Copa América

Llegó la Copa América, y con ella su alegría. Nosotros, Colombia, este pequeño proyecto de nación que hay en torno al seleccionado, estamos expectantes y ansiosos. La última vez que se congregó este equipo fue para el mundial en plenas elecciones. Ahora, como el proceso de paz, se ha perdido la  emoción, la confianza y la esperanza de vivir en una aldea pitufa donde el fútbol nos hace felices. James ayer quedó eliminado de la Champion´s con el Real Madrid, muy a pesar de la fuerza que yo hice. Nunca antes le grité al televisor porque un lateral no hiciera bien un centre. Gran pero fue saber que ahora James llegará a la Copa América antes, y estará enfocado 100% mi selección.

Salvo algunos casos, cada jugador, de momento, es una intriga absoluta. La incógnita más grande es Falcao, para quien puede ser la revancha o la tumba. No creo que haya puntos medios en este sentido, pero tal vez sea un buen objetivo es sencillamente recuperar a Radamel en Chile. Llegan en buen momento Ospina (a pesar de haber rumores de que buscan reemplazarlo), Jackson, Bacca, Arias, James (tal vez agotado), y tal vez Teo cabe en esta categoría. En regular, la defensa no pasa por un buen momento, la mayoría son suplentes o apenas regresan de una lesión que los tuvo fuera de campo bastante tiempo. Zúñiga no podrá lesionar a Neymar, parece, aunque dudo que el astro brasileño le de la espalda a un jugador nuestro. Neymar y Messi buscan algo diferente a Falcao, claramente. A pesar de una temporada que no podría tener mejores perspectivas en este momento (pelean la tripleta y su archirrival ha sido eliminado de todas las copas), ambos tienen pendientes con sus respectivas selecciones. Ambos han participado activamente en las presentaciones nacionales que han tenido, pero no al nivel que muestran en sus respectivos clubs. La gran pregunta que nos hacemos los amantes del deporte es si Messi será uno de esos grandes que jamás pudo ganar un mundial, en el club de figuras como Van Basten, Gulit, Zico, Sócrates, y cualquier inglés de los últimos 50 años. Ambos llegarán, a diferencia de James, justo para empezar los primeros partidos. Eso puede jugar a nuestro favor, aunque ayer Luis Guillermo me contó una anécdota genial sobre los astros: Crespo durante las concentraciones, era vecino de dormitorio del Tino, y siempre que pasaba a llamarlo para ir a entrenar Asprilla le contestaba que eso era para los troncos. Llegado el partido, obviamente Faustino marcaba, básicamente, los goles que se le daba la gana. A pesar de no ser fan, creo que el reportaje de La Tele (v2.0) sigue tan vigente como nunca, y en realidad creo que la explicación más factible al fracaso en Francia es justamente que al Tino lo esperaba una parranda épica.



Espero, sobre todo, que no sea una Copa América como la del año pasado, donde hubo poco fútbol y partidos tirando a aburridos. Sobre todo para nosotros. Pero bueno, también es cierto que la Copa América es algo así como segunda fase de un mundial, donde cada partido es una ruleta rusa que depende de 101% factores impredecibles. Igual que en la política. ¡Qué susto! Pero menos mal tenemos técnico extranjero...


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La Xarcutería

(Este post hace parte de una serie que voy a hacer intentando dar recomendaciones en una especie de guía de viaje)


No sé cuál es la historia de las hamburguesas, y francamente, no me parece que tenga sentido apreciar un alimento con base en su pasado, aunque a veces complementa la narrativa. La comida, me parece una de las cuestiones más hermosas de la culinaria, se disfruta, sin reglas y sin agenda. El único requisito es ser glotón.

Por supuesto, siempre habrá desacuerdos en los criterios. No es sino buscar la mejor hamburguesa de una ciudad para toparse con un centenar de listas, todas cuales deben ser tenidas en cuenta a la hora de explorar la oferta alimenticia de una ciudad. Sin embargo, yo también he sabido comer una notable cantidad de hamburguesas, sublime manjar, y me considero digno de escribir una nota sobre las mejores de Bogotá (o por lo menso tan digno como cualquiera que ya haya escrito una). 

