquier palo -dijo sin poner misterio alguno a lo que para mí era una proeza.

Ayer, a causa de un sutil malestar con forma de gripa que por estos días lleva Jimi, anduvimos todo el día de mirador en mirador, sin presión de hacer las duras caminatas que presenta el cañón, y donde han muerto atletas y toda suerte de turistas mal preparados para las temperaturas que oscilan entre los 35 y 45 grados centígrados. Desde cada una de ellas, es inevitable querer tomar una foto. La caída de 1500 metros hasta el río que forjó las majestuosas paredes, sirve como invitación para que todos los visitantes quieran llevar su humanidad a las piedras más pronunciadas sobre el cañón, algunos para tomar la foto de rigor, otros simplemente para observar. Lo único cierto es que los humanos parecemos tener un enorme complejo de Simba, El rey león, que nos llama a la punta de cualquier piedra con forma de trampolín. Los campeones, sin duda alguna, los visitantes chinos, que no solo hacen caso omiso de las advertencias que hay por doquier, como todos los demás visitantes, sino que además escalan las rocas que dan contra los precipicios para tomar toda suerte de fotos jocosas, siempre con cigarrillo en mano, tanto modelos como fotógrafo.

Yo no podía entender lo que decían, pero si tuviera que adivinar sería algo como:

- ¡Mira! Tómame una foto como si me hubiera caído y colgara solo de una mano…
- ¡Listo!
- Ahora, ven, una de los dos juntos, espalda con espalda, empujándonos en equilibrio….
- ¡Listo!

Luego se tornaron sobre mí, y ya en un idioma comprensible dijeron:

- Zu yu wan me to tek pishar?

Nótese que Jimi, a causa de su salud, no hizo la caminata que bajaba unos metros del mirador.

- Yes, thank you -y cautelosamente llegué hasta la plataforma. Tomaron la foto.
- Bo-rin! Zuu somzin! Yamp!
- Jump?
(En coro, todos juntos.)
- Yes! Yamp!

Todo el día había tenido una extraña sensación, como de haber olvidado el cumpleaños de alguien importante. Pero yo suelo olvidar los cumpleaños, por lo cual no tenía razón de ser el sentimiento. Regresando del episodio con los chinos, en medio de la manejada, tuve el momento de epifanía: el 13 de julio, en 2002 murió mi padre. Sin duda alguna, un momento que no solo marcaría el resto de mi vida, sino que además le daría un vuelco.

Antes de entrar en una adolescencia rebelde, donde es inevitable sentir que todo lo que dicen los padres es absurdo, mi papá solía sacarme de mi cobarde zona de confort, empujarme para que hiciera cosas que los demás niños disfrutaban y que yo, por temor, veía desde el costado. Tal vez desde ese momento empezaba a sentir la vocación etnográfica, participando por medio de la observación, y la antropología no es más que la profesionalización de algún tipo de miedo escénico arraigado desde la niñez.

Cada vez que me ponía en una de esas situaciones, yo no podía sino odiarlo con ese odio lleno de amor que siente un hijo por su progenitor. Consciente o no, la primera vez que fui a Disney, tras hacer una fila larguísima en una atracción que le habían recomendado a mi papá, sentí pánico al ver que se trataba de una montaña rusa (para mis estándares). Lloré de cabo a rabo del trencito en la mina, y al final peleé con él.

- Me dijiste mentiras…-le reclamaba, mientras escurrían mocos y lágrimas.
- No hijo, te prometo que no sabía…

En otra ocasión, me quitó un zapato y lo incrustó en lo más alto de la estructura de un columpio. Ante mi llanto de rencor e impotencia, mi hermana Paula me salvó.

Recuerdos que ahora son mi mayor tesoro. Esta va por ti, viejo. ¡Gracias! (aunque todavía me cago del susto.)




