Reclutas de buenas familias


Por: Natality

Es todo un acontecimiento para las familias bien de Bogotá el momento en que sus hijos son llamados a prestar el servicio a la Patria. La movida de palancas y pasada de sobres empieza desde varios meses antes de la cita médica. En cada promoción de muchachos de colegios Uncoli al menos uno de cada diez logra salvarse de manera misteriosa. ¿"Y que pasó con el Chavo"? Se preguntan en medio de las voltiadas los menos afortunados- "Debió pagar". Todos sus compañeros fueron testigos, tras el manoseo de bolas y demás, de que era apto. 

 Luego está el asunto de la lotería que manda a los reclutas al azar a diferentes lugares del territorio nacional. Pero las familias bien son de algún modo inmunes al azar. Mientras en San Miguel, Chocó, un policía se queja de que tras la amenazas llevan seis meses sin mandarle los soldados que deben proteger al pueblo de la masacre anunciada, estos reclutas plays sufren de tener que responderle al indiazo del suboficial Pérez en la escuela de lanceros. 

 Entre ellos, los más bien (¿los mejores?) de todos, con padres que tienen línea directa con el General Fulanito (investigado por la corte interamericana de derechos humanos por una masacre paramilitar), o con el mismo Presidente, consigue los contados cupos para irse al Sinaí. Después de todo, los alumnos de la Uncoli son los mejor preparados para disfrutar del buffet políglota que se sirve en el desierto y para aprovechar los últimos meses y pegarse un viaje cultural a los burdeles de Laos y Tailandia.

 Para las familias bien que no logran colar a sus hijos en esa lista VIP aun quedan llamadas y sobres por hacer para conseguirles los ansiados cupos en la dirección de reclutamiento. ¿No se preguntarán por qué esa opción burocrática y aburrida es la que sus hijos desean con mayor ansiedad? Seguramente no. Las familias bien tienen buenas costumbres y no andan malpensándolo todo. Pero para ninguno de los reclutas plays es un secreto el lucrativo negocio que implica prestar servicio en la dirección, donde venden libretas militares a los niños bien que se van a salvar misteriosamente al año siguiente.

 Al entrar a la Universidad de los Andes los ex reclutas plays comentan orgullosos como lograron comprarse el equipo del carro con la plata de los "tomates".  Los del Sinaí, que sufrieron de mamitis, los envidian un poco, pero piensan que se desquitarán cuando la empresa de construcción que van a dirigir gane (misteriosamente) la licitación para construir la vía Panamericana. 

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Blogday





Una propuesta que apoya Supercontra, en la que se celebra recomendando 5 blogs de otros países y otras áreas de interés. Como uno lee lo que le interesa y lo que conoce, espero sepan perdonar la manera como se cumplen las condiciones en la medida de las posibilidades. Debo reconocer, con algo de vergüenza, que soy un pésimo lector de los formatos en los que más me gusta escribir. Leo pocos blogs y revistas. He acá mi colaboración para el blogday.



John Hawks
, profesor de antropología biológica que nos deleita con temas variados, que van desde comentarios de notas culturales hasta críticas certeras sobre las publicaciones más relevantes (principalmente en paleoantropología, pero también muy variado).

Savage Minds, también de antropología, pero esta vez cultural. Descripción similar, tal vez con una escritura mejor trabajada.

Orsai, probablemente una de las pocas celebridades de la blogosfera hispanohablante. A veces un poco arrogante, pero definitivamente una lectura placentera. No creo que Orsai necesite mi recomendación, pero sí puede alguien agradecer la referencia si desconoce esta página.

Osloborger, o desventuras de una literata argentina en Noruega. Buena combinación de sensibilidad y humor mordaz.

Nature Podcast (RSS), tal vez la recomendación menos indicada, pero de muy buena calidad. Cada post es en formato de programa de radio, con entrevistas a las personas que publican en cada ejemplar de la prestigiosa publicación. Algo así como un Julito, pero con preguntas inteligentes.

