Crónicas marcianas: los lunaticos

Cuentan que la idea de universidad la debemos, como tantas otras cosas que consideramos características de occidente, a los desarrollos de nuestros primos árabes: gentes incultas y de mentalidad arcaica que se inmolan y masacran gente (como los peos y los realities, esas son cosas que sólo hacen los otros).

Y así como los primeros defensores del Corán se retorcerían al ver lo que ha sido de la compasión y la generosidad que mostraron al mundo los exponentes del islam en épocas de antaño, la cuna de la agricultura y la academia debe revolcarse sobre sí misma al ver lo que ha sido de su invento para educar ciudadanos. De cualquier forma, las universidades, gracias a cervecerías, expendios de drogas, y demás formas de juventud exacerbada, son lugares altamente descriptivos sobre la forma de vida de los lugareños. Mucho más que, por ejemplo, el Taj Majal, la Torre Eiffel, y las otras maravillas invadidas por nipones y mementos.

Así pues, pocos minutos bastaron para que mi visita en la Universidad de Delhi causara conmoción. El profesor de Columbia, decían unos. Que no, corregía yo, pero para los indios Sur América es una región selvática donde no pueden imaginar universidades (y hacen bien, probablemente). Finalmente, opté por rendirme ante dos opciones que facilitarían mi interacción con la academia local: soy compatriota de Ronaldinho, e inspirado en la cinta un falso embajador de la india, profesor de Columbia. Santo remedio, confusiones disipadas.

En menos de dos horas me clavaron cuatro porciones de té. Tuvieron la gentileza, claro, de interrumpir labores para acompañarme. Preguntaron edad, estado civil, equipo de fútbol, y finalmente, religión.

- Fui bautizado, pero no soy creyente.
- Pero entonces, ¿por qué lo bautizaron?
- No, decidí yo sólo que me bautizaba porque a los 8 años unos amigos me dijeron que los niños sin bautismo se los lleva el diablo. Cuando le pregunté a mis papás si estaba bautizado y respondieron que no, que querían esperar a que yo decidiera, me pareció el acto más egoísta e irresponsable de su parte.
- Pero, entonces, ¿es católico?
- Sí, de alguna manera, no practicante.
- ¿No practicante?
- Sí.
- ¿No va a misa?
- Cuando se casa o muere alguien.
- Pero, ¿reza?
- Jamás.
- Y entonces, ¿qué hace cuando tiene un problema grande? ¿A quién dirige sus plegarias? -preguntaba uno de ellos, estupefacto.
- Señor, -quería decirle -créame que a mí me angustia más todo esto que a usted, pero no es un asunto que se pueda solucionar echando un dado o llenando un formulario.

¿A quién se dirige uno cuando tiene un problema sobrenatural? ¿A Dumpa? No se puede pensar eso y mantener la compostura.

Cuando murió mi padre, yo estaba en Indonesia, entre musulmanes. Las historias que ellos contaban para consolarme eran verdaderamente aterradoras, muertes violentas (en manos de tigres, fuegos y serpientes) a edades jóvenes de familiares y amigos. Musulmanes muy distintos a los que pintan en Hollywood o CNN: amables, profundamente sensibles y conscientes sobre el mundo.

- Tranquilo, -me decían -su padre está en un mejor lugar, más cerca de Dios.

Y cuánto quería creerles y poder sentirlo sinceramente. Y cuánto me habría gustado poder responderle a mi colega de estas tierras algo que lo tranquilizara. Pero tal vez eso mismo es lo que tanto seduce de la India en forma de destino paradisiaco, nueva era, rumba electrónica, experimentación sicotrópica, o cualquier otra forma de turismo: la tranquilidad de un mundo que tiene la espiritualidad a flore de piel y que confía plenamente en algo, sea lo que cada cual quiera.

Lo que desde hace algún tiempo me pregunto es si se hace necesario venir hasta la India, o retomar las costumbres indígenas en su defecto, para reconocer que hay un componente humano que hemos desechado. Más allá de los caprichos de la Iglesia, que funciona a manera de EPS, y sin que tengamos que rendirle culto a Bill Gates, ¿es posible llevar una espiritualidad sin dejar nuestro estilo de vida?

Yo, creo que sí. De manera que he decidido fundar, hijos míos, una nueva religión en la cual todo inconforme es recibido. No hay textos sagrados por ahora, pero he pensado un par de mandamientos. Se le rendirá culto a la Luna como metáfora de pensamiento subalterno, de fuerza cíclica que rige la conducta femenina, y con el fin de ser llamados lunáticos. Las ceremonias serán oficiadas a manera de Stand Up Comedy para que todos vayan con entusiasmo.

Cualquier donación para apoyar la escritura de una biblia puede ser depositada en mi cuenta bancaria. Por lo pronto, se recomienda emplear El Quijote a manera de I Ching (como el personaje de The Moonstone con Robinson Crusoe).

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