Bogotá ha sido víctima de dos explosiones culturales en los últimos años: en primer lugar, el hipsterismo, la desidia vanguardista del primer mundo hecha tendencia. En segundo, hamburgueserías de todo nivel, precio y afiliación política. Si ambas tendencias coinciden, lo decide el lector. Si yo soy víctima de una o de ambas, tal vez. Lo único cierto es que cualquier persona que disfrute un buen bocado debería probar alguno de los siguientes lugares y sus consabidas historias.


La Xarcutería

Carrera 12 # 93-43, Bogotá
(1) 6165538



Tenía tiempo de no ver a Emilio, pero las últimas semanas hemos parchado como en los viejos tiempos. Solo que ahora somos viejos. Estuvimos en el cumpleaños de Jair, mi nuevo mejor amigo de la temporada en la Mugrosa. Como cualquier ágape en esa comunidad de buena onda, fue una parranda memorable con concierto de carranga incluido, del cual nos ausentamos a eso de las 2:00 a.m., cuando la fiesta estaba aún rebosante de alegría. Al día siguiente, como lo dictan las normas de urbanismo bogotano, hablamos para ir a por almuerzo.

- Una hamburguesa, ¿cuál es su favorita?

Casi nada la pregunta. Tras una diatriba de opciones y criterios de calificación, finalmente Emilio me preguntó nuevamente: 

- Bueno, pero según esos criterios, ¿cuál es su favorita?
- Ah, sí...me fui por las ramas, ¿no? Bueno, para mí las mejores en Bogotá, son dos: la Xarcutería, y Ugly American.
- Bueno, vamos a esa.
- ¿Cuál?
- A la Xarcutería, ¿no? Si dice que le gusta...



Muy a pesar de mi sugerencia de pedir la carne medio cruda en este sitio, ya que es de gran calidad, Emilio pidió la suya término tres cuartos. Yo, como siempre, opté por una Cheeseburguer, sin queso (no existe de plano) con adición de huevo. Tengo la impresión de que su tocineta es de primera calidad, pero un detalle que a mí me encanta de ese lugar es que son ávidos de las conservas.

Departir con Emilio en ocasiones es como bajar por la madriguera del conejo de Alicia. Las conversaciones van de lo fantástico a lo imposible, siempre con humor, enmarcado en chistes que tienen un sabor característico de colegio masculino. La conclusión de la charla fue que vamos a incursionar en el refinamiento de petróleo para comprar el América de Cali. O algo parecido.

Emilio calificó con nueve de uno a diez la haburguesa de este sitio. Juzgó el pan, las verduras, las salsas, y por supuesto, la carne.







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El calzoncillo prestao




Muchas personas han hecho carrera explotando sus atributos físicos, pero nadie en el país ha llegado tan lejos gracias a sus encantos como Antanas Mockus: una mostrada de culo, para acallar una audiencia enardecida, lo llevó a una alcaldía, luego otra, a ser candidato a la presidencia en dos ocasiones, y sobre todo, a un estrellato digno de una estrella de rock. Se hacen documentales de sus ideas revolucionarias sobre ingeniería social. Transformó para siempre la conducta de muchos colombianos: fue quien nos enseñó a usar cinturón de seguridad, empleó métodos totalmente innovadores para domesticar un tráfico que en ese entonces, parecía tener menos solución del que vive actualmente Bogotá, y lo más asombroso, reivindicó y dignificó la práctica de mimo. Y todo ello empezó con bajarse los pantalones, no para Soho (a nuestro pesar, pues con el noble recato de la atrevida revista habrían editado las fotos para que no fuera vista la bolsa de sus güevas), sino para un público que parecía estar en el estadio en medio de unas barras bravas. Un acto simbólico. 