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Amar, dormir, oler, mear

La hormona del amor


Cuenta Matt Ridley en uno de sus últimos libros que hace millones de años, una forma viviente de la que descendemos los humanos estaba equipada con una hormona llamada vasoticina, que regulaba la cantidad de sal y agua en el cuerpo mediante switches en diferentes órganos, básicamente resumido en el proceso de orinar. En los humanos, y demás mamíferos, se encuentran dos hormonas similares, llamadas vasopressina y oxytocina, la segunda de las cuales está asociada también a procesos de lactancia y parto en el cuerpo femenino.

Las hormonas también parecen tener un efecto en el cerebro, aunque éste no sea muy claro. Al inyectarlas en ratas, los individuos masculinos empiezan a bostezar y se les genera una erección. Las hembras asumen la postura sexual. En humanos, masturbarse dispara los niveles de las dos hormonas.

La historia no acaba ahí. Los receptores de las hormonas en el cerebro parecen variar drásticamente entre especies de ratas, con una especial asociación con comportamientos monógamos, y cada una parece influir considerablemente en el proceso de conseguir pareja.

La cantidad de receptores, además, esta asociada con segmentos de código genético que no se expresan propiamente, pero que sí median en la manera como se expresan otros genes. Hay muchos fragmentos que no se codifican en proteína. Resulta elocuente que un porcentaje mínimo del código genético sea el que se expresa, que los segmentos repetidos sean considerados basura, y además sean empleados para estudios de paternidad. Así de cerca estamos de entender el cuerpo humano.

Los promotores determinan, según ciertos estudios, no sólo la monogamia, sino también la memoria social. La capacidad de emparejarse está dada por la capacidad de reconocer las emociones que le produce a uno alguien. Los receptores del cerebro asociados con estas dos hormonas parecen ser estimulados, como si la historia no fuera ya suficientemente sorprendente, por la cocaína.

Por supuesto, al oír semejante explicación que abarca la orina, poligamia, sexo y cocaína, los científicos no pueden hacer algo diferente a decir que están sobre la pista del funcionamiento de una emoción vital para los humanos: el amor.

Las conclusiones útiles para la vida diaria, además de tener como alternativa inyectarle oxytocina al cerebro de la mujer que uno quiera cortejar, deben ser tomadas con cautela. En humanos, los fragmentos de código que determinan el número de receptores parecen variar bastante y son más similares entre mayor sea el parentesco. Una manera muy diplomática de decir, si quieres una mujer fiel, mira la conducta de sus padres. La asociación con la cocaína también es interesante: es probable que quienes consumen cocaína regularmente sólo busquen la sensación de estar enamorados, y la asociación que hay con el efecto que hay en los ratones machos parece indicar que un paja siempre será solución para el insomnio (o para la infidelidad, si se quiere llevar al absurdo). Y para culminar, que siempre es bueno sospechar de la fidelidad de alguien que orine demasiado.

Tristemente, no es tan cierto todo lo anterior. Los cambios de tamaño en los promotores no están necesariamente asociados a cambios de conducta, y no se sabe si hay una relación directa en la diversidad de una especie. Estamos lejos de poder pedir un diagnóstico genético de la fidelidad ajena, así que por ahora tendremos que confiar en aquel criterio tradicional que ahora tiene un poco más de fundamento biológico: ver la familia de la persona. El inconveniente es que en pleno siglo de Buck Rogers, todas son un desastre.

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Wild on: Night out Bogotá

A pesar de que no necesariamente un grupo de personas reunidas constituyen una muestra adecuada para generalizar sobre la situación de la ciudad, no es sino hablar de atracos en un gazapo para que surja una de las características más distintivas de nuestra capital. Tres anécdotas que narran, con ese cremoso tono de ironía que nos hace pensar que tal vez sí haya un Dios después de todo, el encanto de sobrevivir en Bogotá.