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Por las montañas del Gran Cañón




Tras recorrer buena parte de California, Nevada, Utah y Arizona, he empezado a desarrollar cierto complejo de personaje de Sergio Leone. Y es que resulta imposible no sentirse parte de un western ante los épicos paisajes que parecen escenografía de un estudio con alto presupuesto. No sé por qué el genero, como tantas otras cosas de esta cultura, acabó por exportarse a Europa, donde el género fue, según los entendidos, reinventado. Sin duda alguna, uno de los logros más simbólicos de Tarantino es haber recuperado para los estadounidenses el espagueti western (que en realidad nunca fue de ellos). 

Los periplos de Blondie y sus secuaces guardan ciertas semejanzas con nuestras desventuras por los parques nacionales. En primer lugar, tras once días de dialogar sobre lo humano y lo divino, sobre política y religión, mujeres, sexo, fútbol, la mente humana empieza a entrar en lo que llaman los ingenieros de sistemas un stack overflow. El pantallazo azul, donde por ratos que se prolongan en horas no musitamos palabra, no por hostilidad (aunque también se ha dado en sus justas proporciones), sino porque existe un trance colectivo en que uno se comunica casi por telepatía. Y sin embargo, el andar congregados, como si Jimmy llevase una parte de la clave para encontrar el tesoro que complementa alguna otra pista que yo tengo, no se pone en duda. Afortunadamente, eso sí, no andamos con armas de fuego, pues podría ser otra la historia. Ayer, por ejemplo, peleamos por una cáscara de banano. 

Al igual que el bueno y el feo (decidirá el amable lector a cuál le cae cada sobrenombre), podríamos toparnos con la guerra civil, con un general que desea volar un puente, con una comunidad que es abusada por bandidos, pero nada de eso nos desviaría de nuestro objetivo, que dicho sea de paso, ni nosotros tenemos claro. El micromundo de los paseos, donde el tiempo se dilata al interior de Dromedario, solo se interpone con la realidad externa en la medida en que caemos rendidos y estupefactos ante la inmensidad de los paisajes. 

Ayer, en pleno Cañón del Colorado (que toma su nombre del río Colorado, no del estado, pues estamos en Arizona), donde tuvo lugar el incidente del banano, las diferencias fueron pocas ante la majestuosidad. Los paisajes, curiosamente, evocan lo más similar que existe en mi memoria: las tiras cómicas de El coyote y el correcaminos. Y a falta de productos Acme, contamos con una amplia gama de elementos para camping marca REI, que nos permite sobrevivir en cualquier terreno.

Así pues, desde algún rincón de Arizona, el bueno y el feo cabalgan cargados de productos cuasi-Acme. Hoy el orden del día incluye una caminata por el cañón (que espero sea menos acontecida que en las tiras de la Warner), y tomar la decisión de nuestra próxima parada. Sedona, un poblado nueva era un poco al sur de nuestro actual paradero ha sido ampliamente recomendado, pero tal vez ello nos desvíe de nuestro propósito más inmediato de llegar a Colorado, que según entiendo también es un lugar abierto a las influencias cósmicas. Lo único cierto es que necesitamos interactuar con otros seres humanos, porque estamos cerca de empezar a hablar con los pájaros carpinteros. 


De resaltar la fauna que nos hemos topado: venados, por doquier, al punto que empiezo a verlos como los pintan en las clases de epidemiología ecológica, como plaga que esparce enfermedades de un lado para otro. Dos coyotes cachorros, definitivamente el premio absoluto del paseo. Y finalmente, un alce como el de la serie Hannibal, que impávido posó para las cámaras en la entrada de un camping.

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Mi amigo el marciano

Tras seis años entre marcianos, verlos en condiciones similares a las de las comunidades indígenas que estudié como antropólogo durante el doctorado me ha hecho recapitular mi inmersión cultural. El tiempo que he durado acá, con los breves intermedios que significaron Cali y Guaviare, me hizo caer en cuenta que la caracterización del marciano promedio es tan equivocada como asumir que los latinos bailan samba y hablan mejicano.

