Actitud de 31: años, oñas y Diciembres...

Benigno Aquino Junior fue asesinado en 1983, el mismo año que un avión comercial fue dado de baja, con sus 269 pasajeros, por violar el espacio aéreo de la antigua Unión Soviética. En Beirut, explosiones terroristas causaban 237 bajas en el ejercito estadounidense (una prueba más de aquel teorema fundamental de la vida en sociedad que Tomás está a punto de probar: si un país invade otro, hay muertos. Probablemente. Muy, muy probablemente). La diferencia más marcada, aunque nadie lo pregunta yo voy a dar respuesta, es el claro proceso de democratización de la pornografía en el mundo, y otros resultados secundarios de Internet y la revolución de las telecomunicaciones.



Resulta fundamental el año 1983, a propósito de mi reciente cumpleaños, porque es justamente hasta este punto que me han llevado mis meditaciones sobre el origen de mis conflictos con las mujeres y el tipo de mujer que me seduce. En el retrato tomado de un anuario y que ronda por los medios predilectos del Gran Hermano para la criminología moderna, pueden verse los pequeños de aquellas edades donde Piaget sostiene que surge el interés por el razonamiento en un colegio británico cualquiera de Colombia. Años más tarde, Jimena Arango, con quien comparto memorias desde esas tempranas edades, me informaría que el el curso Patines, que sale en la fotografía, era el curso de los niños que estaban un poco quedados en ciertas habilidades básicas como leer y escribir (y control de esfínteres, como luego demostraría yo mismo en el transcurso del año escolar).

El consuelo es que en ese curso también se encontraba Tomás, de reconocimientos diversos en campos académicos, luego es claro que no éramos un caso perdido. Sin embargo, el fiel lector de Supercontra sabrá que incluso Tomás ha debido perder transición por no superar logros fundamentales que involucren motricidad fina, como cortar, pegar y colorear. No en vano, años más tarde, Dibujo Técnico con Darlys Quintero sería la única materia que él reprobaría en toda su vida académica.

Notará el observador agudo y perspicaz que el grupo de pequeños proyecticos de persona era liderado por dos, a falta de una directora de grupo. A la diestra, Miss Paulina (muy a pesar de que "Miss" no era precisamente el estado de Facebook que mejor la describía), probablemente la encarnación contemporánea más diabólica que haya existido de la madrastra malvada de La Cenicienta (lo cual era el punto de referencia en el momento). A la izquierda, Miss Priscila, una princesa hermosa que en ese momento clasificaba en modalidad de adulto, pero sobre quien ya algunos niños, los más precoces, empezaban a tener malos pensamientos.

Sé que, además, Coy y Santiago estaban en el curso, porque recuerdo un incidente en que me invitaban a sentarme en un asiento donde habían puesto chinches. Jimena Samer, con quien todavía departo cuando se presenta la ocasión y quien acaba de traer al mundo su primera criatura. Karen, justo detrás mío en la foto, volvería a verla a manera de cuñado por ser hermana de Denise. Jairo Nieto, tercero en la última fila de izquierda a derecha, recientemente lanzó al mercado su segunda novela. A su derecha, Daniel Herrera, quien cumple su sueño (me lo dijo asi, con las mismas palabras un día mientras me daba un aventón desde la universidad) de estar a cargo del diseño de autos para Renault. Vidas variadas. Muchas personas de quien no tengo noticias hace bastante, como Camila Pombo, a quien con la crueldad de los niños le caía sin piedad ni fundamento, y Andrea (me reservo el nombre), un ser para quien mi existencia es seguramente tan enigmática e indescifrable como para mí la de ella.