Un hombre, casi tan cobarde como yo, se moviliza en transporte público. De repente ve que, en otra silla del carruaje, un hombre le saca el celular de la cartera a una mujer que no sólo ronca como sino que además se parece físicamente a Homero Simpson. Hizo lo que todo hombre sin deseos de ser héroe haría en la misma situación: gritar. Jamás imaginó que el simple anuncio de un ladrón provocaría un alto súbito del automotor, mucho menos que el chofer cerraría las puertas para atraparlo, y definitivamente ni se le cruzó por la cabeza que tendría que presenciar una de las tundas más memorables que vería en su vida. La señora, estupefacta, no pudo hacer cosa diferente a dar las gracias una vez el chofer había botado por la puerta trasera al fallido intento de canalla.

Dos personajes bien vestidos departen con aire de Wallstreet mientras caminan por el Parque del Virrey. Se cruzan un grupo de niños que, según dicta la razón, debían estar dormidos o jugando al fútbol, pero que en cambio los intentan atracar. La pelea hace evidente dos cosas: 1. que las peleas de El señor de los anillos no son, después de todo, tan fantásticas, pues un grupo de hombrecitos diminutos sí puede derrotar a los más grandes, y 2. que la policía no puede hacer nada diferente a detenerlos, mojarlos con una manguera y tenerlos a la intemperie la noche entera para ver si se aburren de viajar desde Las Cruces, lugar del cual indican los informes de inteligencia, pertenecen las pequeñas criaturas.

Un hombre toma más de lo debido, mucho más, en Andrés carne de res. Los demás clientes de la pista, que no tienen por qué soportar a una persona con malos tragos, protestan hasta que la seguridad del lugar retira a tan emblemático personaje del parador turístico colombiano. El borracho pesado es sacado por una puerta de emergencia y dejado a su libre albedrío, después de haber logrado su meta de gastarse mucho dinero en el lugar que ahora le agradece con ostracismo su noble gesto. Hipotermia, burundanga y atropellados, afortunadamente no hacen parte de la historia, pero no gracias a un sentido de compromiso de Andrés (quién estaba muy ocupado, probablemente, pensando en las estupideces que diría trabado al día siguiente en su programa de radio) con eso que es el objeto de su sitio -el borracho-, sino más bien porque Dionisios lleva a sus adeptos como gatos por una colección de copas de cristal.

Lo curioso de todas las historias es que, independiente de variables como estrato, oficio y ser actor publico o privado, se maneja la misma noción de justicia: la diferencia entre Andrés y el chofer del bus es que uno paga por no ensuciarse las manos. Y estos dos son igual de estúpidos a la policía, donde se piensa que afrontar el problema como un adolescente es la mejor opción. Seguramente todos se llevarán una gran sorpresa cuando un borracho, un atracador, o un niñito pandillero resulte armado y la historia sea diferente. Y probablemente, como los gringos, todo acabe en un escándalo y en un disclaimer, y se le eche la culpa al cuchillo y no a la realidad social que lo hace necesario.

Curiosa noción de justicia la que manejamos en el diario vivir los colombianos. Absurdo sorprendernos por la realidad que nos azota en un periodo que cada vez se parece menos al de Rafael Reyes (con quien quisieron comparar al mandatario), para ser casi un deja vu de la época en la que vecindario que se respetara en el país tenía un mafioso que repartía justicia de manera no muy ciega pero efectiva, como el don Corleone. Tal vez esto mantuvo alejado al turismo masivo del tiempo compartido. Curioso, por ejemplo, que a pesar de haber aumentado los cultivos, hayan bajado los peligros para extranjeros. Una Colombia plagada de cultivos es destino destacado para quienes viajan con Lonely Planet, y el gobierno de USA ya no advierte tantos riesgos para visitarnos. ¿Será que de alguna manera quieren decirle a sus habitantes (o a los nuestros), que a mayor cantidad de cultivos, más se parece Colombia a una sociedad justa?

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I halve landed

Stephen J. Gould tituló su último libro I have landed (Acabo de llegar), para conmemorar tanto un número cerrado de centenares de columnas en la revista Nature (300 si no estoy mal) como el aniversario de la llegada de sus antepasados al continente americano. Hace una comparación entre la situación de sus ancestros con la propia, a manera de hilo conductor, que resulta útil para entender el retorno de cualquier viajero nacional a nuestro amado territorio.