En este viaje, al recorrer los inmensos paisajes donde cada parque nacional puede fácilmente ser del tamaño de un departamento colombiano, se hace evidente que la diversidad ecológica y geográfica sin par es fiel reflejo de la diversidad cultural que existe en el pseudoimperio. La capital, por ejemplo, cuenta con iglesias de tantas denominaciones, que los horizontes de tejados se asemejan a Jerusalem, donde cada emblema religioso se alza para denotar la cacofonía de credos y relatos que reflejan la falta de unidad. Si bien es cierto que este país se ha construido en torno a la diversidad, cada momento de su historia se ha caracterizado por la discriminación de los inmigrantes de momento. Y la discriminación racial, que a pesar de prohibir el uso de palabras denigrantes, sigue tan a flor de piel como en nuestra sociedad, con la salvedad de que acá no se pueden hacer chistes que en Colombia serían tema para romper el hielo en un coctel.

Como latino, por supuesto, he vivido en una posición que condiciona mi experiencia. Esa fuerza invisible y subhumana que es el motor de la industria estadounidense, la poca que no han relegado a los sweatshops asiáticos, y que constituye una esclavitud funcional, o un apartheid.

Hace poco circuló por internet un video que relata la experiencia, un experimento de periodismo investigativo donde repetían el mismo escenario con dos individuos diferentes: un individuo intentando liberar una bicicleta de su seguro por medio de pinzas, ganzúas y demás. Uno de los individuos era de fenotipo caucásico, mientras que el segundo emanaba latineidad por cada poro. Los resultados no podrían ser más elocuentes. El primero pasó inadvertido, o incluso llegó casi al punto de recibir ayuda de los transeúntes. El segundo, con las mismas vestimentas, empezó a recibir recriminaciones antes incluso de empezar a forzar el seguro.

El mecanismo para mantener la diversidad cultural que ha encontrado esta cultura es sin lugar a dudas lo políticamente correcto. La defensa obsesiva y a ultranza del espacio personal. En las zonas de camping se ve claramente, donde vecinos conviven haciendo caso omiso de los humanos que tienen a su alrededor. Ni una sonrisa, ni una mirada, ni una tacita de azúcar.

Lo que llama mi atención es la manera como se resquebraja esa pequeña baba que mantiene unida la fibra social cuando el interlocutor es inmigrante. En pocas palabras, el respeto por el espacio privado es un privilegio unidireccional dado por la antigüedad de los ancestros en este país. Y los latinos somos los más recientes. Al igual que un costurero en que las mujeres de la alta sociedad discuten y deciden si la empleada de servicio debe continuar o no en su relación amorosa, los marcianos no tienen problema en salir de su espacio de confort para comentar la política, hacer un chiste de la coca o Pablo Escobar.

Por supuesto, ante la diversidad de este país, resulta imposible generalizar y decir que todos se comportan así. Hay marcianos que extienden su respeto al espacio ajeno incluso a nosotros los inmigrantes, nos presentan sus familias, y en ocasiones saben más sobre nuestras culturas que nosotros mismos. Por ejemplo, yo tuve que venir a este país para conocer los primeros hablantes no nativos de quechua, incluso a pesar de que en Colombia se habla un dialecto en la frontera con Ecuador. ¿Cómo honrar el respeto de esos pocos pero admirables marcianos amigos? Tal vez empezar por no juzgarlos, cual transeúnte en experimento, y asumir que esta cultura no tiene nada por enseñar.

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El león de Zion

Los pasados seis años he tenido la impresión de estar en una nave espacial de esas que usan en los ejemplos para explicar la teoría de la relatividad: mientras se ha sentido como un parpadeo (aunque uno muy largo) el paso del tiempo, para los demás terrícolas han pasado años y vidas enteras. Yo, mientras tanto, atrapado en una etapa del desarrollo, cual orangután subadulto esperando que haya un cupo de macho dominante. La diferencia, claro está, es que yo sí he desarrollado los cachetes característicos. El tiempo pasa, claro. Pero pasa más rápido fuera del doctorado.

