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Superclásico

 Llevo un par de semanas (o quizás años) con una extraña sensación: Al igual que cuando hay un superclásico entre Barceloa y Real Madrid y ambos me resultan odiosos por temas diferentes, no logro conciliar las dos visiones de país, y a sus seguidores en un marco de debate político. He intentado, muchas veces en vano, debatir con amigos, conocidos y familia, pero como muchos en esta era, me he topado con el muro de la autoconfirmación. Más que conocer una persona y sus motivaciones para votar por alguien (o en contra), siento que cada individuo se vuelve una caja de resonancia de su propia madriguera. 

Y es que las elecciones se volvieron algo más parecido a discutir sobre qué equipo de fútbol es mejor, algo que se escapa de toda lógica (donde, obvio, la mechita es la única posible respuesta), que un debate sobre planes de gobierno. Como cuando hay un superclásico, yo quisiera que ambos pierdan, que haya muchos goles y que salgan los jugadores que menos respetan el fair play salgan lesionados o humillados. 

Imposible que un petrista reconozca el gravísimo memorial de agravios de un gobierno que despilfarró un cheque en blanco como pocos que se ven en política. 4 años de ver a corruptos como Benedetti pavoneándose como intocables, vaya a saber uno por qué. Sin duda el caso más evidente, pero lejos de ser el único: los escándalos de corrupción que tienen ministros presos por usar recursos de gestión de riesgo para comprar votos para las reformas, los dineros con los que Benedetti amenazó a Laura Saravia que evidentemente usaron para comprar las elecciones, los dineros de salud usados para hacer campaña irrespetando toda norma y que Cepeda convenientemente decidió no comentar, entre muchos otros que hacen que la mitad del país, entendiblemente, vote con odio contra el gobierno. 

Un gobierno soberbio y polarizante, que aniquiló al centro político que ahora necesita para ganar las elecciones con acciones coordinadas de Isabel Zuleta, Levy Rincón, los escándalos de acoso de Hollman Morris completamente ignorados, el uso colonial de Francia Marquez, las diatribas de un presidente embriagado no solo por el poder sino por sabrá Benedetti cuántas sustancias, convertir unos de los pocos bienes públicos como la radio y televisión nacional en maquinaria política de una manera que ni Forero Fetecua habría soñado, destruir las pocas instituciones que prestaban servicios de educación como el Icetex sin ningún plan de contención. Todo lo que ya había sido la alcaldía de Petro, a una escala nacional. 

Y luego, los temas más graves, que sin duda impulsan a más de uno a votar no a favor de Abelardo, sino en contra de este proyecto reformista que usa las instituciones democráticas, el debido proceso y las normas, parecería que con gusto, para limpiarse el culo: el llamado a una constituyente, a irrespetar un proceso electoral que al ver los de otros países hace ver el nuestro como un ejemplo en medio de la erosión de la democracia. Y en medio de esto, un candidato al que le ha costado expresar solidaridad por una contraparte en la contienda asesinado, por ciudadanos y periodistas, pero que en cambio ha salido rápido a defender a Jesús Santrich, a Hugo Chaves o al robo de elecciones en Venezuela.

Y poco ha hecho Cepeda para distanciarse del modelo de hacer reformas a la fuerza: en las últimas declaraciones, sigue con palabras ambiguas sobre una posible constituyente, sin dar detalles sobre la reforma a la salud (mientras mueren pacientes), o sin levantar los beneficios de la paz total a los autores de asesinatos políticos que desbarataron estas elecciones. Risible, además, el enfoque de sus copartidarios, que serían también parte del gobierno, cuando dicen que sí, "hemos robado pero poquito, y tampoco robar lo inventamos" como justificación para convencer indecisos. 

Muchos quedamos con tantas preguntas que se nos hace imposible votar por un proyecto que, si no existiera la disonancia tan extrema entre lo que dice y lo que hace, sería una verdadera joya de campaña.

Por otro lado, un candidato que necesita poca explicación, lo realmente asombroso es que goce de tan alta popularidad cuando hubo en la contienda tantas opciones que bien podrían representar la derecha dignamente, y que el uribismo decidió traicionar. El abogado de la mafia, tramposo y falso, con una campaña que de manipulación, que claramente no tiene ningún interés en gobernar desde alguna perspectiva diferente que una cleptocracia similar a la de Trump, Milei o tantos otros por quienes ha expresado admiración. 

La campaña de Abelardo promete fracking, mientras que Cepeda promete vida, pero está lejos de poder cumplir: la principal fuerza de devastación ecosistémica en Colombia es hace años la minería ilegal, algo que ni Abelardo ni Cepeda pueden ni quieren combatir. 

La corrupción está tan arraigada en ambas campañas, en una como idiosincracia, y en otra como fin para lograr las reformas, que sin duda votar por cualquiera es votar por la grasa de la democracia, pero sin grasa. 

Ambos, en la práctica y más allá de lo que prometen, nos ofrecen de manera diferente dádivas para los grupos armados, en un país que lejos de poder aprender de su pasado, vive actualmente cifras que son record históricos de masacres, asesinatos de líderes sociales, y reclutamiento de menores para el conflicto. Ambos prometen la paz, seguridad, pero lo único cierto es que tendremos más guerra y más muerte sin importar quién gane.

Ambos han dado muestra de perseguir a los que piensan diferente y de hacer la vista gorda para beneficiar grupos armados. Ambos han dado muestras de robar todo el erario del Estado para su beneficio personal, unos para compra de elecciones, y seguramente Abelardo para comprar relojes y zapatos.   

Tendremos grandes corruptos, grandes tramposos, y grandes amenazas a la democracia sin importar quién gane.

Quizás en su hablar, Abelardo resulta más grotesco y Cepeda mucho más ecuánime y pausado. Pero no por eso representa un menor daño a la democracia. 

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