Es algo triste que la bienvenida se extienda mucho más allá de las fronteras. Mucho antes de abordar el avión, una fila en caos o un avión en retraso se encargan de recordarle a uno el destino de su viaje. Si se viaja por tierra o mar, la situación generalmente es equivalente al país de procedencia, de manera que uno sólo siente que es una realidad igual en la que hablan con acento diferente y les gusta un equipo diferente en el mundial de fútbol.

Lo curioso, sin embargo, no es el caos (que también reclaman como propio nacionalidades mediterráneas, africanas y asiáticas) sino la inmediata reacción que eso provoca en los pasajeros. La verdadera bienvenida se da cuando el grupo entero de absolutos desconocidos empieza a renegar de manera solidaria con argumentos de clase. Con gallardía y acento sofisticado empieza rápidamente la diatriba de viajeros internacionales que viajan en clase económica pero que se sienten ajenos del pueblo al que se dirigen. En cuestión de segundos y sin reparo alguno, el nacionalismo de las pulseras y Shakira pasa a la ignominia, y el único objetivo de cualquier comentario es una distinción bourdiana de la indiamenta que compone el esperpento que expide el pasaporte. Y lo más curioso, es que todos actúan sorprendidos, como si no fueran parte de lo mismo, o se les hubiera olvidado en su estadía por el extranjero.

La metáfora con los inmigrantes de otros tiempos es precisa: sean reos españoles que llegaron por error de cálculo, libaneses que huyeron de su patria para evitar la violencia, o hijos de cualquier otra tierra. Todos condenamos a taxistas y porteros con argumentos de clase cuando no nos dan gusto en lo que hacemos. Todos disfrutamos la mofa que se hace en Soho de trabajos que consideramos indignos, y por supuesto, a los mafiosos por su poco sentido estético. Al igual que los españoles que consideraron que los indígenas no eran humanos porque no tenían alma pero vivían de ellos, la bienvenida que nos dan las filas y el desorden de los aeropuertos no es al folclor nacional, sino a esa sociedad que nos permite vivir de los dineros del narcotráfico pero guardar la dignidad de distinguirnos estéticamente. Contar con un presidente que, a pesar de ollas podridas destapándose cada semana, parece trabajador y por eso se le perdona cualquier cosa.Que en un juicio estén Popeye y Santofimio en cada bando, y el testimonio esclarecedor de un tercero (que además compromete al cerdo de López Michelsen) no se tenga en cuenta por cuestiones técnicas. Que se celebre la entrega de los paramilitares como se celebró la de Pablo Escobar en La Catedral y se les concedan penas menos que simbólicas, mientras que a los soldados de la guaca los condenen a 10 años por una cosa que también yo habría hecho en su situación. Y que además, hagan una película y se vuelva arte, realismo mágico.

Tal vez aquella frase que ha sido malinterpretada en tantos ámbitos de aquel viajero alemán del que Gould habla en un interesante capítulo sobre la cordillera de los Andes sea más cierta de lo que imaginamos. Será Atenas por ciudad en ruinas, o porque no separamos la moral de la estética. Tal vez nos guste pensar eso para lavarnos las manos. Lo paradójico es que en medio de todo, tanto a traquetos como a clase media mundial con delirio de burgueses van a esperarlos a El Dorado, y por mucho asco que den las noticias, siempre es un placer volver a Colombia.

He aterrizado, como tantas otras personas a las que un viaje las cambiaun poco: a medias. Tal vez sea el efecto que mi odiado Gabo describe de viajar en avión, pues llega el cuerpo tan rápido que el alma tarda un par de días en alcanzarlo. Siento una voz que me dice (para bien y para mal), pueblo eres y en pueblo te convertirás. Tal vez hacer patria sea demasiado pretencioso y debamos dedicarnos a hacer pueblo, que para eso parecemos estar bien encarrilados.