Hoy superamos con satisfacción, a propósito de máquinas de viaje, el primer contratiempo mecánico. El siempre fiel y confiable Subaru, como un camello que no puede seguir luchando con los calores del desierto, amaneció en un charco de líquido refrigerante. Los entendidos de las artes del mantenimiento automotriz sabrán lo grave que es tal señal en esta especie, ya que puesto en palabras que entendamos todos los mortales, su motor tiene una marcada tendencia a descuadernarse más allá de cualquier intervención posible. El impas que estuvo a punto de marcar el fin del viaje, y del fiel alma camélida en la triste locación de Las Vegas, fue uno de esos impulsos para seguir con fuerza, pues no era otra cosa que una tapa del radiador mal puesta y que costó unos modestos 50 dólares.

Revivido el dromedario, cruzamos el desierto que comprende los límites de Nevada, Arizona y Utah. El calor ya pasa de ser inhumano, a cómico, y luego a placentero. Creo que acabaré por sentir frío y usar saco de lana cuando la temperatura baje a los 30 grados centígrados (normalmente está por encima de los 40).

Hoy amanecemos en Zion, uno de los parques más famosos del territorio marciano. La analogía con el planeta rojo se mantiene incluso para la geografía. Los paisajes, inmensos y majestuosos hacen ver el Cañón del Chicamocha como un grano de arena.

El campamento, que sospecho es operado por mormones ya que les causó impresión cada detalle de nuestro paseo, es el primer lugar donde he tenido la oportunidad de conectarme al internet desde una carpa. O bueno, desde mi colchoneta, porque con estos calores la carpa sobra.

Por lo pronto, lo único cierto es que el paseo continúa, y cual cosmonautas, el tiempo se dilata. Sin embargo, vamos tarde para encontrar campamento adentro del parque.


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Viva Las Vegas

En mi tercera visita a Las Vegas, esta vez por tierra, esperaba encontrar un anuncio gigante con el memorable "Welcome to", pero no hubo tal. Las Vegas: opulencia, derroche y desenfreno. Una ciudad a la medida de Berlusconi, donde lo único malo es tener escrúpulos o no tener dinero.

Disfrutamos enormemente de la tecnología humana más memorable: la cama, la ducha y el internet. Ahora nos disponemos a ir a Utah.

El balance fue positivo en Las Vegas. Descansamos, y casi logramos el desfalco de tres casinos. El presupuesto del viaje sigue casi intacto, lo cual me parece motivo de orgullo.

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El Valle de la Muerte

Ya no distingo olores ni sabores. Todo huele y sabe a fogata, con un pequeño twist del condimento que Jimi introdujo en abundancia a las lentejas.

Los días en Yosemite acabaron en White Wolf, un campamento en la zona alta del parque. Los vecinos destacados, lo que debió ser un coro de adolescentes. Sospechamos que eran gays, tanto por el repertorio, como por el empeño que le pusieron al canto. Divertidas las primeras 5 canciones, luego ya empezamos a considerar hacer un duelo, y al final de la noche queríamos matarlos (o echarles un oso).

Tanto el coro como nuestro afán de venganza, a causa del efecto Yosemite, fueron apaciguados por la noche. Hasta ahora, todas las noches hemos dormido a la intemperie y en hamacas, algo que ha de disfrutarse en los veranos calientes de estas tierras. Plan sin par para ver estrellas fugaces y demás astros, que ante la falta de ciudades contiguas parecen animarse. Tal vez se apiadan de tantas almas sin entretenimiento.

Sin duda alguna, la noche con el firmamento más memorable la pasamos en Death Valley (El Valle de la Mueeeerte), un desierto que como su nombre lo indica, no es precisamente un punto de encuentro. Noche de estrellas fugaces sin par. Cada vuelta que daba intentando conciliar sueño, entre tantas dudas existenciales y pidiéndole a gritos (mentales) señales a la vida, zuaz! Una estrella fugaz. Debo hacer esto? Zuaz! O aquello? Zuaz! Conclusión: al Universo no le importa.

