Crónicas Marcianas: Haridwar y Rishiquesh

Los taxis de Flandes son piratas en Girardot, versa la sabiduría popular sobre las paredes de una casa en el segundo pueblo. Y no resulta difícil de entender que haya migración laboral de un asentamiento al otro. Girardot, tierra amable donde buena parte de los capitalinos aprendimos a dar las primeras brazadas en nadado de perro, y escenario de las primeras batallas en el encantador campo del amor. Girardot, tierra de galanes de fina estampa y estandarte de la convivencia entre la cultura colombiana y el narcotráfico. Todo hombre colombiano, así lo niegue hasta la muerte, ha probado el delicado encanto de los burdeles de esta tierra.

Y entretanto, ¿qué diablos pasa con Flandes? Al pasar el puente desaparece la magia. Nadie ha oído jamás de una finca en dicho pueblo infecto, y jamás ha pasado allí una familia su veraneo. Flandes, con su nombre destemplado y gentilicio digno de un postre de marca, vive bajo la gloria del vecino. "Al ladito de Girardot, pasando el puente", describen, sin lugar a dudas, los pobres lugareños el camino a la tierra que los trajo al mundo.

La rivalidad entre dos ciudades, lejos de ser nueva, es una constante desde que como especie decidimos dejar de andar en taparrabos y cambuches. El memorable juego alemán, Telematch, se fundamentaba en tan elemental principio de la convivencia humana. Algunos sostienen que el fútbol se inició al formalizar una competencia que podía durar días enteros entre dos poblaciones vecinas (y los arcos eran de rosas). Y si los fósiles hablaran, seguramente contarían que el valle del Neander era muchísimo más cómodo que las cavernas francesas (asunto que, va uno a ver, y se mantiene vigente).

Rishiquesh y Haridwar, dos poblaciones vecinas que marcan la entrada a los Himalayas, gozan de una dinámica similar. La primera, lugar turístico, donde abundan anuncios con frases como "ILUMINACION GARANTIZADA EN 4 DIAS". Cuenta Juan Carlos que puede llegar un occidental con el deseo más inaudito (alineación tricolor de chakras según la tercera dinastía Maya), y jamás saldrá defraudado. Al igual que en San Andresito, donde el vendedor asegura que lo tiene todo en la bodega, un indio jamás dejará de percibir un dólar de turista porque no entienda lo que este quiere. En el peor de los casos todos recurren a un amigo como Dumpa, le ponen tres trapos encima, y queda lista la ceremonia. Entre los personajes más destacados, un europeo (sospecho que alemán) de cabeza rasurada que camina día y noche por el pueblo con una bola de cristal sobre el cráneo. En equilibrio, y como si tuviera que probarle algo al mundo. No sé si la sicología haya descrito algo similar al complejo de Atlas, o Bachué. Lo cierto es que tan deplorable espectáculo de la decadencia humana plantea un interrogante ineludible: ¿caga el personaje con la bola en la cabeza?

Haridwar, por el contrario, es una ciudad con poco turismo de extranjeros pero no por ello menos visitada. Es casa de una celebración multitudinaria que se lleva a cabo diariamente con visitantes de toda India. Familias enteras que viajan por días e incluso meses, con tíos, abuelos, y hasta el perro, en carros tan grandes como un Twingo, para ver la ceremonia, sonreír, y emprender el regreso.

Minutos antes de empezar, llega la autoridad. Muy diferente a esa sobre la que canta Manu Chao: un personaje con bigote, que entrega recibos de anticipos a la vida siguiente según pude deducir porque nadie recibió nunca nada a cambio, y presto a regañar a todo ser que ose dejar su puesto. Después de sentirme por un rato como en La Vida es Bella, intentando imaginar lo que decía el uniformado, todos los asistentes de la tribuna donde yo estaba (similar a las de Río para el carnaval) entraron en trance simultáneamente y empezaron a cantar. Luego, bueno, al "agua patos" describe bien lo que sucede. Todos al Ganga, unos ayudando a otros a sumergirse varias veces. Después prenden fogatas, sólo que en artefactos de metal para que todo sea portátil peligroso, y empiezan a hacer acrobacias entre el público. Después de ver la ceremonia, no queda la menor duda de que en la India no existe algo similar al delegado de Rifas, Juegos y Espectáculos. O si lo hay, no toma las medidas adecuadas ante tal atropello a los estándares más elementales de seguridad pública. Luego sueltan los barquitos de hoja de plátano con una vela prendida, que bonitos sí se ven, pero seguro causan incendios río abajo, y para culminar salpican con euforia a los asistentes con las aguas del Ganga, ya bastante puerco en este punto.

Haridwar y Rishiquesh. El voz a voz de mochileros naturalmente privilegia el segundo. Los locales, habitantes de otro mundo, hacen caso omiso de los valores de occidente, el sentido común y demás cuestiones que nos separan de chimpancés y bonobos. El resultado, exquisito: tan distantes como Girardot y Flandes, dos ciudades que encarnan el deseo humano por entender todo lo que va más allá de lo evidente. En resumen, un circo.

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