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Elogio a los lectores

Recientemente la revista Time publicó una lista de los que consideraron ellos los mejores sitios de internet. El anuncio coincide con el rediseño (con poca reingeniería) del sitio web de El Tiempo, Soho y Semana. Sucede que por un buen tiempo las ediciones nacionales se dieron el lujo de despreciar el contenido online de sus publicaciones, como por ejemplo lo siguen haciendo las revistas culturales, y finalmente se dieron cuenta que limitarse a publicar el contenido del papel era estancarse.

El resultado es un despliegue técnico e interactivo en forma de avalancha, en el cual, como bien dice Palomo (¡Larga vida a la Letra fuera del pozo infecto que le dio la vida!), los colaboradores voluntarios pasan a cubrir buena parte de las responsabilidades que tienen las empresas. Cualquiera, por supuesto, subasta sus textos con el fin de que vean la luz en alguno de los pocos lugares que generan tráfico decente. Yo, por supuesto, regalaría desde mi certificado de nacimiento con tal de publicar algo, de manera que hablo con conocimiento de causa.

Recientemente Supercontra sufrió uno de esos procesos en los que es evidente la falta de ingeniería. En principio estuve a punto de responder a las protestas de Dumpa diciendo que él también es un animal, de costumbre, y que sería cuestión de tiempo. Si no, pues que podía seguir manifestando su queja hasta que acá se tuvieran pretensiones democráticas y lo que opinara fuera importante. Que el nuevo diseño corresponde a un detallado estudio primatológico del lugar al que van a tender los patrones estéticos valorados por la sociedad en un futuro cercano. Que si no le gusta, más le vale que se vaya acostumbrando, porque por acá empieza todo, pero pronto, acabará por vestirse (y disfrutarlo) con una estética como la de esta página. Y el presidente, y hasta los hippies roñosos que tanto odia. Sin embargo, después vinieron críticas de personas que tienen motivos de vida diferentes de hacer todo lo posible por molestarme (cosa que, Dumpa, no lo tome mal, le agradezco de corazón con el muy formado carácter que me ha dado), y empecé a darle crédito a eso que siempre sospecho y que tanta rabia me produce: Dumpa puede estar en lo cierto.

De repente, una revelación: la rebelión será patrocinada en Supercontra. Los lectores, los pocos que se leen algunos párrafos después de haber llegado engañados buscando algo sobre Betatonio (el que más hits genera), o el nombre de alguna modelo colombiana desnuda (creo que voy a empezar a poner en letras invisibles con textos eróticos y fotos de mujeres desnudas que no tengan que ser "artísticas" para aumentar el tráfico), tienen todo el derecho a sublevarse. Espero, don Hernán, que su comparación sea producto de la imaginación y no de un pasado traumático como editor de una revista odontológica (cosa que, en todo caso, le habría concedido más de una historia para contarle a sus nietos).

En ese marco, y dado que cometí el error de no salvar antes de hacer cambios, les propongo que me digan qué putas les gustaría, entonces, que hiciera con la página. Si El Tiempo se detuvo casi tres días porque no tuvieron la precaución de probar antes los cambios (que seguramente encargaron a la empresa de los sobrinos de los dueños), me doy por bien servido si la página se ve. Fea o bonita, pero se ve. De paso, un llamado para que aquel que no quiera participar en la democratización del presente portal de rebelión de consciencia burguesa, se manifieste en algún post colectivo en el que cada cual publique los que considere las 4 las mejores curiosidades con las que se haya topado. Incluso puede colgarlo usted mismo acá si no tiene más donde. Recibo sugerencias y publico un post con lo que logre reunir. Después de todo, el objetivo de esta página era que cada cual colgara lo que le antojase. Una manera muy diplomática de decir: sírvanse colaborar en lo que gusten, en vez de andar jodiendo.

De lo contrario, ahí pongo el muro nuevamente para que le dirijan sus protestas.

Llego el sábado. Hay sancocho.