No sé bien qué diablos puede hacer uno en transición bien o mal para desarrollar ese interés por la existencia. Lo único cierto es que yo parecía hacerlo a un ritmo menor del esperado, porque con frecuencia me encontraba haciendo autodictados y planchas de repetir palabras (aquellos cuadernos guardados donde las letras por obra y gracia de fuerzas sublimes quedan al derecho o al revés, una vez sí una vez no) mientras los demás compañeros jugaban en la arenera. Recuerdo que desde entonces mi padre sufría conmigo porque me tocaba llevar trabajo acumulado durante el año a las vacaciones, y además mi madre era citada con frecuencia porque en vez de estudiar yo pasaba mucho tiempo pintando batallas galácticas entre robots (recuerdo que, a diferencia de los dictados, tengo tan a flor de piel aún después de 26 años como el de los deseos de ser futbolista cuando grande).

Con motivo de la llegada de mi cumpleaños número 31, he estado recapacitando últimamente sobre la edad. En primer lugar, los 31 (míos, no de Diciembre) parecen traer consigo una actitud perpetua de, justamente final de año. Tal vez sea una época para quemar el añoviejo (conozco un par de personas que lo harán con ímpetu este año). Sin embargo, últimamente también pienso en la edad a la que murió mi padre, 46, temprana y sin avisos de un corazón que hasta entonces daba señales de estar muy bien. No que lo desee, pero es un pensamiento que es difícil dejar de llevar en la parte trasera de la cabeza. Y tal vez no es del todo descabellado pensar en invertir la cuenta de los años que tiene una persona vividos, por la cuenta de oñas, la cantidad de tiempo que le queda en vida a un ser (no es mía la teoría). Si viviera yo hasta la edad en que murió mi padre (una pregunta que como antropólogo debí preguntar a los indígenas de la amazonía boliviana para saber su tasa de descuento del futuro), acabarían de empezar mis 15 oñas. De esta manera, tanto un rockero de vida desenfrenada como el abuelo de Little Miss Sunshine compartirían edad (lo cual en cierto sentido puede explicar su personalidad), y posiblemente algo que determinaba qué tan acertado o retrasados estábamos todos en el desarrollo personal fuera marcado por los oñas más que por los años.

Es curioso, pero una de las grandes preguntas en la teoría del conocimiento es la manera como se forma la personalidad. En general, es mucho lo que se sabe de tal o cual característica: yo mismo hace unos días fui objeto de un diagnóstico de patologías según el eneagrama, que divide (tal y como su nombre lo indica, en nueve posibilidades), donde yo acabé por ser definido como el número 7. El test lo hace sonreír a uno (o a mí), mientras que el diagnóstico lo puede hacer llorar a uno de lo crudo.

Conclusiones:

1. Según el calculador de vida restante de la Universidad de Pensilvania, mi edad de muerte serán los 67 años. Eso significa que Miss Paulina tuvo que lidiar con un ser de aproximadamente 62 oñas, edad que todos sabemos es complicada. Ahora, si fuera yo a vivir hasta una edad similar a la de mi padre (la pregunta es, básicamente, si a uno le da el primer ataque de corazón antes de los 50 años, según la estadística), sería un apresurado ser de 41 oñas, ya en edad de procrear si quiere conocer sus nietos. De ahí, probablemente, que mi padre hubiera sido un hombre de pasiones definidas (como la pesca, el camping, y la fotografía) y que iba por la vida con afán de ver todo lo posible.

2. Miss Priscila puede fácilmente explicar la debilidad que tiene Tomás por las gatas. Esas botas, esa pinta (no que ella fuera una gata, pero sí pudo perturbar tanto a nuestro amigo que desde entonces su vida es una eterna búsqueda por volver a verla.

3. Fuera cual fuere mi edad en oñas durante transición, Miss Paulina claramente dejó una mancha traumática, de algo que claramente no debe vivir una persona a esa edad. En particular, y lo más preocupante, es que Tomás y yo tenemos gustos muy disímiles, luego, si a él le caía en gracia Priscila, lo más seguro es que para mí toda la exploración en relaciones sea una especie de masoquismo suscitado por Miss Paulina, a la derecha. Cosa que no es buen augurio, sea para celebrar los 15 o los 36 oñas.

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