La crisis silenciosa de la prensa en América Latina: lo que V-Dem y GDELT dicen juntos
Las dimensiones que más se han deteriorado en la región durante la última década no son las electorales ni las judiciales, sino las que tienen que ver con los medios de comunicación. La señal aparece incluso en países que rara vez figuran en las listas de retroceso democrático.
Cuando uno piensa en retroceso democrático en América Latina, los nombres llegan rápido: Venezuela, Nicaragua, El Salvador. Son los casos visibles, los que dominan los reportes regionales y los foros internacionales. Pero al cruzar dos fuentes muy distintas (los indicadores institucionales del proyecto V-Dem y los datos de eventos noticiosos de GDELT que sustentan mi medida β de elasticidad de encuadre conflictivo) aparece un patrón más amplio que merece atención.
La región se está deteriorando por la dimensión mediática
De los veinte indicadores de V-Dem que más se han deteriorado a nivel global entre 2015 y 2024, seis de los diez primeros tienen que ver directamente con los medios: autocensura, esfuerzo gubernamental de censura, rango de perspectivas representadas, hostigamiento a periodistas, sesgo y medios críticos. La represión a la sociedad civil aparece en séptimo lugar. Es decir, el retroceso democrático contemporáneo no se está manifestando primero en las elecciones ni en los tribunales, sino en el espacio mediático y de sociedad civil. América Latina sigue ese patrón.
Dos casos representan colapsos: El Salvador y Nicaragua, ambos con un retroceso compuesto de aproximadamente 1.43 puntos en la escala de V-Dem. En El Salvador, el régimen de excepción de Bukele y las restricciones progresivas a la prensa explican el desplome. En Nicaragua, la represión que siguió a las protestas de 2018, el cierre de medios independientes y el exilio de cientos de periodistas dejaron al país en valores comparables a los de regímenes autoritarios consolidados.
El deterioro silencioso de los países "normales"
Lo más revelador del cruce, sin embargo, no son los casos obvios. Son los países con tradiciones democráticas sólidas que muestran retrocesos reales en sus indicadores mediáticos sin que esto haga noticia internacional.
Uruguay es el caso más sorprendente. Pasó de un compuesto mediático de +2.56 en 2014 (el más alto de la región) a +1.87 en 2024. El retroceso es de 0.77 puntos, mayor que el de Perú o México. Uruguay no aparece en las listas de retroceso democrático porque sus instituciones electorales y judiciales se mantienen robustas, pero V-Dem está capturando algo en su ecosistema mediático que vale la pena estudiar con detalle.
Perú muestra un deterioro de 0.69 puntos, concentrado en el periodo de inestabilidad política que va desde la presidencia de Castillo hasta la actual gestión de Boluarte. México presenta una caída de 0.40 puntos durante el sexenio de López Obrador, consistente con la conflictividad recurrente entre el gobierno y los medios críticos durante ese periodo. Chile, Costa Rica y Panamá registran retrocesos más modestos pero estadísticamente reales, todos desde líneas base muy altas.
Cuándo β confirma y cuándo se queda mudo
Aquí es donde el cruce con los datos de GDELT se vuelve metodológicamente interesante. La medida β captura qué tan reactivamente el tono de las noticias responde a la intensidad conflictiva de los eventos. En la práctica, β y V-Dem deberían coincidir en la dirección del cambio cuando ambos están midiendo la misma cosa.
En América Latina, dos casos muestran convergencia clara: El Salvador y Perú tienen tanto un deterioro fuerte en los indicadores mediáticos de V-Dem como una pendiente positiva en β. Aquí los dos métodos se confirman mutuamente.
Pero hay un patrón más sutil que llamamos "silenciamiento". Nicaragua tiene el retroceso mediático más grave de la región según V-Dem, pero su pendiente en β es prácticamente plana. La razón es directa: cuando la represión a la prensa es lo suficientemente severa, simplemente hay menos eventos cubiertos, menos diversidad de tono, menos reactividad. β se queda mudo porque la cobertura misma ha sido silenciada. México muestra una versión más leve del mismo fenómeno.
Esto tiene una implicación práctica importante: β funciona mejor como señal temprana en el "punto medio en disputa" (los países que aún están en transición), y pierde poder discriminativo en autoritarismos ya consolidados. No es un defecto de la medida; es una característica que define dónde puede usarse con confianza.
Lo que vale la pena vigilar
Si tuviera que destacar tres cosas para los próximos años:
Primero, la deriva uruguaya merece un estudio dedicado. Es el tipo de caso que no encaja en las narrativas existentes sobre retroceso democrático regional y por eso mismo es interesante.
Segundo, la convergencia de β y V-Dem en Perú coincide con un periodo electoral activo. Las elecciones de abril de 2026 ocurrirán en un ambiente mediático significativamente más conflictivo que el de la década anterior, según ambas fuentes.
Tercero, los casos de mejora (Honduras y República Dominicana) son políticamente disputados y merecen un seguimiento cauteloso. V-Dem registra mejoras institucionales, pero el ambiente mediático real puede tener matices que el indicador agregado no captura todavía.
El código, los datos y las consultas que sustentan este análisis están disponibles en github.com/alejandrofeged/conflict-framing. Los comentarios y replicaciones son bienvenidos.
Alejandro Feged-Rivadeneira es investigador en el Tecnológico de Monterrey y trabaja en ciencias sociales computacionales, economía política de los medios y ecología humana.
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