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¿Quejas y reclamos? Diríjalos al muro

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El país de las sombras largas

A mediados del siglo pasado, un excéntrico matemático intentaba entrar en el competido mundo académico de Helsinki. En ese entonces, un requisito indispensable para la estadística era el conocimiento en demografía, de manera que le fueron solicitadas sus credenciales para poder entrar al selecto grupo universitario. Thornqvist, en medio de sus locuras, decidió trabajar al margen del resto del conocimiento producido. No citó a nadie ni publicó en journals reconocidos por sus colegas. Se limitó a abordar el tema de los errores en las proyecciones de crecimiento demográfico en un par de artículos y cuando fue recibido desarrolló la contribución por la que se le conoce en economía en números indice. A pesar de ser huraño, se casó y procreó, y su muerte fue celebrada por sus estudiantes pues según cuentan no era en absoluto diplomático para hacer sus críticas.

Antes de morir le enseñó a su nieto uno de sus intereses personales: la programación. En medio de su mal carácter, pudo darle suficientes bases a su descendiente como para que experimentara en el desarrollo de juegos, editores de texto y otras aplicaciones, entre ellas su tesis de maestría: el kernel de Linux, sistema operativo que ha sido bandera en la discusión de libre distribución y en torno al cual se ha construido un mito. Algunos especialistas dicen que no hizo nada especial, que dada su posición, no se podía esperar nada diferente. La sociedad, sin embargo, no es especialista, y Linus Torvalds ya pasó a la historia.

Lo interesante de la historia es cómo representa lo volátil que puede ser el conocimiento con respecto a la historia. El abuelo de la ejemplar familia finlandesa pasó rápidamente a la ignominia, aun a pesar de haber hecho contribuciones significativas en múltiples áreas. Su nieto, autor de un porcentaje ínfimo del código actual del famoso kernel (y controvertido en sus prácticas de defensa del software libre) es un icono moderno.

En alguno de sus textos Nietzsche habla de la importancia que tiene la capacidad de olvido para el individuo. Parecería que en la memoria colectiva dicha virtud es bastante errática, incluso al punto de llegar a la ironía. Thonrquvist, preocupado por desarrollar métodos más acertados que la descomposición espectral de alguna cosa acabó por ser sepultado en la especificidad de su aporte al conocimiento. Linus, de contribución controvertida entre especialistas, goza de un lugar privilegiado.

De manera similar a mediados del siglo XIX Charles Henry Webb llegó a buscar fortuna a California. Épocas hermosas para la industria editorial estadounidense en las que el imperio Hearst todavía no había puesto las manos sobre las comunicaciones, y todavía se podían publicar diarios que no fueran rentables. El castillo Hearst, a manera de Hacienda Nápoles, se yergue como un estandarte del fin de los buenos tiempos. Antes de cerrar por quiebra, después de una sorprendente batalla por varios años, Webb tuvo la oportunidad de contratar a Bret Harte para encantar con sus columnas y poemas del oeste a las lejanas gentes de Nueva York y la costa opuesta de un imperio en formación. Harte, a su vez, encontró un particular sujeto de nombre Sam Clemens que contaba con ingeniosas colaboraciones en varios periódicos en las que se hacía evidente su talento. Harte lo incorporó al equipo de The Californian, y años más tarde el señor Clemens deslumbraría al mundo con variados ensayos, columnas y libros firmados bajo el nombre de Mark Twain.

Los ejemplos del estilo resultan infinitos. A diferencia de la dupla escandinava, Harte y Twain son dignos de admiración profunda por cualquier persona que aprecie un trato amable y certero de la palabra. Sin embargo, el lugar que ocupan en los anaqueles de la historia ilustra bien un curioso caso de la naturaleza humana: la obsesión por la historia inmediata. En una conferencia posterior al primer conflicto del Golfo Pérsico, el corresponsal de la BBC decía que los medios modernos actúan en el periodismo como pequeños agujeros de llaves por los cuales uno puede ver una pequeña porción del acontecer en vivo, con el alto costo de sacrificar la perspectiva.

