Atajos democráticos
El próximo 31 de mayo, sin importar quién pase a segunda vuelta, una abrumadora mayoría de colombianos habrá votado por la erosión de la democracia. Cepeda y Abelardo, no porque sean iguales, representan cada uno a su manera, el fenómeno global de partidos que prometen saltar los obstáculos democráticos, ese modelo lento de contrapesos cooptado por diferentes intereses, para ejecutar acciones en torno a los "insights" o "pain points" accionables que tienen inconforme al electorado. Como si se tratara de vender una suscripción, o de elegir entre Coca-Cola o Pepsi.
Los atajos conducen a un peligroso cambio de ejes. Ya no es izquierda-derecha lo que describe el espectro político, sino populismo-democracia.
Constiuyente, abusos de poder, desarticulación de la independencia de poderes, emitir dinero con la ilusión de que acá (a diferencia de toda la evidencia empírica), no colapsará la economía. Las figuras son variopintas y coloridas pero las acciones parecen calcadas de un libro de texto. Todos parecen estar dispuestos a sacrificar esos valores que no sabremos que perdimos hasta que sea demasiado tarde en aras de lograr reformas estructurales. Y sin duda serán estructurales.
Pase lo que pase, después de la primera vuelta, la mitad del país se despertará en desazón absoluta y la otra mitad embriagada en triunfalismo.
La gran perdedora, sin duda, la democracia.
Muy seductor el atajo, para unos de bombardear guerrilleros y perseguir a Gustavo por su muy larga lista de abusos. Para otros, algo no muy distinto: prolongar la enorme lista de procesos contra un viejo decrépito. Ambas, quizás, causas dignas, pues todos deben responder ante la justicia en un debido proceso que seguramente no habrá, porque en la consciencia popular de cada bando ambos son culpables y las cortes y los jueces son solo un obstáculo.
Pocos se paran a pensar que masacres Colombia produce como café, sin importar el gobierno de turno. Ni Petro ni Uribe, ni Santos han logrado con sus estrategias que Colombia en todo su territorio tenga un día de paz, con una particularidad que los une a todos: la culpa siempre es de alguien más. Nadie implementó los acuerdos de una paz endeble, a la mano firme de caravanas escoltadas por todo el territorio que gestó un monstruo peor que el que pretendía combatir la traicionaron, y la Paz Total, que goza de indicadores igual de altos que cualquiera de las épocas de violencia en la historia del país, no se ha podido implementar por los intereses de la clase alta. Y quizás todos tengan un poco de razón.
Tampoco piensa nadie en lo que sería el país en manos del gobierno opositor si permitimos los atajos. Nadie piensa que alternar es natural para gobernar un país (el resto, no es democracia), y en los abusos que vendrán si no es el atajo de interés personal el que se lleve a cabo. Pero tarde o temprano, el péndulo siempre vuelve al orto lado. Al otro atajo.
Sin importar lo que pase, la mitad del país, estará del otro lado, en el lado de los abusados.
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