Crónicas de taxi

Uno de los mejores indicadores de qué tan divertida es una ciudad son los taxistas. Esos seres que conectan el bajo mundo y que desde el anonimato más infame oyen las historias de toda la gente.

Los taxistas bogotanos son, de todos los que he podido ver, unos de los personajes más pintorescos en el gremio a nivel internacional. Hay personas que los odian por su manera de manejar, hay otros que los odian porque han sufrido en carne propia desventuras en carruajes amarillos. A mí, en general, siempre me tocan unos bastante soyados que me narran las crónicas de catre más impresionantes con desconocidas, y sé de historias que ya adquieren categoría de leyenda, como el taxista de San Andrés que tiene una bola de discoteca en el taxi, o un taxista endemoniado que sale con nombre propio en el catálogo de Lonely Planet de Cuba. De alguna manera los taxis son como el Congreso: países pequeños donde todas las personas son de alguna manera representadas.

Esta es una de las muchas historias con las que se puede encontrar uno cuando viaja en taxi.

Un hombre salió corriendo de una casa. Eran media mañana de cualquier día entre semana. El taxista y narrador de la historia, recogió desprevenidamente al hombre para darse cuenta cuando se subió de que lloraba desconsolado. Si se hubiera dado cuenta, dice, habría seguido derecho, porque uno nunca sabe.

Le preguntó al pasajero si estaba bien. Dijo que no, y ahí comenzó la historia. Empezó por contar que había llegado ayer por primera vez a Bogotá desde alguna ciudad pequeña de Colombia que el taxista no recordaba. Que a su llegada había encontrado una pensión, dejó sus maletas y salió por un trago. Entró al primer bar que encontró y conoció a una mujer. Hablaron un rato y decidió llevarla al cuarto. La chica accedió.

Ya empezaban a besarse cuando el pasajero encontró entre las dos piernas de su compañera un aparato masculino. Golpeó al travesti, ofendido. Él era corpulento y no le significó mayor problema dominarlo. Una vez entró en razón, justo antes de matarlo a golpes, le dijo que se fuera. El travesti, con la cara desfigurada, se vistió, se puso los zapatos y cogió su cartera. Sacó un arma y le apuntó a la cabeza. Hizo un par de llamadas, y tras unos minutos el cuarto estaba lleno de sus congéneres. Violaron al pasajero uno por uno, y se fueron. No lo robaron, no lo mataron. El hombre pasó varios minutos estupefacto, empacó lo poco que tenía y salió llorando desconsolado a coger un taxi.

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