En nuestra realidad, tal vez la insistencia de Mokus en reconocer la labor de Castro sea un ejemplo evidente, pero en aras de combatir el frenesí mesiánico tanto del uribismo como de sus opositores, los esfuerzos más sensatos deben enfocarse a rescatar los valientes actos de tantas personas que, a pesar de canallas como Pastrana, Escobar, Santos, Michelsen y demás bellezas que componen nuestra diversa fauna política, han logrado que la patria se mantenga, cojeando, pero andando.

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La emancipación de los güevones

Se cuenta en El pez gordo y la princesa que un 21 de julio como el que acaba de tener lugar, pero hace 37 años, pisó el hombre por vez primera el satélite de la tierra. Eso a lo que Pessoa le rinde culto junto con la ironía, el diablo, la poesía y los gatos, y que por Rumania genera más de un insomnio. Más allá de que algunos sostengan que fue un fiasco, hay que reconocer que contaron con un slogan bastante apropiado y ahora el evento es punto de referencia para cualquier persona educada frente a una pantalla.

Sin embargo, en la carrera espacial hemos contado con ayuda imprescindible de nuestros primos más cercanos. Incluso canina, pues el primer ser en orbitar alrededor del globo fue una perra rusa (en el sentido literal). Cualquier persona que recuerde la película en la que despiadados investigadores de la NASA sometían a un grupo de chimpancés a radiación extrema puede darse una vuelta por ape-o-naut, proyecto que desde hoy está en los vínculos de supercontra, y que pretende redimir a estos seres que han sido de vital ayuda para la "conquista" del espacio.

En los días pasados me he topado con dos curiosidades relevantes para el tema. La primera, en una fiesta estanfordina conocí un astronauta. Doctorado en física, médico y abogado, según Carolina bastante guapo, y a quien no se le salió ni medio improperio en toda la noche. Comprometido, además, con una colombiana, para que cuando salga al espacio los diarios nacionales puedan inflar de orgullo el pecho y regocijarse con la historia. Esa misma noche conocí a un físico dedicado a estudiar el clima solar, que vive en su camioneta para poder inyectase en heroína el cheque de su beca. Uno de sus amigos, Flaco (con acento gringo, por favor), sería abstemio a los ojos de casi todos los mortales, de no ser porque carga máquinas que le propinan descargas eléctricas.

La segunda curiosidad con la que me topé, es la diversidad en la sexualidad de los grandes simios, de la cual no era plenamente consciente. Los trabajos de Franz de Waal y varios primatólogos anteriores señalan que bonobos y chimpancés intercambian favores sexuales por alimento (o como modo de hacer la paz, según el enfoque teórico). La conducta de nuestros primos más cercanos nos intriga, y la estudiamos con ganas de aprender algo sobre nosotros mismos. El dato curioso es que los dos testículos de un chimpancé son más grandes que su cerebro. Los gorilas tienen el pene más pequeño de los simios, de manera que tratar de gorila a un mero macho es realmente una ironía. Y los humanos hemos sido bendecidos por la selección natural con uno aparato relativamente respetable. Las mujeres, antes de empezar a sacar conclusiones y burlarse de nosotros, deben tener en cuenta que también ellas cuentan con características sexuales totalmente exageradas (o que me muestren un gorila, chimpancé u orangután con las proporciones de Sofía Vergara).

Lo que llama la atención del bombardeo de datos curiosos es la manera como se articula el conocimiento. Un físico tostado es responsable por generar el conocimiento que nos permite entender temas cruciales como las tormentas solares. Desarrollamos tecnología para viajar al espacio, y la utilizamos para mandar tanto a seres con mayor capacidad testicular que craneal, como a ejemplares totalmente prolijos de la especie. Y entre tanto, se preguntarán quienes hayan detallado la sección de noticias curiosas en Supercontra, ¿cuántas espátulas espaciales habrán perdido los chimpancés en el espacio? Tal vez el tamaño de las bolas haga buenos astronautas, y no múltiples doctorados.

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Mr-dirty Studio

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