El próximo mes se realizará la marcha en favor de la Paz. El uribismo, en el acto más estúpido de la política colombiana desde la contramarcha del Polo en el día No Más Farc, ha intentado sabotear la marcha con los métodos más viles de los que goza un político. Su lider, lejos de poseer encantos como aquellos que dispararon la popularidad de Antanas, se presentó en el ámbito nacional como director de la aerocivil en la época de más viajes de narcotráfico en Colombia. Luego concibió los grupos que evolucionaron en las fuerzas paramilitares (fue algo así como su progenitor), y repartió más plomo y terror del que ha repartido cualquier otra persona en el país. Chuzó e intimidó a la oposición, la rama judicial, y persiguió a cualquier mechudo con mochila engendró esta era en que vivimos.




Algunas cosas son claras. Uribe está en la arena política a la altura de Mockus, quien para este momento es un personaje bonachón que en general todos vemos con ternura. La pelea que tienen parece más digna de un hogar geriátrico que del debate civil que se da en un país, pero afortunadamente Julito siempre se encarga de volver la realidad nacional un espectáculo de clown.

Sin embargo, entre tanto chispero y ruido que hace el uribismo, últimamente me pregunto mucho la mejor manera de interactuar con ellos. A fuerza de responderles, he resultado santista, lo cual me incomoda tanto como llevar calzoncillos prestados, sin lavar. No porque lo haya experimentado, sino a manera de prosa sudorosa. Y el uribismo es como una marquilla incómoda de los calzoncillos prestados sin lavar, una de esas que maltratan la piel, pican, y dejan roncha. Calzoncillos prestados, sin lavar y picosos, como si tuvieran piojos. Así me hace sentir el clima político.

Y los uribistas, bulliciosos.

Pero Mockus, con su culo, interactuó con la sinrazón. Con su acto simbólico. La violencia simbólica, mejor que la verbal. La verbal, mejor que la física. Y la física, mejor que matar a alguien.

Tal vez la solución es mostrarle el culo a la corte, que comunica su fallo por twitter. Al procurador, a la senadora loca esa que parece mezcla de Sarah Palin con Musolini. A los taxistas, por ser tan caspas. A los políticos. A todos. No hablar, sino mostrar el culo. 

Mostrar el culo. Tal vez, así nos demos cuenta de que, como dijo Gabo, todos llevamos años comiendo la misma mierda. 









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Aventuras con los monjes



Hace varios años, mi hermana participó en un retiro budista durante uno de sus viajes a Francia. Ya hace rato había empezado a buscar su camino espiritual, que había incluido viajes por India al ashram donde vivían Juan Carlos y Manuela en su momento. Uno de los pilares, como lo veo yo, fue encontrar a Camilo, su compañero de viaje para la aventura de vida que decidió emprender. Encontrar, como me decía hace muchos años una amiga, es diferente de buscar. Ellos se encontraron, contra todo pronóstico, en una fiesta donde Orrantia, un ser que parece sacado de la película Monsters Inc y en cuya casa siempre sobran las francachelas. 



Sin saberlo, asistir al monasterio (por llamar el campamento espiritual de alguna manera) cambiaría su vida y la de algunos de nosotros tanto como asistir a aquella fiesta donde se encontró con Camilo. Conoció allá a Thich Nhat Hanh, un monje vietnamita refugiado hace años en Francia, que trabaja incansablemente para reducir el sufrimiento del mundo por medio de aumentar la conciencia plena (mindfullness). 

- Yo me acuerdo de la cara con la que llegó, -dice Camilo, su pareja -era una sonrisa de felicidad pura. 

Al año siguiente fueron juntos, y desde entonces van tan seguido como pueden, ahora en la familia numerosa que son, para cultivar su conciencia. Sin duda parte del bello hogar que han logrado construir tiene que ver con seguir las enseñanzas de este monje, que promueve prácticas sencillas para la vida diaria: respirar, comer y vivir conscientemente, sin hacer daño a los demás, meditar y compartir con una comunidad.

El fin de semana pasado hubo un retiro en Chingaza conducido por 7 monjes de Plum Village, el monasterio en Francia de Thai, como lo llaman cariñosamente. Ellos, con ánimo de compartir el camino que tanto bienestar les ha traído a sus vidas, invitaron a sus allegados a participar. El resultado fue un retiro que más parecía una segunda celebración de su matrimonio: padrinos, amigos y familia, todos presentes y sin reparo de la dieta vegetariana que puede chocar para algunos.

