De cacería con los nukak
19.4.12
El día apenas empezaba en San José, con muchas nubes, como es característico en esta época, en que no se sabe si será un día de lluvia o soleado. En el restaurante Mi Mamá, donde yo tenía pensado ver el partido de Falcao, los empleados limpiaban la acera para instalar las mesas. En la acera del frente la gente tomaba café. El negocio contiguo al Café Nukak es un desayunadero económico y que recomiendan mucho los locales. Las calles, como siempre, no están llenas ni hay trancón, pero los vehículos andan despacio por el mal estado de las vías. La gente camina por la calle, desde Bogotá hacia San José, a partir de Granada las normas de tránsito se relajan. A partir de Granada empieza, en cierta forma, Macondo. Pero hoy no. Hoy era Poissonville, o cualquier ciudad de un clásico de novela negra. De repente un hombre se levanta de su silla en el café, saca un revolver, y le pega tres tiros a una mujer. Luego se apunta a la cabeza, y dispara. Era su mujer, actualmente en cuidados intensivos. El hombre perdió la vida en el lugar. - Qué historia más horrible -le dije al empleado que la contaba, justo antes del partido. - ¿Por qué? - ¿No le parece? - Yo crecí acá, uno se acostumbra. Eso puede explicar por qué el personaje es tan mal mesero. En el medio tiempo del partido, cuando Falcao todavía no había marcado su soberbio gol, me levanté de la silla para atender a M y A, los dos nukaks que me esperaban atentamente para intentar vender una cerbatana que habían anunciado como pequeña. Por la pieza les ofrecen 20 mil pesos en el "Fondo de Cultura" de la gobernación, un espacio donde las artesanías locales se venden a predio de comercio justo pero se compran con espejos. Es una dura encrucijada estar en una situación así. Por un lado, los nukak se han quejado por varios días de no tener qué comer. Dicen que no tienen plata, y que las ayudas del gobierno tampoco llegan. La situación es más crítica de lo que cualquiera de nosotros, que no sabe lo que es el hambre, puede llegar a comprender. Por el otro, es extraño ser el marrano de turno del que intentan exprimir cuanto peso pueden (sin saber muy bien que podrían exprimir un poco más). El resultado, que seguro despertaría el desprecio de cualquier culturalista, fue que compré la cerbatana (y una cerbatana de puta madre, con dardos envenenados). Horas antes, me había topado con V y J, los dos tukano que viven entre la comunidad de Agua Bonita porque V está casado con M, la hermana del líder, J. Entre las diligencias del día, tuve a bien incluir la compra de un blanco para continuar el juego que tantas emociones despertó ayer. V, J, M, A y M demostraron interés en recibir un aventó hasta el resguardo para no tener que caminar. Ninguno de los 5, naturalmente, cumplió la cita para salir. El blanco que compré de un hombre alicorado a las 10 am fue un éxito en el resguardo. Hay pocas notas para el día de hoy, pues a nuestra llegada, el blanco abrió el camino, y cuando llegamos a estar en posición ya todos los asistentes habían sacado sus propias armas para empezar a disparar. Las mujeres, muy diligentes, miraban el duelo muy a manera de lo que debía ser una competencia de tiro al platillo en las colonias inglesas. Fabricaban manillas, que evidentemente acabé por comprar, para que no vendieran por 3 pesos en el fondo de cultura. Creo que voy a poder abrir un negocio de artesanías nukak tras la pequeña inversión inicial que he hecho los días anteriores. Contrasta bastante con mis últimos días antes de salir para Israel, donde quería comprar manillas pero no había sino 5 en toda la comunidad. Adicionalmente mostramos hoy la revista donde sale el artículo de los nukak, que causó mucho menos estupor del anticipado. Identificaron las personas de las fotografías, con algo de cuidado, pero pasaron rápidamente por todas las páginas, incluso las de mujeres semidesnudas en poses orgásmicas, las cuales resultaban bastante ridículas frente a las risas de la comunidad. Justo al final, antes de partir, los dos hombres de nombre A salieron de cacería. Ambos con rifle y sin cerbatana. Según dijo el mayor, la que yo compré le pertenecía a él. Sobra aclarar que no iban acompañados por un fotógrafo de Don Juan.
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Una sana competencia
18.4.12
Hace unas semanas Lorenzo Morales publicó una certera y bienaventurada carta a la editora de Don Juan, con motivo de un artículo sobre su galardonado reportaje, El oro verde. La razón, según yo entiendo, que la revista deshonra los principios básicos del buen periodismo al citar su obra fuera de contexto, y sobre todo, al no visitar el lugar del que reporta. En uno de los últimos números repiten con creces los logros que Lorenzo critica, con una pieza de museo sobre los Nukak. Resulta pertinente recordar que mis principios periodísticos son bastante más laxos que los de Lorenzo, y aún así la considero baja y ruin la nota, sobre todo porque aún a pesar de intentar abordar con respeto la problemática Nukak, refuerza todos los estereotipos culturales culpables de la precaria situación del pueblo Nukak. A raíz del artículo -que está en la revista que robó Alison en Cartagena - hablamos sobre las técnicas de cacería y nos preguntamos qué tan certeros eran con la cerbatana. Y como dice mi presidente, mejor hacer que decir, luego me puse en la tarea de organizar un torneo de tiro al blanco. Mal hecho no haberlo pensado antes, porque no hubo otra manera de realizarlo más que poner por blanco la tabla que usamos para tomar notas. Eso sí, la comunidad rápidamente se alineó para demostrar sus dotes cazadores. Más impresionante que su puntería (pues yo también logré pegarle al blanco) es la fuerza de pulmones (o diafragma), pues los dardos atravesaron la tabla con facilidad cuando soplaban ellos, mientras que los míos rebotaban y causaban risas entre las chicas. Lo cierto es que lejos de las incómodas situaciones que suscita el trabajo de campo, juegos como este pueden ayudar a cosas sencillas como aprender los nombres de los participantes, y a cosas más complejas como aproximar la calidad de un cazador (una de las principales preocupaciones de la ecología humana). Nuestra llegada, al calor de una lluvia llanera, nos obligó a refugiarnos en sus casas de manera inmediata. Aprovechamos el tiempo para hablar un rato, y en medio de cosas, les mostré fotos de Anat y de mi sobrina Paz. Les interesó mucho verlas, cosa que había leído en etnografías anteriores, pero que por algún motivo no había pensado. Es curioso que en medio de las preocupaciones por realizar un buen trabajo cosas como compartir cosas personales pasen a un segundo plano, cuando son ellas precisamente las que nos permiten entender mejor a otros seres humanos.
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Es otra noche más…
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El despegar de la malaria
16.4.12
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