El Bartolazo





Durante los primeros años de bachillerato, con un grupo de amigos incursionamos en los juegos de rol. Uno de los primeros recuerdos que tengo es el contacto con las figuras geométricas extrañas que suponen dados de 4, 9, 12 y 20 caras, que a manera de casino dictaminan el curso de la historia. 

No sé cuál es el efecto que tiene sobre la mente el participar en ejercicios de rol, pero su poder es indiscutible: es una técnica de terapia reconocida y practicada en la actualidad. Sin ponerlo a la misma altura de la práctica terapéutica en sicología, los juegos de rol también han salvado más de un matrimonio, y son usados en prácticas espirituales como las constelaciones familiares, donde suceden las cosas más bizarras cuando se abren puertas a los universos paralelos, según documentos entográficos que he oído de primera mano. 

En eso estábamos nosotros, un puñado de adolescentes con la caja de pandora en sus manos, llena de dragones, elfos y los demás elementos de la flora y fauna del Señor de los anillos. Y unos dados. La combinación perfecta de la fantasía y el azar.

La primera vez que jugué fue en la casa de Santiago, a quien de cariño llamábamos Yogui, en compañía de Dumpa y Andy. El anfitrión había elegido un enano como representante, Dumpa por avatar tenía un halfling, y Andy un guerrero. Yo era representado por un humano dedicado a las artes de la raponería, cosa de la cual me enorgullecía.

Debo confesar, además, que uno de mis pecados al jugar D&D era la pereza. La pereza de leer un montón de manuales para saber todas las reglas y pormenores. La mayoría de quienes disfrutan el juego lo hacen por un gusto de coleccionista, donde se trata cada manual de 500 páginas como una joya. Otros, como Jairo, un gamer consagrado, lo hacía por experimentar cada juego o manera de entretenimiento disponible,  y superarlo. Su suerte con los dados era fuera de este mundo, al punto que siempre le acusamos de hacer trampa. Sin embargo, día tras día, Jairo sacaba el número que necesitaba en contra de toda probabilidad, lógica y estadística ante nuestros propios ojos. Un virtuoso de los juegos, sin duda, una especie de Messi capaz de derrotar a cualquier oponente en cualquier consola, videojuego, o similar. Superaba todos los juegos con una sola vida y en tiempo récord. Pero sobre todo, lo hacía con una facilidad apabulladora, contando chistes y accidentalmente disparando el brazo mecánico de algún muñeco de colección.

Tuvo lugar en aquel encuentro, un evento singular en Calabozos y dragones. El enano, en la primera batalla con algún monstruo, lanzó un 1 en el dado de 20 caras. Eso, me explicaron ya que no había leído las reglas, era un bartolazo. El avatar de Yogui había lanzado su ataque con tanto ímpetu, y tan descordinado, que había acabado por herirse a sí mismo. Un hachazo lo había dejado fuera del juego.

Todos hicimos un minuto de silencio. Luego, nos cagamos de la risa. 

- ¡Buena!
- ¡Me bartolié! ¡Qué mierda! -decía Santiago, con la sonrisa que lo caracteriza.

Resulta curioso eso de la bartoleada cósmica, en planos siderales y fantásticos, que como una consulta con una bruja que de pronto muere, golpea como un balde de agua fría. Un balde de agua fría, fantástico.

A veces siento eso, como si fuera el avatar de alguien que se bartolea frecuentemente. 



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