Tras la noche de guiños confusos del universo, atravesamos el Valle de la muerte, depresión submarina (o como quiera que se denomine tal accidente geográfico) hasta llegar a Zabriskie Point. Impresionantes las dunas de mil colores, pero sobre todo, las temperaturas que marcan sobre los 100 grados Fahrenheit a las 9 de la mañana. Según los carteles locales, el lugar más caliente de la tierra, aunque con los marcianos que habitan estas tierras más vale tomar cualquier dato con escepticismo.

De momento vemos desde una ventana de hotel cómo arden las montañas de Nevada, marcando nuestro camino hacia los parques nacionales de Utah. Las temperaturas extremas me han llevado, incluso y a pesar de mi resistencia por tecnologías de esa índole, a usar el aire acondicionado.

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Sam Pistolas

Pocos lugares ponen al humano en la perspectiva de una hormiga como Yosemite. No es sorpresa que Sam Pistolas fuese un ser tan díscolo y asocial, habitar estas tierras debe tener efectos permanentes sobre la mente.

Conseguir dónde acampar fue fácil, gracias al azar: una cancelación de último minuto, en el preciso instante en que Jimi preguntaba disponibilidad, nos permitió disfrutar del campamento más distante del valle central. Hacia el atardecer, cuando el calor se puso soportable, nos levantamos de las hamacas y anduvimos en busca de una piedra por trepar. Jimi, harto entusiasta de la escalada, no quiere dejar roca sin su rastro de Teli-mondow. Y en Yosemite hay harta piedra.

Su ímpetu escalador derivó en una caminata en busca de boulders, en la que conocimos un grupo de mucamas, meseras y demás trabajadores del parque. Un grupo de entusiastas de la naturaleza que toma cualquier trabajo que ofrezcan en Yosemite con tal de estar en este lugar. Fueron tan amables de dejar a Jimi escalar una ruta con cuerda, donde supo dejar muy en alto la bandera al escalar una ruta difícil, por el lado más difícil. Yo sospecho que además fue accidental su despliegue de agilidad y talento.

Hoy conseguimos dónde poner una carpa en el campamento Lobo blanco. Los vecinos pasados eran de Wisconsin. Los nuevos, están por conocerse. Es extraño un lugar con tanto espacio libre, tan habitado en lo que bien podría ser comparado con poblaciones indígenas que habitan en las zonas de reserva en Colombia. Y que los vecinos hablen tan poco entre sí.

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Something´s wrong: all I can see is Teli-mondow



Día primero: aproximación a Yosemite. Salir de la casa ya es una hazaña. Empacar seis años de vida en cuatro cajas y salir como Nukak en busca de aventuras por este inmenso e incomprendido país donde no existe la mesura.

Estaba tan acongojado por el trasteo, que recién me instalé en la hamaca de nuestro primer sitio de camping, empecé a oír unos ruidos estomacales muy extraños que supuse tendrían que ser míos ya que Jimi había salido a correr un rato. Los ruidos, sin embargo, resultaron ser de una pelea entre pájaros carpinteros, que imagino de tanto darse golpes en la cabeza, no tienen un sentido melódico muy elaborado.

La enseñanza de la noche vino por cuenta de unas hormigas que viven en simbiosis con un árbol nativo. Resulta inconveniente guindar hamacas de estos, sobre todo porque al aplastarlas emanan un olor fétido y posiblemente alucinógeno.

El espíritu del viaje, un tanto místico en busca de respuestas sobre lo que debo hacer con mi vida, característico de estados de transición perpetua, lo narra la historia del vecino de Jimi en el avión. Un hijo de la libertad y la democracia reclamaba consternado porque la televisión de su puesto estaba averiada.

- Something´s wrong! -decía - All I can see is Teli-mondow...

Vamos a darle a estos carapálidas un poco de Teli-mondow!

Salimos a buscar camping en Yosemite. Tal vez ellos nos den una dosis de nuestra propia medicina, porque parecen estar ocupados todos los sitios donde es permitido poner una carpa.

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