Estos retiros, en mi experiencia personal, siempre son de las actividades más constructivas y saludables que pueda hacer una persona. Todos deberíamos, siempre pienso al salir de uno de ellos, asistir a retiros de esta índole una vez cada tantos meses, o hacer un retiro de un par de meses cada tantos años. No porque sea algo que le va a permitir a uno tener una vida más productiva, sino porque justamente pone toda la vida en perspectiva, como bajarse del mundo que cada vez gira más rápido para respirar sin el mareo que producen tantas vueltas sin pensar.

Como resultado secundario del proceso, los últimos días he parchado con los monjes, que interesados por realizar actividades didácticas en Bogotá, decidieron subir a la montaña y acompañarme en mis caminatas matutinas. 

Ayer subimos con dos de los más entusiastas. Los monjes de esta corriente, para mí, han sido un descubrimiento formidable. Normalmente las personas que siguen el camino espiritual son serias y estancadas en las formas. Estos monjes, todo lo contrario, cuentan con un mordaz sentido del humor, tienen un trato dulce con todas las personas con quienes interactúan, y en general van por el mundo como niños pequeños que encuantran compañeros de juego en cualquier piedra, charco o gota de lluvia. En cierto sentido, cuando cuido a mi sobrina, tengo la peculiar sensación de sacar yo la mejor parte del trato. Ser responsable de ella de alguna manera me convierte en un niño que juega y se sorprende con los detalles más sencillos de la vida. Explicar lo que es el sol, que la luna está hecha de queso, construir narrativas con amor para un niño es casi una terapia, como asimilar un mundo mejor.

Los monjes, como niños pequeños, en el mirador de Las Cruces (llamado así porque allí murieron tres curas), hacían todo tipo de actividades curiosas. Uno, acostado, mirando al cielo, se preguntaba si los cuervos lo comerían. El otro, caminaba por el mirador sorprendido de la vista y preguntando lo que eran todos los edificios de la ciudad.

Yo, un poco asustado de encontrarnos con extraños, les dije que no debíamos tarar demasiado. Los policías ya habían bajado y nos encontrábamos a merced de los maleantes que acechan caminantes en los cerros bogotanos.

- ¡Mira, Alejandro! -decía el americano, que parece personaje de El señor de los anillos -Si vamos por acá, podemos encontrar el camino más abajo y hacer un loop -mientras miraba en su teléfono celular.

El camino que sugerían era por el borde de la montaña. Si no estoy mal, pasar del cerro de Las Cruces, al cerro de La Cabra. 

- Yo no conozco, pero si quieren, vamos. Es aventura.
- Con los monjes, todo es aventura -repuso Aurora, una mexicana que viaja con ellos como traductora.

Tras caminar por el borde de la montaña, con peñascos relativamente peligrosos a ambos lados, uno de los monjes dice:

- Es como caminar por los dientes de la montaña...
- Sí...-respondo yo, con algo que susto por las alturas, los malechores, y de salir de la montaña a través de un barrio peligroso.
- ¡Lo importante es que no te muerda! -y echó a reír, ante mi ansiedad.
- ¡Tal vez morimos, otros tres monjes para Las Cruces! -respondió el otro en tono de más chiste, y ambos rieron. Mi risa era nerviosa. 

- ¡Estos monjes están chiflados! -le dije a Aurora.
- Ellos hacen un trabajo muy consciente sobre la muerte, específicamente sobre el miedo a morir, no le temen.

Ni las drogas, ni la fiesta ni el alcohol son fuente de emociones tan fuertes como estos monjes, buscando camino por los barrancos. Hace mucho no tenía sensaciones tan intensas, como ayer por la mañana, mientras cuidaba a los monjes.  Como los niños, cuidar a los monjes, es dejar que ellos lo cuiden a uno. Descubrí un camino hermoso de regreso a la ciudad tras caminar de subida a los cerros. A las 10 de la mañana, ya había tenido emociones fuertes, como de haber puesto la vida en riesgo. Había tenido conversaciones estimulantes, y sobre todo, me había contagiado de la alegría por la vida. 


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